Donald Trump
El actual presidente de los Estados Unidos, quien ya a lo largo de su primer mandato había mostrado algunos indicios de no encarnar precisamente a un fino intelectual muy influenciado por el Círculo de Viena, tras calificar de “imbécil” y “mula terca” al máximo responsable de la Reserva Federal, Jerome Powell, acaba de lograr que la fiscalía del Distrito de Columbia abra una investigación contra él por un confuso cargo de corrupción económica relacionado con ciertas obras destinadas a reformar el edificio neoyorkino que aloja sede del Banco Central. A saber qué habrá de cierto en esa historia.
Si bien el aspecto que absorbe la preocupación de la élite política y mediática en esa polémica entre Trump y Powell a cuenta del tipo de interés oficial, el genuino núcleo de la cuestión que centra el debate público, es el que remite a la independencia de la Reserva Federal.
Así, se están escuchando voces en Estados Unidos que alertan incluso de una caída en barrena de la mismísima democracia, separación de poderes incluida, a raíz de la intromisión de la Casa Blanca en las competencias relacionadas con la política monetaria, esas que sus vigentes estatutos atribuyen en exclusiva al Banco Central.
Una acalorada discusión donde, al margen de que Trump tampoco resulte ser un entusiasta del exquisito respeto a las normas contenidas en la letra y el espíritu de la Constitución y demás leyes, no se suele mencionar que Montesquieu se abstuvo de incluir a los banqueros centrales entre los poderes cuya independencia y autonomía debe garantizar todo Estado que se quiera liberal; no lo dijo Montesquieu en su momento, pero tampoco consta que ningún otro gran teórico del liberalismo y la democracia en épocas posteriores predicase tal principio; parece ser que nunca lo ha dicho nadie, pues.
Y de ahí que la orientación de la política monetaria, que como su propio nombre indica constituye una manera igual que otras muchas de hacer política, se hubiera considerado hasta tiempos muy recientes una prerrogativa propia del poder Ejecutivo.
La idea subyacente es que los gobiernos elegidos tienden a mostrarse irresponsables en el manejo de la creación de base monetaria
De hecho, ese extraño anatema contemporáneo, el que considera legitimados a los gobernantes electos para implementar la política fiscal que consideren oportuna al tiempo que les prohíbe decir nada sobre la política monetaria, es una innovación doctrinal coetánea; otro fruto de la conquista de la hegemonía ideológica de la corriente teórica neoliberal, cuerpo de pensamiento minoritario y marginal durante el anterior periodo de dominio keynesiano, al inicio de la década de los ochenta.
Antes de los ochenta y de la llegada de Reagan y Thatcher al poder, el papel de malvado oficial en ese enredo sobre los tipos lo hubiera representado Powell, mientras que el Trump de turno habría sido unánimemente ensalzado como un defensor de la democracia. Otros tiempos. Otro mundo. Otro sentido común dominante.
Por lo demás, la justificación pretendidamente científica que avaló la sustracción de las competencias sobre política monetaria a los gobiernos – ahora maniatados en ese ámbito – para transferirlas a una tecnocracia ajena a los designios de las urnas, esa encarnada hoy por los directivos de los bancos centrales, resulta en extremo endeble.
Como es sabido, la coartada intelectual que justificó sustraer tal competencia al poder de raíz democrática remite a la teoría cuantitativa del dinero. La idea subyacente es que los gobiernos elegidos tienden a mostrarse irresponsables en el manejo de la creación de base monetaria, un sesgo que les llevaría a estimular procesos inflacionarios como inevitable consecuencia de esa incontinente desenfreno emisor.
La teoría cuantitativa del dinero acaso resulte ser la idea más sencilla, más intuitiva, más aparentemente consistente y lógica, más creída por el gran público no especializado y también la más falsa de todas las premisas germinales sobre las que se asienta la Economía académica neoclásica, esa que todavía hoy da forma a la ortodoxia en Europa y Estados Unidos.
Una ortodoxia ya no tan incontestable desde que ni siquiera en la Casa Blanca se la toman en serio ( y nadie suponga que el equipo de asesores de Trump está formado por una pandilla de aficionados y analfabetos en materia de política monetaria).
De hecho, esa teoría se asienta sobre la premisa absurda de que incrementar la emisión de base monetaria tiende a generar inflación porque habrá mucho más dinero legal en el mercado para comprar una cantidad de mercancías que permanecerá constante; suposición que remite a una definitiva tontería.
No existe ninguna razón, “céteris páribus”, para que la cantidad de mercancías ofrecidas por las empresas permanezca fija e inalterada tras un incremento de la demanda a corto plazo provocado por un aumento del poder adquisitivo por parte de los consumidores. Si observan que hay más demanda – por la razón que sea –, las empresas siempre reaccionan aumentando la producción, no los precios.
Siglos de historia económica y observación empírica lo atestiguan. La teoría cuantitativa del dinero es un muy popular y extendido disparate conceptual que carece del menor contenido científico. Pero sobre ese disparate analítico se edificó en los ochenta esa soberanía paralela, la ejercida por los bancos centrales, que ahora Trump ansía demoler recurriendo a sus métodos habituales.
Pero, y ahora viene lo más importante, todo el dinero legal que se imprime y pone en circulación anualmente, tanto en Estados Unidos como en Europa, representa una despreciable minucia insignificante a efectos del funcionamiento de la economía real; literalmente, es calderilla.
Porque el verdadero dinero – verdadero en términos cuantitativos – no son esos pequeños billetes rectangulares y de vistosos colores que emiten los Estados, sino el que crean de la nada los bandos privados todos los días y a todas horas.
Sin ir más lejos, los distintos tipos de billetes del euro puestos en circulación por el BCE apenas representan el 9 % del dinero que se mueve por la economía europea, siendo el otro 93% restante exclusiva creación de los bancos privados por la vía de conceder créditos.
Y en Estados Unidos ocurre lo mismo. El enfrentamiento entre Trump y Powell no remite a una guerra de la ignorancia populista contra la ciencia, sino algo mucho más material y prosaico: la lucha de intereses contrapuestos entre Wall Street y Main Street.
*** José García Domínguez es economista.