Donald Trump y Marco Rubio

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Opinión BLUE MONDAYS

La OTAN de Trump y la humillación permanente de Europa

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Cada vez que Donald Trump amenaza a Europa, el Viejo Continente reacciona como un deudor disciplinado al que acaban de recordarle quién firma su póliza de seguro. Promete más gasto, promete más compras, promete más obediencia estratégica.

La cuestión no es tanto romper con Estados Unidos o abrazar un antiamericanismo adolescente; tampoco dinamitar ochenta años de arquitectura occidental, sino empezar a pensar seriamente qué significaría para Europa dejar de vivir dentro de la OTAN como un inquilino perpetuo y empezar a comportarse como una potencia.

La cuestión puede que no sea diplomática. Probablemente es industrial, fiscal, tecnológica y, en última instancia, civilizatoria. Europa no necesita desertar del multilateralismo. Necesita desertar de su minoría de edad.

El problema es que abandonar la OTAN, o incluso vaciarla de contenido hasta convertirla en una alianza formal pero ya no existencial, tendría un precio enorme. Y precisamente por eso merece la pena escribir sobre ello.

Porque el debate real no es si mañana Bruselas debería anunciar una salida colectiva, algo políticamente inverosímil y militarmente imprudente, sino si Europa debería construir las condiciones materiales para que, llegado el día, esa salida dejara de ser impensable. Hoy no las tiene.

Europa ya dispone de un núcleo industrial de defensa cuyo tamaño agregado equivale a una gran potencia manufacturera

La defensa europea sigue descansando en capacidades estadounidenses de mando, inteligencia, transporte estratégico, reabastecimiento, misiles, satélites, defensa antiaérea en profundidad y paraguas nuclear. Mientras tanto, la OTAN acaba de elevar su ambición hasta el 5% del PIB para 2035, con un 3,5% para defensa “core” y otro 1,5% para gastos relacionados con seguridad. Europa no debe pagar más, sino invertir mejor y depender menos dentro de un marco cuyo centro de gravedad sigue estando al otro lado del Atlántico.

Ahora bien, si Europa decidiera contestar de verdad a ese ultimátum permanente, la primera conclusión sería incómoda. La autonomía estratégica no se construye con cumbres, sino con cadenas de suministro, estándares comunes, gasto eficiente, financiación paciente y concentración industrial.

Con un PIB nominal que supera los 22 billones de euros; incluso sin contar al Reino Unido, cada punto adicional de gasto en defensa equivale a decenas de miles de millones anuales. A escala europea, moverse hacia el 3% del PIB supondría un esfuerzo del orden de medio billón de euros al año.

Es una política industrial que bien diseñada tendría efectos multiplicadores mucho más amplios que los de una simple carrera armamentística: electrónica, materiales avanzados, software, ciberseguridad, energía, espacio, comunicaciones seguras, automatización y manufactura de precisión.

¿Quién tendría que capitanear esa reconstrucción? En defensa pura, los nombres obvios ya están sobre la mesa. Airbus Defence and Space, Leonardo, Thales, Rheinmetall, Saab, Hensoldt; Europa ya dispone de un núcleo industrial de defensa cuyo tamaño agregado equivale a una gran potencia manufacturera.

Europa produce demasiado por duplicado, compra demasiado en pequeño y tarda demasiado en decidir

No parte de cero. Tiene empresas capaces de facturar cerca de 150.000 millones de euros al año con un valor agregado de mercado de más de 350.000 millones, pero dispersas y sin una estrategia común de escala continental.

Ahí están los cimientos de una columna vertebral europea en aviación militar, guerra electrónica, misiles, radares, optrónica, vehículos, munición, mando y control. El problema no es la inexistencia de campeones.

El problema es la fragmentación. Europa produce demasiado por duplicado, compra demasiado en pequeño y tarda demasiado en decidir. Tiene empresas, pero no tiene todavía una economía política de defensa.

Sin embargo, el artículo interesante empieza precisamente donde termina el listado habitual de contratistas militares. Porque una unión de defensa europea no la levantarían sólo estas compañías. La levantarían también ASML, Infineon y STMicroelectronics, porque sin litografía, chips de potencia, sensores y electrónica de control no hay drones, radares, satélites, misiles guiados ni centros de datos resilientes.

