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La tribuna

No todo es Ucrania en el rearme europeo

Estados Unidos lleva años buscando que sus socios europeos en la Alianza Atlántica incrementen sus compras de armamento fabricado en territorio norteamericano.

3 julio, 2022 02:47

Sin duda, esa guerra casi civil, la que enfrenta hoy a los dos principales territorios eslavos que no hace tanto constituían la columna vertebral de la Unión Soviética, es una de las razones del muy inminente rearme generalizado de todos los miembros europeos de la Alianza Atlántica.

Es uno de los motivos, sí, pero no constituye la Causa, con mayúscula. Y no lo es por una muy contrastada evidencia, a saber: porque la insistente presión norteamericana orientada a forzar un incremento sustancial del presupuesto europeo de Defensa se remonta a un periodo anterior, cuando nadie contemplaba siquiera la hipótesis teórica de un eventual enfrentamiento armado entre la Federación Rusa y Ucrania.

De hecho, cualquier somero repaso a las crónicas periodísticas de las varias visitas oficiales que realizó Trump a Europa durante su mandato permite constatar que eso mismo, el reiterado reclamo a sus socios para que accedieran a un aumento del gasto militar, fue la gran constante de aquellos encuentros.

La insistente presión norteamericana orientada a forzar un incremento sustancial del presupuesto europeo de Defensa se remonta a un periodo anterior

Y es que el motivo último de la decisión colectiva que se acaba de tomar en Madrid, la del rearme continental, no procede buscarlo en el Kiev del primer tercio del siglo XXI, sino en el Washington el último tercio del XX.

Porque tiene más que ver con Nixon que con Zelenski, mucho más. Debemos irnos, pues, tan atrás como hasta 1971, cuando Estados Unidos, sin previo aviso y de un día para otro, dinamitó por completo el sistema internacional de tipos de cambio fijos acordado en la Conferencia de Bretton Woods coincidiendo con el final de la Segunda Guerra Mundial.

Vietnam, o lo que es lo mismo, la desmedida factura derivada de la necesidad de mantener una presencia militar permanente muy lejos de sus fronteras, constante vigilancia armada alrededor del planeta que con frecuencia implica participación directa o indirecta en conflictos abiertos, les obligó a abandonar la última atadura del dólar con el viejo patrón oro.

Si quería pagar aquella guerra, a Nixon no le iba a quedar más remedio que imprimir muchos billetes verdes cuyo valor no estaría respaldado por ningún lingote amarillo guardado en los sótanos de Fort Knox. Y fue lo que hizo.

Pero es que, además de adentrarse en un déficit público ya crónico y con vocación estructural, por las mismas fechas, hacia 1971, Estados Unidos también dejó de constituir un país con superávits comerciales para reconvertirse, y también de forma crónica, en lo contrario, en un importador neto de toda clase de mercancías extranjeras.

Al inmenso déficit público habría que sumar, entonces, otro inmenso déficit simultáneo, el de la balanza comercial. Dos desequilibrios que, de persistir en el tiempo, llevarían a la quiebra a cualquier país, salvo, claro, que su moneda nacional resultara ser la misma moneda con la que se realizan los pagos y los cobros en la mayor parte del comercio internacional entre países.

He ahí, por cierto, la explicación a que Estados Unidos pueda permitirse desequilibrios imposibles para cualquier otra nación del mundo. Pero el precio a pagar a cambio de esa especie de bula financiera divina es el constante sesgo del dólar hacia la revaluación.

Si todo el planeta demanda dólares americanos para comprar cosas, el precio del dólar tenderá, y de modo irremisible, más a subir que a bajar. Y eso, al encarecer su producción doméstica por el simple efecto del tipo de cambio, es demoledor para cualquier empresa norteamericana que quiera vender algo en, por ejemplo, Alemania.

De ahí que todos los presidentes norteamericanos de esta centuria, igual los republicanos que los demócratas, se hayan mostrado tan sensibles -e irritados- ante los espectaculares superávits comerciales de Alemania, que para ellos significa lo mismo que decir de la Unión Europea.

Todos los presidentes norteamericanos de esta centuria se han mostrado sensibles -e irritados- ante los espectaculares superávits comerciales de Alemania

Una irritación no por el superávit en sí, sino porque sospechan, y alguna razón les asiste, que Alemania, o sea la Unión Europea, estaría haciendo trampas con la cotización del marco, o sea del euro, para beneficiar a sus empresas nacionales exportadoras frente a los competidores del otro lado del Atlántico.

Primero Obama, el espía de Merkel e inesperado abogado defensor de la Grecia de Syriza frente a Berlín, luego Trump y ahora Biden. Los tres, han coincidido en su preocupación por el desequilibrio de la relación comercial entre Estados Unidos y la Unión Europea.

Los tipos de interés del BCE, de modo rutinario más bajos que los de la Reserva Federal, y la política de compra masiva de títulos de deuda pública y privada, la otra seña de identidad compartida de Draghi y Lagarde, estimulan de modo indirecto la depreciación del euro por la vía de incentivar la migración de capitales especulativos desde el euro hacia el dólar.

Una política, la de Fráncfort, que los norteamericanos tienden a suponer no del todo inocente e ingenua. No obstante, en Washington tampoco dejan de mostrarse conscientes del problema agudo en el flanco sur de Europa que obliga a Alemania a patrocinar esa estrategia monetaria.

Saben que, desprovistas de los calmantes financieros que les receta el BCE, Italia y España se habrían declarado en suspensión de pagos frente a su principal acreedor externo, la propia Alemania.

Tal vez Alemania esté, sí, violando de forma disimulada las reglas del juego en el comercio internacional, pero tal vez no pueda hacer otra cosa distinta si queremos que no se rompa el euro. Y Estados Unidos carece de interés alguno en que ello ocurra.

Por eso, pese a todo, transigen con los juegos de manos con la divisa de Europa. He ahí la genuina razón de que, y al margen de lo que ahora mismo ocurre en Ucrania, Estados Unidos lleve años insistiendo en la necesidad, para ellos insoslayable, de que sus socios europeos en la Alianza Atlántica incrementen de modo significativo sus compras de armamento de fabricación norteamericana.

Simplemente, aspiran a compensar la balanza comercial entre las dos orillas del Atlántico por la vía del gasto militar. Porque no, no todo es Ucrania.

*** José García Domínguez es economista.

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