Educación financiera

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Opinión

La educación financiera: el dinero que no entendemos nos controla

José Manuel Jiménez Rodríguez
Publicada

Vivimos rodeados de información financiera, pero seguimos sin saber leerla. Todos entendemos la importancia de aprender a sumar, leer o escribir. Sin embargo, cuando se trata de manejar un presupuesto, interpretar una nómina o comprender cómo afecta la inflación a nuestros ahorros, la mayoría de los ciudadanos carece de las herramientas básicas.

Y lo preocupante es que, a diferencia de la aritmética o la gramática, esta ignorancia no es inocua: nos vuelve más vulnerables, dependientes y manipulables.

La educación financiera no es un lujo académico ni un saber reservado para economistas o banqueros. Es una competencia vital.

En la práctica, significa tener autonomía para decidir si conviene pedir un crédito, planificar la jubilación o comprender por qué suben las hipotecas cuando el Banco Central Europeo cambia los tipos de interés. Sin esta comprensión, la vida cotidiana se convierte en un terreno lleno de trampas.

En España, los datos son claros y preocupantes. Según la Encuesta de Competencias Financieras de 2021, apenas el 19% de la población entre 18 y 79 años respondió correctamente a preguntas básicas sobre inflación, tipos de interés o diversificación del riesgo.

La educación financiera no puede limitarse a un manual ni a exámenes teóricos

Entre los jóvenes, la situación no mejora: el informe PISA 2022 muestra que los estudiantes españoles de 15 años obtienen 486 puntos en competencia financiera, por debajo de la media de la OCDE (498) y lejos de países como Bélgica (527) o Dinamarca (521). Lo más llamativo es que sólo un 5% alcanza un nivel avanzado de conocimiento, lo que algunos expertos llaman, sin rodeos, “analfabetismo financiero”.

La necesidad de implementar la Educación Financiera en el sistema educativo es algo que en consenso los expertos, economistas, e instituciones ya hemos insistido. No obstante, la educación financiera no puede limitarse a un manual ni a exámenes teóricos. Igual que no aprendemos a conducir leyendo un libro, no se aprende a manejar el dinero sin práctica.

Los jóvenes necesitan enfrentarse a situaciones reales: decidir cómo gestionar un presupuesto simulado, cómo invertir en un entorno digital controlado, cómo emprender un pequeño proyecto y asumir las consecuencias de sus decisiones. Se trata de enseñar la economía no como una teoría abstracta, sino como un lenguaje que usamos cada día, incluso sin darnos cuenta.

En esa dirección empiezan a explorarse nuevas fórmulas en nuestro país, desde concursos nacionales -como el concurso ‘Y a mí qué el Dinero’ del Instituto Santalucía- que plantean a los adolescentes retos financieros reales hasta simulaciones gamificadas donde los estudiantes, guiados por sus profesores, deben demostrar su destreza en presupuestos, ahorro, inversión o emprendimiento.

Este tipo de iniciativas, que combinan aprendizaje con práctica y competición, logran algo que los libros de texto rara vez consiguen: despertar la motivación y el interés de los jóvenes, y sobre todo demostrarles que las finanzas no son un mundo inaccesible, sino una herramienta para tomar mejores decisiones en su propia vida.

La educación financiera no solo protege el bolsillo: fortalece la democracia y la estabilidad del sistema

Esto cobra especial importancia cuando entendemos que la brecha de conocimiento no solo afecta a la vida personal, sino también al funcionamiento del conjunto de la economía. Una ciudadanía que entiende cómo funciona la política monetaria o qué implica la deuda pública confía más en las instituciones y reduce la vulnerabilidad frente a mensajes populistas o productos financieros engañosos.

En otras palabras, la educación financiera no solo protege el bolsillo: fortalece la democracia y la estabilidad del sistema.

España tiene, por tanto, un desafío urgente: dejar de tratar la educación financiera como un asunto accesorio y empezar a verla como una política de Estado. No hacerlo es condenar a generaciones enteras a tomar decisiones a ciegas en un mundo donde la información es poder.

Y, como bien sabemos, quien no entiende el poder del dinero acaba siendo controlado por quienes sí lo entienden.

***José Manuel Jiménez Rodríguez es director del Instituto Santalucía.