Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea.

Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea.

Opinión

La patata caliente de Von der Leyen y el papel de la UE en el mundo

La polémica sentencia de muerte del multilateralismo emitida por la presidenta del ejecutivo comunitario tensa las costuras de la unidad europea y arrastra a los 27 a un debate sobre la utilidad de su existencia en plena tormenta geopolítica por la guerra en Irán.

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El viejo orden mundial ha muerto. Es, en esencia, la conclusión lanzada hace unos días por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, en el marco de la conferencia anual de embajadores de la UE, en Bruselas.

Un discurso que ha suscitado gran controversia, pues pone en cuestión los vectores centrales que han dominado la gobernanza en la escena internacional tras la II Guerra Mundial: la cooperación y coordinación efectiva de los Estados en los foros multilaterales, la defensa del derecho internacional y el empleo de la diplomacia como mecanismo de resolución de conflictos.

Pese a la polvareda ocasionada, cada decir, sin embargo, que el contenido no es nuevo. Recuerda a los discursos ya declamados por líderes de países con democracias muy consolidadas, como el primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el Foro de Davos, quien llegó a afirmar que el mundo “está en medio de una ruptura, no de una transición”, o al diagnóstico realizado por el propio canciller alemán, Friedrich Merz, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, celebrada el pasado mes de febrero.

Sin embargo, no fue tanto el discurso como el tono y la ausencia de alternativa y de propuestas por parte de la líder alemana lo que desató la indignación de europarlamentarios, de algunas capitales europeas y de destacadas personalidades de la sociedad civil.

En términos prácticos, asumir que el orden internacional, basado en reglas, deja de operar supone asumir que las reglas globales regidas por el imperio de la ley, que con gran eficacia han contribuido a preservar la estabilidad mundial después de 1945, dejan de aplicar.

Se estima que la UE no podrá hacerse plenamente cargo de su propia defensa hasta dentro de 10 o 15 años

Una asunción que no sólo golpea de lleno los cimientos de la arquitectura de la seguridad global, sino también las esencias de la propia UE, un proyecto de integración y expansión pacífica con más de siete décadas de antigüedad en cuyo ADN orbitan principios tales como el estado de derecho, la democracia y la lucha acérrima por la defensa de los derechos humanos (desde la paz).

Además, el discurso de Von der Leyen responde a una posición que bebe del miedo y del pragmatismo. Una posición que es más alemana que europea, por el seguidismo ciego que hace de Estados Unidos.

Algo que confirma el silencio incómodo del canciller Merz cuando Trump criticó y amenazó en su presencia a un aliado (España) por no prestarse a dejarle utilizar las bases militares que Estados Unidos posee en territorio nacional (Rota y Morón) en el marco de la actual ofensiva sobre Irán. 

Una posición que mira con miedo a Estados Unidos por ser, en definitiva, el pilar más potente de la OTAN y el único con las capacidades militares suficientes para preservar las garantías defensivas del bloque comunitario en un mundo crecientemente hostil.

De hecho, se estima que la UE no podrá hacerse plenamente cargo de su propia defensa hasta dentro de 10 o 15 años, siendo EEUU el proveedor del 58% de las importaciones de armas europeas entre 2021 y 2025, según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS, por sus siglas en inglés). 

Sánchez ha vuelto a convertir la geopolítica en su mejor manual de resistencia.

Por ende, la visión de Von der Leyen es una posición que entiende que la UE ha de jugar un rol testimonial y de vasallaje ante la América de Trump, sin importar cuánto abone el personaje la antología del disparate ni cuántas violaciones del derecho internacional perpetre.

Además, la “patata caliente” que Von der Leyen alimentó con su discurso también levantó ampollas por invadir las competencias de los propios tratados de la UE, pues la presidenta de la Comisión no tiene potestad alguna en materia de política exterior.

Algo que corresponde a los Estados miembro y que, para desgracia de la alemana, constituye “un traspié” jerárquico con precedentes muy recientes que aún escuecen en el seno de la UE. Recordarán cuando decidió enviar a uno de los comisarios europeos en calidad de “observador” a la Junta de Paz impulsada por Trump, o cuando viajó a Israel, sin mandato alguno, para trasladarle a Netanyahu el apoyo europeo en su incursión sobre Gaza tras la masacre de Hamás en suelo israelí. Una respuesta desproporcionada por parte de Israel que “concluyó” con un genocidio sobre la Franja que desató la indignación mundial.

En este contexto, las palabras de la alemana fueron contestadas de forma implacable. El presidente del Consejo Europea, el socialista António Costa, y también la alta representante para Política Exterior y Seguridad, la liberal Kaja Kallas, discreparon abiertamente.

