En estos primeros días del año, la atención internacional parece desbordada. Venezuela, Groenlandia, Ucrania, Irán. Conflictos simultáneos, intereses cruzados, análisis geopolíticos que se pisan unos a otros.

En casi todos ellos, la explicación dominante apunta a lo mismo: intereses económicos. Recursos naturales, rutas estratégicas, control energético, es decir, poder geopolítico. Nada nuevo bajo el sol. Desde las guerras del Peloponeso hasta los conflictos contemporáneos, ninguna guerra ha estado nunca exenta de cálculo económico.

Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre los intereses económicos que mueven a los Estados y los factores económicos que empujan a las personas. Confundir ambos planos conduce a análisis incompletos y a errores de diagnóstico peligrosos.

Los Estados entran en conflicto por recursos, influencia o poder. Las personas, en cambio, salen a la calle cuando la vida cotidiana deja de ser viable. Cuando el salario no alcanza, cuando el pan se encarece, cuando el agua falta. La historia lo demuestra con una crudeza incómoda: los ideales movilizan conciencias; la economía moviliza multitudes.

No basta con pobreza y represión para derribar un régimen: se necesitan condiciones sociales y políticas que permitan convertir la protesta en cambio estructural.

"En Irán, por primera vez, una caída económica aguda se ha traducido en una protesta amplia que toca a comerciantes, estudiantes y sectores urbanos"

En Cuba y Venezuela hay descontento y represión, pero el status quo se sostiene por estructuras de poder, apoyos externos y ausencia de canales efectivos de movilización.

En Irán, por primera vez, una caída económica aguda se ha traducido en una protesta amplia que toca a comerciantes, estudiantes y sectores urbanos, mostrando que la supervivencia material puede ser el primer desencadenante de algo más profundo.

Durante décadas, el régimen iraní ha reprimido brutalmente a su población, especialmente a la femenina. Torturas sistemáticas, ejecuciones, persecución política, asesinatos de mujeres por no llevar el velo, anulación de libertades básicas. Todo ello ha sido ampliamente documentado y conocido.

Y, sin embargo, durante largos periodos, esa represión no ha generado levantamientos masivos sostenidos. No porque la población iraní sea indiferente a la libertad. Sino porque el miedo puede contener la protesta mientras la supervivencia esté garantizada.

Lo que cambia en los últimos años y explica la intensidad de las protestas recientes no es la naturaleza del régimen, sino el colapso de las condiciones materiales de vida. Irán padece una inflación desbocada, un empobrecimiento acelerado y, de forma cada vez más determinante, una auténtica quiebra hídrica.

Porque, como comentábamos este martes en La Brújula de la Economía de Onda Cero, no se trata solo de una sequía. Sufre una insolvencia estructural de su sistema de agua, resultado de décadas de mala gestión económica, subsidios perversos y corrupción institucionalizada.

¿Cuál es el panorama? El 90% del consumo de agua del país se destina a la agricultura, gran parte de la cual es atrasada, ineficiente y orientada a cultivos inviables en un territorio árido.

"Nos recuerda algo que a menudo olvidamos desde la comodidad del análisis geopolítico y que me escuece a mí también: los derechos humanos son imprescindibles, pero no movilizan solos; la economía sí"

El Estado ha subvencionado durante años la electricidad necesaria para bombear agua subterránea, incentivando la sobreexplotación de acuíferos que hoy están, en su mayoría, agotados. El resultado es dramático: hundimientos del terreno de hasta 30 centímetros anuales en zonas como Teherán, miles de pueblos sin acceso estable a agua potable y migraciones internas forzadas hacia ciudades ya colapsadas. Están evacuando a poblaciones enteras.

A ello se suma una política de construcción masiva de presas mal planificadas, muchas de ellas adjudicadas a empresas vinculadas al aparato militar del régimen, sin estudios de viabilidad rigurosos. Ríos secos, lagos históricos como el de Urmia convertidos en desiertos de sal y una evaporación masiva que ha destruido ecosistemas enteros.

Todo ello mientras se abandonaban sistemas tradicionales de gestión del agua, como los qanats, una red de túneles subterráneos construidos hace 3000 años por el pueblo persa, capaces de llevar agua del subsuelo de las zonas montañosas a los pueblos y ciudades de la región.

El agua extraída era transportada, a veces, hasta casi cien kilómetros de distancia, y su uso era tanto consumo humano como regadío. La sequía, por tanto, no es solo climática. Es económica y política. Es el resultado de gastar un capital natural como si fuera infinito y blindar ese modelo con represión por razones religiosas e ideológicas.

Cuando a esa quiebra hídrica se suma una inflación que pulveriza el poder adquisitivo y una moneda que se devalúa sin freno, el miedo deja de ser un freno suficiente.

"Ni las guerras, ni las protestas, ni la estabilidad política pueden entenderse sin poner en el centro las condiciones materiales de vida"

No porque la represión desaparezca, sino porque la supervivencia se vuelve prioritaria. La gente protesta no solo por derechos, sino porque no puede vivir. El que la policía se sume a las manifestaciones de protesta en alguna ciudad no hace sino confirmar esta idea.

Pero esta lección incómoda trasciende Irán. Nos recuerda algo que a menudo olvidamos desde la comodidad del análisis geopolítico y que me escuece a mí también: los derechos humanos son imprescindibles, pero no movilizan solos; la economía sí. No porque sean más importantes, sino porque afectan a todos de forma inmediata y transversal.

Para 2026, esta realidad debería obligarnos a afinar la mirada. Ni las guerras, ni las protestas, ni la estabilidad política pueden entenderse sin poner en el centro las condiciones materiales de vida. Ignorar la economía cotidiana (el agua, los precios, el empleo) es ignorar el verdadero detonante del conflicto social.

Decía John Maynard Keynes que “las ideas, tanto correctas como erróneas, son más poderosas de lo que se cree”. Me permito añadir que la historia no avanza solo por ideas. Avanza, muchas veces, cuando la gente ya no puede beber, comer o pagar. Y esa es una verdad incómoda que conviene no olvidar al empezar un nuevo año.