En marzo de 1776, un profesor de filosofía moral de Glasgow publicó un libro que cambiaría la manera en que el mundo entiende la economía. Se llamaba Adam Smith, el libro era La riqueza de las naciones, y en 2026 se cumplen doscientos cincuenta años de aquella publicación.
Sería una terrible falta por mi parte no recordar este hecho.
Las efemérides tienden a convertir a los pensadores en estatuas. Y, en concreto, la de Smith es la estatua del padre del capitalismo.
El profeta del libre mercado.
El hombre que descubrió la "mano invisible".
Pero Smith no era un ingeniero de la prosperidad que había descifrado el mecanismo del mercado.
Era, ante todo, un filósofo en el sentido griego de la palabra, profundamente interesado en preguntas mucho más difíciles de contestar. ¿Qué consecuencias económicas tiene la naturaleza humana? ¿Qué sistema económico basado en dicha naturaleza humana permite salir de la pobreza a los países menos avanzados?
La respuesta que construyó es más radical y vigente de lo que suele reconocerse: que solamente respetando el sistema de libertad natural se podrán armonizar los intereses individuales y los de la comunidad.
"El hombre es un ser social, movido por la búsqueda de aprobación, capaz de simpatía hacia los demás y profundamente consciente de que su conocimiento del mundo es parcial y falible"
Antes de publicar La riqueza de las naciones, Smith había dedicado diecisiete años a una obra diferente, Teoría de los sentimientos morales, publicada en 1759. Es allí donde hay que buscarlo para entender qué quiso decir realmente con la mano invisible.
El hombre que describe Smith en esa obra no tiene nada que ver con el homo oeconomicus que los manuales de economía atribuyen erróneamente a su legado.
Ese hombre no es un calculador frío que maximiza utilidad con información perfecta. Es un ser social, movido por la búsqueda de aprobación, capaz de simpatía hacia los demás y profundamente consciente de que su conocimiento del mundo es parcial y falible.
Esa naturaleza humana limitada es precisamente la clave para entender el argumento de la mano invisible. Smith no dice que el mercado funcione porque los agentes sean racionales y estén bien informados.
Dice algo casi opuesto.
Que el orden económico emerge sin saber cómo, y de ahí la expresión de la mano invisible, precisamente porque ningún individuo ni institución posee el conocimiento necesario para coordinarlo de forma consciente.
Es decir, la mano invisible no es un mecanismo de ingeniería. Es una metáfora sobre los límites del conocimiento humano.
La influencia intelectual más profunda sobre Smith vino del filósofo David Hume, su compatriota escocés, su amigo durante décadas y, a su muerte en 1776, el hombre cuya memoria Smith defendió públicamente.
Hume había atacado algo que parecía incuestionable: la idea de que podemos conocer el mundo con certeza. Su argumento central era desconcertante en su sencillez. Cuando vemos que el fuego quema, no estamos percibiendo una ley necesaria de la naturaleza. Estamos proyectando un hábito mental. Hemos visto esa secuencia muchas veces y esperamos que se repita.
Pero esa expectativa no tiene fundamento lógico que la garantice. Es costumbre, no certeza.
De ahí se sigue algo con consecuencias enormes para la política y el orden social. Si el conocimiento humano es siempre provisional y está basado en la experiencia acumulada, entonces ningún sistema, científico, moral o político, puede reclamar certeza absoluta.
Las instituciones no se derivan de principios racionales universales. Emergen de prácticas repetidas, de opiniones compartidas, de ajustes graduales a lo largo del tiempo.
El orden social no se diseña: sedimenta. Y el error, en este esquema, no es una anomalía que hay que eliminar. Es la forma en que aprendemos.
Friedrich Hayek leyó a Hume con atención y extrajo de él una teoría coherente sobre por qué el conocimiento humano no puede centralizarse sin pérdida irreparable.
El problema económico fundamental consiste en cómo utilizar un conocimiento que nadie posee en su totalidad porque está disperso entre millones de individuos, es en gran parte tácito (es decir, no puede articularse ni transmitirse fácilmente), es local, depende del contexto y se modifica continuamente.
Ningún planificador, por bien intencionado y capaz que sea, puede reunirlo.
De aquí se sigue una conclusión que va más allá de la crítica al socialismo y que está de rabiosa actualidad, porque es una advertencia general sobre los límites del control deliberado en sistemas complejos.
Los órdenes espontáneos, como el mercado, el Derecho o el lenguaje, no fueron diseñados para un propósito. Y, precisamente por eso, son capaces de coordinar información que ninguna institución central podría procesar.
"La tentación que Hume y Hayek identificaron no ha desaparecido. Ha cambiado de vocabulario. Y está muy presente en debates que tenemos encima de la mesa ahora mismo"
En este esquema, la libertad es una condición epistemológica. Es el espacio necesario para que los individuos actúen sobre su conocimiento local, para que los errores se detecten y corrijan de forma descentralizada, y para que el sistema aprenda.
La tentación que Hume y Hayek identificaron no ha desaparecido. Ha cambiado de vocabulario. Y está muy presente en debates que tenemos encima de la mesa ahora mismo:
1. La ilusión de que manipular los precios y la sobremodelización permiten un ajuste adecuado de la economía, ignorando que la economía es un sistema complejo con consecuencias distributivas y estructurales que ningún modelo captura del todo.
2. La pretensión de que el Estado puede identificar los sectores estratégicos del futuro y "escoger ganadores” sin tener en cuenta que el conocimiento respecto a qué tecnologías funcionarán o qué demandará el mercado dentro de diez años es exactamente el tipo de conocimiento disperso y tácito que Hayek demostró que ningún planificador puede poseer.
3. O la promesa más reciente de la mano de la inteligencia artificial: con suficientes datos y suficiente capacidad de cálculo podemos predecir y optimizar el comportamiento humano.
En los tres casos, los gestores políticos confunden capacidad de intervención con capacidad de conocimiento. Y pagamos el precio en forma de consecuencias no previstas, rigidez sistémica y fragilidad acumulada.
En la tradición que va de Hume y Smith a Hayek, reconocer los límites del conocimiento no es una derrota intelectual sino un punto de partida realista.
Necesitamos reivindicar la libertad no como dogma, sino como condición para el descubrimiento.