El arte de vivir se asemeja más a la lucha que a la danza” (Marco Aurelio).

Hasta que Putin invadió Ucrania en 2022, la transición energética estaba extremadamente enfocada a contrarrestar el cambio climático.

A mi juicio, existía una cierta obsesión. Por supuesto que apoyo combatir la contaminación, no puede ser sano vivir en una ciudad plagada de humo de tubos de escape. Pero me preocupaba más depender de dictaduras petroleras y de combustibles fósiles finitos cuando España puede abastecer a toda Europa de renovables.

El escenario ha cambiado por completo, hoy se puede hablar abiertamente de energía nuclear y del sector defensa (otrora proscritos).

Y por suerte, la transición energética ya no es una cuestión woke, es vital también para saciar la demanda de energía de los centros de datos y urge ser independientes energéticamente en un mundo fragmentado.

Según JP Morgan, el panorama energético mundial se divide hoy en dos realidades: una transición estructural hacia lo renovable que avanza con lentitud y un choque geopolítico inmediato que ha puesto en jaque la seguridad de las naciones.

El ritmo real de la descarbonización: al medir la energía que realmente llega al usuario (sin el calor desperdiciado por los motores fósiles), vemos que la transición es lineal pero lenta. Mientras Europa lidera con un avance notable, EEUU se mantiene en la media, demostrando que sustituir los fósiles es una tarea de décadas, no de años:

El mayor choque petrolero desde la II Guerra Mundial: la crisis de 2026 es histórica. Con una interrupción del suministro del 20% y una capacidad excedente del 0%, este evento supera en gravedad a las crisis de 1973 y 1990. La vulnerabilidad es total al no haber colchón de producción disponible en el mercado global:

La eficiencia es el salvavidas silencioso. La buena noticia es que el mundo necesita hoy un 50% menos de petróleo para generar la misma riqueza que en 1990. Gracias a mejores motores e iluminación LED, el crecimiento económico se ha desacoplado parcialmente del consumo de combustibles fósiles:

En cuanto a la insularidad energética, ¿quién sobrevive mejor? El “factor de aislamiento” muestra que países como China (76%) y Sudáfrica (79%) están muy protegidos gracias a su carbón doméstico.

En contraste, países como Italia, Japón y Corea están en la zona de máximo riesgo, con bajísima protección ante el corte de importaciones.

España es el ejemplo perfecto de esta vulnerabilidad estructural: aunque la red eléctrica sólo depende en un 20% de fósiles gracias a las renovables, nuestro consumo de energía total depende en un 70% de combustibles fósiles, los cuales son importados en su totalidad (100% del petróleo y el gas, 99% del carbón).

El 30% de “protección” que tiene España proviene exclusivamente de tecnologías de bajas emisiones: un 23% de renovables y un 7% de energía nuclear.

Al no tener producción doméstica de gas o carbón (0% en ambos casos), carecemos de los amortiguadores fósiles tradicionales que otros países usan durante eventos geopolíticos, como cierres del estrecho de Ormuz o subidas drásticas de precios en los mercados internacionales:

La voracidad de la inteligencia artificial: las proyecciones de demanda eléctrica en el noreste de EEUU se han disparado por los centros de datos. Sólo las alianzas anunciadas por OpenAI requieren 30,5 GW, una cifra equivalente al 75% de toda la capacidad nuclear construida en la era dorada de EEUU:

La trampa de la capacidad china: el gigante asiático produce el 75% de los paneles solares del mundo, pero su capacidad de fabricación duplica su producción real. Esta sobrecapacidad inunda el mercado de tecnología barata, pero a costa de márgenes negativos que desangran a sus propias empresas solares:

El siguiente gráfico es demoledor. Existe un abismo nuclear “Este vs. Oeste”: mientras China construye plantas nucleares en menos de siete años con costes mínimos, los proyectos en EEUU y Europa tardan 15 años y cuestan hasta tres veces más por megavatio. Occidente ha perdido la memoria muscular de la construcción nuclear:

Los datos de 2026 muestran un mundo que ha ganado eficiencia, pero cuya estabilidad sigue pendiendo de un hilo geopolítico. La IA y la electrificación presionan la demanda, mientras que el control chino sobre las cadenas de suministro renovables crea una nueva forma de dependencia energética:

Como demuestran los datos de 2026, la soberanía energética ya no es una opción climática, sino el único camino para no quedar a oscuras en el nuevo orden mundial.

Bernardo Houssay, nobel argentino de medicina, decía que “La ciencia no es solo una herramienta de conocimiento, es el instrumento de la independencia de los pueblos”.