El ahorro en España.

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La tribuna

Estado de la salud financiera en tiempos de crisis

16 junio, 2021 01:44

La mayoría de los ciudadanos cree que su salud financiera ha empeorado tras un año de pandemia. Casi la mitad de los españoles afirma tener problemas para controlar gastos e ingresos o para llegar a fin de mes sin apuros, según un estudio de ING.

Ese dato nos sitúa por debajo de otros países europeos como Turquía, Rumanía, Bélgica, Polonia, Alemania, Austria y Holanda. Cuando miramos a nuestro alrededor, la impresión es aún peor: ocho de cada 10 personas creen que la salud financiera de sus conciudadanos es mala.

Estos datos no son una sorpresa. España ha sido uno de los países más impactados por la pandemia. Su economía cayó más del doble que la del conjunto de los países desarrollados. Comparado con 2019, el consumo cayó un 12% y la renta disponible de los hogares decreció un 3,3%. La incapacidad de gastar y el miedo han triplicado el ahorro en los bancos, a pesar de que no se remuneran.

En este contexto de abundancia de ahorro acumulado sin rentabilidad, ¿podría la inversión mejorar nuestra salud financiera?

El punto de partida—con abundancia de ahorro—es bueno. Pero el ahorro es condición necesaria, no suficiente, para invertir con éxito. Ahorrar hoy es equivalente a invertir con una tasa negativa, que es la inflación: obtener una rentabilidad nominal—la que te da el banco—del 0% a la que descontamos la subida de precios.

El resultado es que muchos españoles han perdido un 12% de su poder adquisitivo -más de 100.000 millones de euros- en la última década. Es una decisión comprensible, porque minimiza la incertidumbre. Sé que tendré el mismo número de euros en mi cuenta cada día, pero también que no va a aumentar y que cada vez podré comprar menos cosas con ese dinero.

 Ahorrar hoy es equivalente a invertir con una tasa negativa, que es la inflación

La alternativa más común es la vivienda. Por cada euro en depósitos, tenemos más de cuatro en vivienda. Pero esa inversión no vale para todo el mundo. No es líquida (no puedo vender un trocito de una vivienda si tengo una necesidad puntual), y requiere un gran desembolso inicial, es decir, no es fraccionable (no puedo comprarme 500 euros de vivienda cada mes).

Otras opciones solventan estos problemas. La Bolsa, por ejemplo, permite invertir y desinvertir la cantidad que queramos sin esperas. No hay límites máximos ni mínimos de entrada ni salida y tiene rentabilidades históricas muy elevadas. Tiene un coste: la volatilidad, el riesgo. Sin embargo, sabemos que existe una fórmula para minimizarlo, y sólo tiene dos ingredientes.

El primero es la diversificación. Los pocos españoles que invierten en Bolsa tienden a invertir en casa. España supone menos del 2% de la Bolsa mundial, pero le destinamos el 70% de nuestro dinero. Se llama sesgo doméstico, ocurre en todos lados, y es un error porque dispara el nivel de riesgo que asumimos.

El segundo ingrediente es el largo plazo. Nos permite compensar los años malos con los buenos, para que al final emerja la tendencia a largo plazo, que en el caso de la bolsa mundial es un crecimiento superior al 6% anual en los últimos 25 años. Los plazos largos asustan a muchos ahorradores, a pesar de que a menudo mantienen su dinero aparcado en un producto sin rentabilidad durante más de una década.  

Sin embargo, estas alternativas no son populares aún. Según un informe de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) y del Banco de España solo el 3% de los españoles diversifica a través de productos como acciones, bonos o fondos de inversión, que combinan ambos elementos. Por cada euro en fondos, invertimos 15 en vivienda.

Esperemos que a medida que se cierran las cicatrices de la pandemia, los ahorradores empiecen a acercarse más a la inversión. Con los tipos de interés en el 0% y sin perspectivas de cambio, la inversión será fundamental para apoyar la salud financiera de las familias.

*** Francisco Quintana es director de estrategia de inversión de ING.

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