En el siglo XIX, John Stuart Mill formuló una idea tan sencilla como poderosa: los beneficios del comercio internacional no dependen solo de los costes comparativos, sino de la demanda recíproca. Un país obtiene mayor ventaja si exporta bienes que otros necesitan mucho e importa bienes menos necesarios. De ese modo, en momentos de crisis, la relación de intercambio resiste mejor.
Mill pensaba en un mundo de comercio voluntario, sin coerción, sin sanciones y sin amenazas explícitas. Un mundo en el que el intercambio era un amortiguador frente a la escasez y la inestabilidad. Ese mundo ya no existe. Pero su intuición sigue siendo útil si se actualiza.
Hoy el comercio internacional no gira en torno a bienes necesarios o superfluos, sino en torno a algo más áspero: la relevancia estratégica.
En el orden actual, un país es relevante cuando controla algo difícilmente sustituible en el corto plazo: energía, materias primas críticas, tecnología clave, rutas logísticas o financiación.
Esa relevancia cumple una función parecida a la “necesidad” de Mill. Por un lado, te da margen de negociación, pero, por otro, introduce una diferencia crucial. Y es que la relevancia no solo protege, también expone.
Quien controla un recurso estratégico atrae presión política, comercial y, en casos extremos, militar, al menos en la modalidad de amenaza. Ser relevante ya no significa quedar a salvo de las crisis, sino convertirse en un punto de fricción. Groenlandia, Ucrania, Taiwán o el Golfo Pérsico no son escenarios de conflicto por casualidad, sino porque concentran activos que otros no pueden ignorar. Este es el primer gran cambio respecto al mundo de Mill.
El comercio ya no amortigua el conflicto, más bien lo señala.
El segundo cambio es aún más incómodo. En el mundo actual, siguiendo la deriva de Donald Trump, la relevancia solo es efectiva si el país está dispuesto a politizar el comercio. No basta con tener recursos, hay que estar dispuesto a usarlos como palanca.
China lo hace con materias primas críticas. Estados Unidos lo hace con su mercado, su moneda y su sistema financiero. Incluso países medianos han aprendido a convertir interdependencias en instrumentos de presión.
¿Y Europa? La Unión Europea no es exactamente inocente. Ha optado por una estrategia de comercio sin aranceles visibles, pero con una densa red de regulaciones, estándares e impuestos internos que, sin ser barreras formales, dificultan de manera efectiva el acceso a su mercado.
No es proteccionismo clásico, pero sí genera fricción real. Este enfoque, pasivo-agresivo en términos comerciales, ha irritado durante años a los exportadores estadounidenses.
Y ayuda a entender, aunque no justificar, por qué líderes como Trump han decidido saltarse la lógica tradicional del comercio internacional basada en aranceles negociables para penalizar a los países en función de la facilidad efectiva para exportar, incluso a costa de cuestionar la soberanía fiscal y regulatoria.
Desde el punto de vista económico, esa estrategia es una ruptura peligrosa. Europa, en este contexto, ejerce poder sin asumirlo y sufre las consecuencias de no convertirlo en capacidad de negociación.
Por otro lado, desde una lógica de demanda recíproca actualizada, Europa exporta bienes valiosos, pero no exporta nada que no pueda ser reemplazado con suficiente esfuerzo. Y, además, ha renunciado explícitamente a utilizar el comercio como herramienta de presión.
No controla cuellos de botella decisivos, no actúa como bloque creíble y no amenaza con represalias coordinadas. Eso la deja fuera del juego de la relevancia. Que Europa resulte irrelevante para líderes como Trump no es una cuestión de valores, ni de tamaño económico, ni siquiera de afinidad política. Es una cuestión estrictamente estratégica.
Aquí está el punto más incómodo del upgrade a Mill. La relevancia permite negociar, pero no es gratis. Implica aceptar riesgos, presiones y conflictos. Implica renunciar a la ilusión de que el comercio puede separarse de la geopolítica.
La alternativa a la relevancia tampoco es neutra. La irrelevancia no protege, al revés, desprotege. Deja a los países expuestos a decisiones ajenas sin capacidad real de influencia. En el mundo actual, no ser relevante no significa quedar al margen del conflicto, sino quedar a merced de él. Y eso es lo que le pasa a Europa. ¿Y qué tendría que cambiar?
Para empezar, dar a valer su palabra con acciones. La incoherencia entre convicciones declaradas y costes asumidos no es nueva. Durante décadas, Europa ha reclamado protección, estabilidad y disuasión dentro del marco de la OTAN mientras delegaba en otros el esfuerzo presupuestario, operativo y político de sostenerla. Ha invocado valores y compromisos compartidos, pero ha evitado sistemáticamente pagar el precio completo de hacerlos.
La Unión Europea se presenta como defensora del derecho internacional, del arbitraje y de las reglas comunes, pero ha renunciado a garantizar su cumplimiento. Protesta cuando otros se saltan las normas, pero depende de Estados Unidos para convertir las sanciones y advertencias en disuasión efectiva. Esa distancia entre la palabra y el riesgo real erosiona la credibilidad.
Así, defiende el sistema sin sostenerlo. Si Europa quiere ser relevante, lo primero que debe hacer es volver creíble su palabra, abandonando esta postura cómoda y, en última instancia, hipócrita. En resumen, decir menos y estar dispuesta a hacer más.
Si para Mill la estabilidad nacía de la interdependencia comercial, hoy depende de la credibilidad de quienes están dispuestos a sostener sus compromisos cuando el coste aparece, y Europa aún no ha decidido si quiere estar entre ellos.