Costa llegó a aseverar: “No se deben aceptar las violaciones del derecho internacional, ni en Ucrania, Groenlandia, América Latina, África, Gaza ni en Oriente Próximo. No se deben tolerar las violaciones de los derechos humanos, ni en Irán, Sudán ni Afganistán”. 

Tal fue la indignación que se llegó a especular con una moción de censura contra ella y Von der Leyen reculó con un equilibrismo discursivo de dudosa credibilidad. No llegará la sangre al río, pero conviene hacer un ejercicio de prudencia y contención para el futuro, pues este tipo de vaivenes ahondan en la ya maltrecha unidad europea (lastrada por mecanismos tan impeditivos como el de la unanimidad, que urge reformar), y son pura gasolina para las fuerzas políticas más extremistas en el continente. 

Por su parte, en el plano estrictamente nacional, Sánchez ha vuelto a convertir la geopolítica en su mejor manual de resistencia. Nadie duda que plantar cara a Trump y hacer del lema del “No a la guerra” su bandera es, en esencia, un ejercicio de pura supervivencia política, especialmente en un momento donde la frágil mayoría parlamentaria que lo sostiene no da más de sí y atravesamos un período plagado de citas electorales hasta las generales. Sin embargo, el hecho de que sea electoralista no resta menos fuerza a su posición, que es la del sentido común. Un barco al que se han sumado, a la postre, otros socios europeos como Francia o Italia, con gobiernos de distinto signo político.

Un sentido común que se concreta en dos aspectos principales: la ilegalidad de la intervención de Estados Unidos e Israel sobre Irán y las consecuencias económicas para el conjunto del planeta, que ya se revelan desastrosas. Este ataque sobre Irán no es legal, por mucho que Aznar y otros destacadas voces de la derecha española se empeñen, al igual que tampoco lo fue la intervención en Irak hace ahora más de veinte años.

No es legal porque no se ha debatido en los foros internacionales (Consejo de Seguridad y Asamblea de Naciones Unidas), no se ha informado ni consultado a los aliados y, para más inri, ni siquiera hay cuerpo cierto sobre la amenaza y riesgos tan reales que representa Irán para la seguridad global.

En junio Trump bombardeó Irán y proclamó que ya no sería una amenaza nuclear durante años, pero ahora resulta que estaban a punto de tener la bomba atómica. En la misma línea, Trump llegó prometiendo que pasaba de las guerras y ya ha bombardeado siete países en un año.

Además, tanto Israel como Estados Unidos, que esperaban la rendición y sumisión inmediata por parte de Irán (al igual que ocurrió en Venezuela con los correligionarios del régimen chavista), ya han reconocido que la caída del régimen de los ayatolás ya no es un objetivo. Cabe preguntarse entonces cuál es y a qué precio.

En lo tocante a la dimensión económica, las cifras hablan por sí solas: Bruselas cifra ya en 3.000 millones el coste para Europa de la guerra. Según estimaciones del ejecutivo comunitario, desde el inicio del conflicto, los precios del gas han subido un 50% y los del petróleo, un 27%, con el consiguiente impacto en todos los sectores económicos y en el bolsillo de los ciudadanos, que ya claman por medidas de alivio por parte de sus gobiernos. Un shock que, si se alarga mucho en el tiempo, puede acabar teniendo efectos severos sobre el crecimiento y el empleo en la región, tal y como ha alertado el Banco Central Europeo (BCE).

Además, la Agencia Internacional de la Energía ha acordado la mayor liberación de reservas estratégicas de petróleo de la historia, con una puesta en circulación de más de 400 millones de barriles de cruso (más del doble que tras la invasión Rusia de Ucrania) para compensar las pérdidas de abastecimiento por la interrupción del tráfico marítimo del estrecho de Ormuz.

Un enclave estratégico, ahora minado por Irán, por donde circula aproximadamente una quinta parte del consumo mundial de petróleo y una parte significativa del gas natural licuado (GNL).

Todo ello por no hablar de la repercusión en los países del Golfo, que se han visto involucrados en una guerra que no han elegido, con el consiguiente impacto en su desarrollo, los negocios en la zona y la caída del turismo, por la decadente percepción de seguridad en la región.

Decía Miguel de Unamuno: “Venceréis, pero no convenceréis”. Veremos si Trump y Netanyahu aguantan el pulso y logran vencer y convencer de lo virtuoso de su intervención o si, por el contrario, esto acaba peor que la salida precipitada de Afganistán, con una economía global que se desangra y con un mundo, en efecto, más inseguro.

En este contexto tan crítico, la UE debe decidir si es un proyecto de cooperación, valores y límites al poder o si, por el contrario, se trata de una mera colección de países que negocian su supervivencia bilateral con las potencias dominantes. En cuyo caso, el lenguaje de los principios quedaría muy diluido y los valores europeos fuera de juego.

*** Alberto Cuena es periodista especializado en asuntos económicos y Unión Europea