El ejército del siglo XXI no es sólo acero, pólvora y blindaje. Es semiconductores, fotónica, software embebido y capacidad de producción soberana. Europa presume de hablar de “tech sovereignty”, pero si quisiera defenderse sin la tutela de Washington tendría que empezar por blindar esa base industrial como si fuera una infraestructura estratégica equivalente a una flota o a una red eléctrica.

Y ahí aparece otra derivada mucho menos discutida. Una defensa europea seria exigiría reindustrializar también la energía. No hay autonomía militar sin seguridad energética, ni producción continua de armamento sin redes robustas, turbinas, transformadores, automatización industrial y capacidad de electrificación masiva.

Siemens Energy, Schneider Electric o ABB, pueden competir sin miedo con sus pares coreanos, japoneses o estadounidenses. Eso no convierte a la industria de turbinas y redes en un contratista militar, pero sí en una pieza esencial de cualquier arquitectura de resiliencia.

Del mismo modo, grupos como Indra, por su posición en radares, vigilancia, tráfico aéreo, mando y sistemas, o Eutelsat y SES, por su papel en conectividad segura y multiórbita, tendrían cabida natural en una unión de defensa que entendiera la seguridad como una malla de capacidades, no como un desfile de armas.

La defensa de fronteras, aguas, espacio aéreo, cableado submarino y nodos digitales se parece cada vez menos a la geografía de 1985 y cada vez más a la infraestructura crítica del capitalismo avanzado.

La industria espacial europea merecería, por sí sola, una revolución conceptual. ESA dispone en 2025 de un presupuesto de casi ocho mil millones de euros. El presupuesto upstream europeo rondó 11.400 millones en 2024, de los cuales casi dos tercios fueron gestionados por la propia agencia.

NASA, por comparación, contó en el ejercicio 2025 con financiación total por 35.600 millones de dólares, y, sobre todo, con una tradición estructural de integración entre industria, ciencia, seguridad y poder estratégico que Europa nunca ha querido reconocer del todo en su propia esfera.

La propia ESA admitía que alrededor del 85% del presupuesto espacial europeo seguía siendo civil, una composición muy distinta de la de otros grandes actores espaciales. Dicho de otro modo, Europa tiene una agencia espacial potente, pero todavía no tiene una doctrina espacial de potencia.

La parte más provocadora del argumento es esta: abandonar la OTAN podría ser, económicamente, menos un coste que un catalizador. No porque la ruptura fuera barata, sino porque obligaría a Europa a hacer por necesidad lo que nunca ha querido hacer por visión.

Consolidar consorcios, mutualizar compras, emitir deuda común de defensa, redirigir ahorro hacia capital productivo, reconstruir capacidades manufactureras, convertir a la ESA en una pata operativa de soberanía estratégica, integrar a Reino Unido y Noruega en un pilar industrial y tecnológico, y diseñar una política de defensa que no confundiera autonomía con autarquía ni gasto con estrategia.

Las debilidades son evidentes: duplicidades nacionales, resistencia política a ceder soberanía, heterogeneidad fiscal, dependencia nuclear de Francia, carencia de mando integrado y décadas de infrafinanciación. Pero ninguna de esas debilidades es metafísica. Son problemas de decisión, coordinación y escala. Europa sabe fabricar casi todo lo que necesita; lo que no sabe, o no quiere, es organizarse para hacerlo como potencia.

La tragedia, por supuesto, es que nada de esto va a suceder. No en esta Europa fragmentada, dividida, burocrática, envejecida fiscalmente y políticamente exhausta, donde cada líder confunde el interés continental con la aritmética miserable de su próxima elección, y a menudo ni siquiera protege los intereses de su país, sino los de su propia supervivencia de partido.

El viejo proyecto de una Europa poderosa, capaz de comerciar, innovar, disuadir y pensar por sí misma, ha ido degradándose hasta parecer una unión de desgracias que administra normas con exquisitez mientras pierde historia.

Y así, cada amenaza de Trump seguirá produciendo el mismo reflejo servil, no porque Europa carezca de dinero, industria o talento, sino porque hace tiempo que dejó de creer que la soberanía también era un verbo económico.