Bandera de China
Europa necesita una herramienta de defensa más amplia frente a la feroz competencia de China
El llamado “shock chino”, que consiste en el fuerte aumento de las exportaciones de China no solo hacia Europa sino también a terceros mercados donde China compite con Europa, cada vez se percibe de manera más clara en la Unión Europea.
Las previsiones apuntan a que el déficit comercial de la UE con China alcance los 400.000 millones de euros en 2025, más del doble del nivel antes de la pandemia.
Y ello a pesar de que la zona del euro en su conjunto sigue registrando un superávit comercial con el resto del mundo, por lo que el desequilibrio con China destaca especialmente.
El empeoramiento de nuestra posición comercial con China se remonta al estrangulamiento de la cadena de suministro mundial provocado por la pandemia, seguido de la crisis energética tras la invasión de Ucrania por parte de Rusia.
Estos shocks generaron un fuerte aumento de los precios a la producción en Europa, mientras que China entró en una prolongada fase deflacionaria, derivada de la sobreinversión en manufacturas, lo que ha creado el exceso de capacidad que vemos hoy en día.
Si Europa no adapta sus herramientas para responder a la magnitud del shock chino, las consecuencias serán una desindustrialización continuada
Esta divergencia en los costes entre los productores europeos y los chinos ha dado a los exportadores chinos una ventaja decisiva en materia de precios en muchos sectores, entre ellos la maquinaria, los productos químicos, los vehículos eléctricos y las renovables.
El mecanismo de ajuste teórico que debería haber mitigado esta brecha -la apreciación del renminbi frente al euro -no se ha producido. En cambio, el renminbi se depreció frente al euro hasta muy recientemente.
El resultado es precisamente lo que predeciría la teoría económica: una pérdida de cuota de mercado europea en el mercado chino, en los mercados de terceros países y, cada vez más, en su propio mercado.
Los instrumentos de defensa comercial de la UE, como las medidas antidumping y anti-subvenciones, son útiles, pero no tienen el alcance necesario para hacer frente a la magnitud del problema. Estas herramientas son lentas de activar y requieren mucha información por parte de la comisión para estimar la distorsión y son específicas para cada empresa y producto.
Esperar a que se investiguen los casos uno por uno, mientras las exportaciones chinas siguen inundando mercados, no es una estrategia viable para la industria europea.
Una de las medidas más escuchadas, más allá de las que ya tenemos, es la exigencia de que los insumos sean de origen nacional, o sea, que haya unos mínimos de contenido local. La realidad es que esta medida aumentaría aún más los costes de producción de los fabricantes europeos y podría perturbar las cadenas de suministro internacionales, lo que en última instancia haría a Europa menos competitiva a escala internacional.
Otra vía, quizás más prometedora sería la de supervisar y responder a las diferencias significativas de competitividad derivadas del elevado diferencial de inflación y, en menor medida, por la debilidad del yuan respecto al euro.
Esto permitiría a la Comisión Europea realizar un seguimiento de la evolución de los precios sectoriales, establecer umbrales transparentes de preocupación y entablar consultas estructuradas con China sobre la pérdida de competitividad externa europea.
Este mecanismo sería más automático y abarcaría toda la economía, en comparación con el enfoque fragmentado actual, al tiempo que seguiría estando lo suficientemente orientado como para evitar un proteccionismo indiscriminado.
Los críticos pueden señalar las posibles tensiones con las Organización Mundial del Comercio, pero la UE ya ha demostrado que puede actuar con decisión cuando están en juego intereses relevantes, como lo demuestra el mecanismo de ajuste en frontera por emisiones de carbono (o impuesto sobre las importaciones de determinados productos con altas emisiones de carbono).
Esperar a que Pekín reequilibre voluntariamente la situación no es un plan realista. Si Europa no adapta sus herramientas para responder a la magnitud del shock chino, las consecuencias serán una desindustrialización continuada, una aceleración de la pérdida de puestos de trabajo en sectores estratégicos y una peligrosa erosión de la base manufacturera necesaria para la soberanía tecnológica y la resiliencia económica.
No se trata de un llamamiento al proteccionismo, sino a la proporcionalidad y al realismo ante un reto estructural para el que no están diseñadas las normas existentes. La UE no puede verse limitada por procedimientos lentos, mientras su industria se ve constantemente erosionada.
Es esencial contar con un conjunto de herramientas de defensa comercial más sólido y completo. Obviamente estas medidas solo pueden ayudar si Europa utiliza el tiempo que habrá comprado con ellas para mejorar su competitividad y su productividad.
*** Alicia García Herrero es conomista jefe para Asia Pacífico en Natixis CIB e investigador principal en Bruegel.