Chip de Nvidia. Reuters
En las últimas semanas, mientras el mercado seguía entretenido con la pregunta de siempre, si la inteligencia artificial ya está demasiado descontada en precios, las grandes tecnológicas han respondido con algo mucho más concluyente.
Las más grandes sitúan el gasto en inteligencia artificial por encima de los 600.000 millones de dólares en 2026. Cuando compañías de este tamaño mueven capital a esta escala, no están reaccionando al ciclo, están intentando definirlo.
El impacto de estas cifras se entiende mejor cuando se las saca del lenguaje corporativo y se las lleva al plano macroeconómico. La inversión, medida como formación bruta de capital fijo, supone algo más del 21% de un PIB que en 2025 superó los 30 billones de dólares.
Se estima que la inversión en software, servidores y centros de datos relacionados con la inteligencia artificial representó el 37% del crecimiento real del PIB en los primeros nueve meses de 2025. Por lo tanto, una inversión de más de 600.000 millones concentrada en infraestructura digital por unos pocos actores, no es una nota al pie.
En términos puramente contables, el efecto es inmediato ya que más inversión impulsa la demanda agregada y compensa la pérdida de tracción de otros motores más maduros.
La inteligencia artificial no es un complemento, es el eje que empieza a ordenar ese dominio y lo hace más profundo
Pero quedarse en esa lectura es insuficiente. El verdadero efecto económico de la inteligencia artificial no está en lo que se gasta hoy, sino en lo que permitirá producir mañana con menos recursos. Ahí entra la productividad, ese factor esquivo que lleva años decepcionando en las economías avanzadas.
Las estimaciones más prudentes apuntan a mejoras sostenidas de medio punto anual en productividad laboral si la adopción es amplia y efectiva. En una economía como la estadounidense, eso supone la diferencia entre crecer por inercia o recuperar dinamismo estructural.
El problema es que la productividad no llega sin fricciones. Cada salto tecnológico relevante implica una reorganización profunda del trabajo. La inteligencia artificial no es una excepción.
La automatización de tareas, especialmente en empleos administrativos, de análisis y de servicios digitales, introduce presiones sobre el mercado laboral que no siempre se absorben de forma ordenada. Menor estabilidad, ajustes salariales y transiciones forzadas son parte del proceso.
Desde el punto de vista macroeconómico, eso puede limitar el impacto positivo sobre el crecimiento si se traduce en menor renta disponible y mayor gasto público en protección social.
Interpretar en clave de mercados lo que está ocurriendo es vital si tenemos en cuenta que, con la excepción de Meta, cada anuncio de inversión fue seguido de un castigo contundente de las acciones, tanto como que la pérdida de capitalización agregada en las dos últimas semanas ha sido de 840.000 millones de euros. No ha sido una broma.
Para poner números detrás de esa tensión entre anuncios y precios, conviene echar un vistazo a los retornos que estas compañías han generado tradicionalmente sobre su capital invertido, y lo que implicaría traducir el inmenso capex en sus resultados.
Según métricas actuales, Alphabet (Google) presenta un retorno sobre capital invertido (ROIC) en torno al 26-30%; Microsoft se sitúa cerca del 22-24%; Amazon, por su parte, muestra un ROIC más modesto, alrededor del 12-13%, reflejo de su enorme base de activos; mientras que Meta reporta el retorno más elevado, próximo al 30%.
Si esas tasas de retorno se aplicaran a un capex agregado de alrededor de 630.000 millones de dólares, el beneficio neto implícito requerido para sostenerlos sería del orden de 130.000 a 180.000 millones netos adicionales, según los promedios de ROIC arriba citados.
Ahora bien, si tomamos los ingresos reportados por estas cuatro compañías en sus últimos ejercicios, están en conjunto en el rango de 1,7-2 billones de dólares anuales, con tasas de crecimiento de ventas más moderadas que las expansiones de capex anunciadas; traducir esos incrementos de inversión en un salto comparable de ingresos en un solo año sería extraordinariamente exigente ya que asumiendo un margen neto medio del 26% tendrían que generar unos 585.000 millones de dólares adicionales de facturación, mucho más de lo que los mercados están dispuestos a asumir sin ver primeros frutos claros.
Esta matemática elemental ayuda a explicar por qué el mercado ha castigado con caídas de cotización cada anuncio —porque a corto plazo no se ve una línea directa entre inversión y un aumento inmediato de ingresos o beneficios que justifique las valoraciones actuales— incluso cuando la lógica estratégica de largo plazo sigue siendo sólida.
Por eso, más que discutir el tamaño del gasto, conviene aceptar lo que realmente se está consolidando. Estas compañías no están simplemente reforzando una ventaja tecnológica, están organizando el siguiente estadio de la economía y de la vida como la conocíamos.
Dominan el consumo, canalizan la distribución, median las relaciones sociales y estructuran el acceso al conocimiento. No inventaron todas estas capas, pero las han integrado hasta convertirlas en un sistema coherente, difícil de desafiar y cómodo para el usuario.
La inteligencia artificial no es un complemento, es el eje que empieza a ordenar ese dominio y lo hace más profundo. Negarlo es estéril.
El debate relevante no es si esta inversión es excesiva, sino si somos conscientes del tipo de sociedad que refuerza. El capital ya ha elegido, la narrativa es estadounidense y el proceso avanza sin fricciones aparentes. Comprenderlo no implica celebrarlo sin matices, pero sí asumir que el futuro que se está construyendo no es una ruptura, sino una aceleración de una realidad que ya gobierna nuestro presente.