Imagen de participantes en el Talent Arena en el Mobil World Arena
Barcelona acoge estos días el Mobile World Congress y la segunda edición de Talent Arena. No son dos eventos independientes ni dos conversaciones paralelas.
Son dos miradas complementarias sobre un mismo contexto de cambio. La tecnología avanza con rapidez; el verdadero reto es si somos capaces de acompañarla con el talento adecuado.
Conviene detenerse un momento en esta idea. Durante años hemos situado el foco en la tecnología: en su capacidad de innovar, de escalar, de transformar sectores enteros.
El talento deja de ser una variable operativa para convertirse en una condición estructural del crecimiento.
Hoy, las herramientas existen, los casos de uso se multiplican y la inversión continúa creciendo. Sin embargo, cada vez resulta más evidente que el foco ya no está en la tecnología.
Está en las personas: en su capacidad de aprender y evolucionar, y en si las organizaciones sabemos acompañarlas creando culturas que les permitan desplegar su mejor versión en contextos cada vez más complejos.
Este cambio se refleja con claridad en la manera en que las empresas toman hoy decisiones estratégicas.
Durante mucho tiempo, la localización de grandes centros corporativos o hubs digitales respondía principalmente a una lógica de costes. Esa lógica ya no explica, por sí sola, las decisiones relevantes.
Cada vez más, la pregunta es otra: ¿dónde podemos construir equipos completos con la rapidez y la sostenibilidad que el negocio exige? En este contexto, pagar más deja de ser un problema si permite crecer sin bloquear proyectos, retrasar lanzamientos o tensionar en exceso a las organizaciones.
El talento deja así de ser una variable operativa para convertirse en una condición estructural del crecimiento.
Para los hubs digitales de gran escala, el reto no está en contratar a los primeros perfiles, sino en mantener una capacidad de crecimiento sostenida en el tiempo. Esto va más allá de la disponibilidad puntual de talento.
Exige profundidad de mercado, diversidad de perfiles y un entorno capaz de acompañar el crecimiento sin agotarse.
El verdadero riesgo no es solo no encontrar talento hoy, sino no estar preparados para el talento que necesitaremos mañana.
Aquí entran en juego factores conocidos, pero que hoy adquieren un peso distinto: la proximidad a universidades, la existencia de otros actores tecnológicos que aporten densidad de talento senior o un entorno laboral con vocación internacional.
No se trata de competir por los mismos perfiles una y otra vez, sino de construir un sistema que los genere y los haga evolucionar.
Atraer talento es solo una parte del reto. La cuestión clave es si somos capaces de generar proyectos y entornos en los que las personas quieran quedarse.
En mercados altamente móviles, el talento no se retiene: decide. Decide quedarse cuando encuentra coherencia entre proyecto, entorno y calidad de vida.
Por eso, aspectos que durante años se consideraron secundarios —la experiencia de vivir en una ciudad, la conectividad, la posibilidad de conciliar o la estabilidad— forman hoy parte del núcleo de esa decisión.
No como beneficios accesorios, sino como factores que influyen directamente en la continuidad y en la calidad del trabajo de los equipos.
Nada de esto significa que el coste haya desaparecido del análisis. Significa que se evalúa de otra manera. Las empresas buscan equilibrio: entre inversión y retorno, entre productividad y sostenibilidad.
El objetivo ya no es reducir al máximo el coste, sino maximizar el valor que emerge cuando el talento puede desplegarse. Esta lógica nos invita a repensar decisiones que antes parecían evidentes y a aceptar que no todos los ecosistemas están preparados para convivir con determinados niveles de complejidad.
Durante años hemos hablado de talento en términos individuales: atraer, contratar, retener. Ese enfoque ha sido útil, pero hoy resulta claramente insuficiente. En un contexto de aceleración permanente, el talento no puede entenderse como una suma de perfiles, sino como un ecosistema.
Un ecosistema que permita desarrollar capacidades, actualizarlas y hacerlas evolucionar de manera continua, y en el que empresas, universidades, administraciones y personas compartan responsabilidad.
Porque el verdadero riesgo no es solo no encontrar talento hoy, sino no estar preparados para el talento que necesitaremos mañana.
En este sentido, las empresas no pueden limitarse a competir por el talento existente; tienen también la responsabilidad de contribuir a crear las condiciones para que ese talento emerja y se desarrolle a lo largo de todo el recorrido, desde las etapas formativas iniciales —donde se generan o se pierden muchas vocaciones— hasta el entorno profesional.
En este escenario, las habilidades más valiosas no son únicamente técnicas. Cada vez resulta más evidente que las capacidades que realmente importan son profundamente humanas: pensamiento crítico, aprendizaje continuo, flexibilidad mental, colaboración y liderazgo en entornos inciertos.
Capacidades que rara vez aparecen en entornos homogéneos y que se fortalecen cuando somos capaces de integrar perfiles, trayectorias e inteligencias diversas.
Sin estas capacidades, la tecnología no escala.
Barcelona aparece estos días en muchas conversaciones. Conviene evitar lecturas complacientes. Más que una excepción, la ciudad funciona como un laboratorio donde se hacen visibles tensiones que son compartidas a escala europea: la competencia por el talento, la necesidad de que quiera quedarse, el equilibrio entre crecimiento y calidad de vida.
En este sentido, el valor de encuentros como el Mobile o Talent Arena no está solo en lo que muestran, sino en las preguntas que ponen sobre la mesa.
Hablar de ecosistemas implica asumir responsabilidades distintas. Las empresas no pueden limitarse a competir por el talento existente; deben implicarse en crear contextos que amplíen y diversifiquen ese talento.
Eso exige trabajar desde el origen: fomentar vocaciones tempranas y romper estereotipos que siguen limitando el acceso de muchas personas —especialmente mujeres— a ámbitos como la ingeniería o la tecnología, y que explican por qué tantas no acaban desarrollando su carrera profesional en el entorno digital.
También exige coherencia, inversión en aprendizaje y entornos donde las personas puedan crecer sin dejar de ser personas. Aprender no es acumular cursos. Es asumir una actitud de constante autoaprendizaje y autoconocimiento en un entorno que lo haga posible.
Cuando termine la semana del Mobile y baje el ruido, quedará lo esencial. La tecnología seguirá avanzando.
La pregunta relevante es si seremos capaces de acompañarla con el talento necesario para convertirla en impacto real y sostenible.
Tal vez la cuestión no sea si podemos hacerlo. Tal vez sea si estamos dispuestos a hacerlo bien. Porque, al final, el talento no es un recurso más. Es el reflejo del tipo de empresas —y de sociedad— que estamos construyendo.
*** Ainoa Irurre es Europe Talent Acquisition & Mobility Vice President de Schneider Electric.