Panel de la bolsa de Madrid.

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Opinión

Inversor minorista: ¿De verdad no está preparado… o no le dejamos estarlo?

Ramiro Iglesias
Publicada

Durante décadas, la entrada a fondos de capital privado (Private Equity) estuvo condicionada por mínimos altos y vehículos inaccesibles, lo generó un aura de exclusividad que algunos confundieron con dificultad. Esta exclusividad no delimitaba quién era capaz de comprender este tipo de inversiones, sino, en realidad, quién podía acceder a ellas.

En otras palabras, no se trataba de una barrera intelectual, sino de una barrera estructural. El acceso, más que el conocimiento, era el verdadero filtro.

Con la digitalización, los cambios regulatorios y la incorporación de una mayor transparencia, esa exclusividad de la que gozaban los inversores profesionales se ha ido reduciendo. Y cuando se abre la puerta, queda claro que era más una cuestión de desconocimiento que podía subsanarse con un esfuerzo didáctico por parte de los actores de la industria.

En Crescenta, más de 4.000 inversores han acreditado su idoneidad conforme exige el regulador. No se trata de fe; se trata de hechos.

En mi opinión, la protección extrema que se ha llevado a cabo sobre el minorista, limitando su capacidad para invertir, ha podido llegar a ser contraproducente, ya que retrasa el aprendizaje, dificulta la adopción de productos bien diseñados y perpetúa una narrativa que no describe a la sociedad actual.

El inversor minorista “no está preparado” para entender el Private Equity y que, en consecuencia, debe limitarse disciplinadamente a la Bolsa o a productos “sencillos”

Considero que, hasta hace unos años, la pregunta no era si el minorista podía entender, sino si el sector estaba dispuesto a dejar de subestimarlo y a apoyarlo en el camino con formación y productos de calidad.

En demasiados paneles y conferencias sigo escuchando un argumento que ya debería estar superado: que el inversor minorista “no está preparado” para entender el Private Equity y que, en consecuencia, debe limitarse disciplinadamente a la Bolsa o a productos “sencillos”. El mensaje se repite en ciertos entornos profesionales, como si fuera una verdad incuestionable.

Pero no lo es, ni encaja con los datos, con la experiencia real o con lo que vemos en el mercado. Y, sobre todo, revela un sesgo de condescendencia que no debería tener cabida en una industria que aspira a querer democratizar la inversión.

Una prueba de este error es la propia complejidad que entraña también la inversión en otros activos, como la renta variable. Los mercados públicos son un ecosistema técnico dominado por profesionales, algoritmos de alta frecuencia, factores cuantitativos, flujos pasivos de enorme escala, derivados y narrativas que pueden mover precios en minutos.

A pesar de la dificultad, el minorista ha llegado a comprender todas estas cuestiones con la ayuda de la formación. En el caso del Private Equity, la similitud con la economía real que presentan algunos de los conceptos que se manejan en este tipo de activos puede facilitar aún más la tarea de comprensión.

Ser inversor profesional implica unos mínimos de patrimonio, experiencia y volumen gestionado que pocos profesionales del sector acumulan

Además, conviene recordar una obviedad que a veces se olvida: el minorista no es un arquetipo simple. Es un conjunto masivo y heterogéneo de ciudadanos: empresarios, médicos, ingenieros, profesores, científicos, directivos, autónomos, desarrolladores…; personas formadas, con criterio y plenamente capaces de tomar decisiones informadas.

Afirmar que este grupo en su conjunto carece de capacidad intelectual para entender conceptos como iliquidez, diversificación o crecimiento orgánico no es correcto.

De hecho, hasta los propios profesionales del sector financiero, en su inmensa mayoría, son categorizados como minoristas. Ser inversor profesional implica unos mínimos de patrimonio, experiencia y volumen gestionado que pocos profesionales del sector acumulan.

El mito del inversor minorista como un actor incapaz o insuficientemente preparado constituye uno de los mayores frenos culturales para la verdadera democratización de la inversión. No protege al inversor; más bien contribuye a mantener cerrado un sistema que, en teoría, aspiraba a abrirse progresivamente.

Eso sí, hay que destacar que democratizar no es banalizar ni simplificar en exceso, es acercar oportunidades históricamente reservadas a unos pocos, acompañadas de pedagogía, rigor y selección de producto de máxima calidad. Es abrir el acceso a un activo, gracias a la tecnología, a un universo mayor de inversores, dotándolo de transparencia.

Es el momento de aceptar lo que el mercado ya ha dejado claro: el inversor minorista no es el problema. Es el interlocutor. El inversor minorista merece respeto, oportunidades y no paternalismo. La industria no debe seguir hablando sobre él, sino empezar a hablar con él.

***  Ramiro Iglesias, CEO y cofundador de Crescenta.