Abarca es presidente de HM Hospitales.

Abarca es presidente de HM Hospitales. Rodrigo Mínguez

Observatorio de la sanidad

Juan Abarca: "La ansiedad por vacunar en la pandemia nos hizo olvidar lo más importante, salvar vidas"

El presidente de HM Hospitales recoge su experiencia de las primeras tres oleadas de Covid en 'Cuando todo se tambalea'.

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Juan Abarca, presidente de HM Hospitales, sostiene que la falta de reformas tras la Covid demuestra que España salió “peor” de la pandemia por responsabilidad política.

Abarca critica que en la tercera ola se priorizara la vacunación frente a medidas tempranas y estrictas para cortar contagios: durante cinco meses, afirma, murieron 30.000 personas.

El médico reclama reforzar infraestructuras, reservas estratégicas y coordinación entre autonomías, además de una mayor flexibilidad de las competencias sanitarias en emergencias.

También denuncia que no se ha resuelto la fragilidad de las residencias y pide recursos asistenciales u hospitales de media y larga estancia para proteger a los mayores.

Juan Abarca es médico y presidente de HM Hospitales. Desde ambas perspectivas ha escrito Cuando todo se tambalea, un libro en el que relata cómo vivió las primeras tres olas de Covid-19 desde la trinchera sanitaria.

La pandemia se llevó por delante, entre 2020 y el primer trimestre de 2021, hasta 85.000 vidas. Y pudieron ser muchas más. La Covid condujo al límite al sistema sanitario español cuya estructura crujió, como recoge el autor, ante los embates del virus.

La situación se sostuvo gracias a los profesionales sanitarios a los que el autor describe como héroes. Y lamenta que el miedo político provocara que no se tomaran medidas más contundentes durante la segunda y tercera ola, como confinamientos más duros.

Y a pesar de ello, "ni se salvó la economía ni se salvó la salud".

Juan Abarca nos habla de las lágrimas de los sanitarios, de las procesiones dentro de sus hospitales, de la tragedia silenciosa y la herida moral que fueron las muertes de ancianos en las residencias… Y lo poco que parece que hemos aprendido de la pandemia.

Juan Abarca analiza la pandemia de Covid-19: "Salimos peor por culpa de la clase política"

En el epílogo del libro, usted dice: "La historia no nos preguntará cuántos aplausos dimos, sino qué hicimos cuando los aplausos terminaron, y esa respuesta todavía está por escribirse". ¿Qué aprendizajes echa de menos de nuestros políticos?

Echo de menos que nuestros políticos tomen medidas. De la pandemia aprendimos muchísimas cosas, como quedó reflejado en el documento de la Comisión de Reconstrucción Económica y Social en julio de 2020, después de la primera ola.

Ahí quedó claro que veníamos con un déficit organizativo y de infraestructuras por parte del sistema sanitario público desde hacía muchos años, que con el tiempo se fue deteriorando. Y quedó plasmado en un pacto de Estado que además se aprobó por una amplia mayoría, tanto por parte del PSOE como por parte del Partido Popular.

Había una serie de tareas por hacer para intentar reconducir ese deterioro progresivo del sistema sanitario público, que fue lo que causó, entre otras cosas, que, durante la pandemia, sobre todo durante esa primera ola, el sistema saltara por los aires.

"Saldremos mejores" Eso se decía mucho en aquellos días. ¿Lo hemos hecho? ¿Usted qué piensa?

La sociedad en general ha tomado conciencia de la fragilidad de la salud y eso hace que se cuide más, se haga más revisiones, más chequeos, vaya más al médico...

En ese sentido, bueno, pues sí, se puede decir que hemos salido mejores. Pero cuando tú sabes los errores que se han cometido, lo que se ha vivido, y no has hecho los deberes para intentar contener y paliar ese tipo de deficiencias en el futuro... Yo no creo que eso sea salir mejores, hemos salido peores. Si lo hemos vivido y no hacemos nada, para mí es salir peor.

Juan Abarca.

Juan Abarca. Rodrigo Mínguez.

¿Y es por culpa de la clase política?

Sí, sin duda alguna, vamos. Esto es un tema político. El ciudadano no tiene la culpa. Los gestores sí hemos hecho cosas. Hemos dejado habitaciones duplicadas, hemos hecho que los hospitales de día se pudieran transformar automáticamente en UCI si es necesario... Cada uno tiene su pequeño almacenito, ¿no? Una reserva estratégica por si hace falta.

Pero a nivel político, ya sea por la crispación, por el ruido social o por el motivo que sea, pues no se ha hecho lo que había que hacer, que era realmente priorizar lo más importante, el objetivo que tiene un sistema sanitario, la salud de la gente.

Juan, ¿se priorizó demasiado la economía durante aquellos meses? ¿Ese cortoplacismo de lo económico, por decirlo de alguna manera, fue lo que llevó a los políticos a tomar determinadas decisiones que fueron imprudentes?

Bueno, no sé si fue la economía o no. Lo que sí que sé es que la salud, en mi opinión, no se protegió lo suficiente.

No sé si fue por la economía, pero al final te das cuenta de que esa batalla que había entre economía y salud la ganó la salud. Si no hay salud, la gente tiene miedo, no sale a la calle y no consume.

Pero yo no sé si determinadas decisiones fueron por proteger la economía o si fueron por el desgaste que tenía la sociedad, por proteger intereses políticos... No sé cuál fue el motivo, pero sí que creo que, entre unas cosas y otras, la salud tendría que haberse protegido protegido más.

En su libro analiza la primera ola de Covid, la segunda y la tercera. ¿Qué pasó en esta última?

En mi opinión, que no se protegió la salud de la población. Teníamos una ansiedad por la vacunación que nos llevó a olvidar lo más importante: salvar vidas.

En la primera ola no sabíamos nada. Al principio no sabíamos ni cómo se contagiaba la Covid ni cómo se trataba. Íbamos poco a poco, con la inteligencia natural -no había IA, por cierto- aprendiendo cuáles eran los indicadores analíticos que nos permitían saber qué pacientes iban a ir bien y qué pacientes iban a ir peor.

La segunda ola empieza a finales de junio. En ella aprendemos el ciclo de vida del virus. La fase de mayor contagiosidad nos pilla a todos de vacaciones y las ciudades estaban más o menos libres, excepto en Cataluña y en Aragón.

'Cuando todo se tambalea', el libro de Juan Abarca

'Cuando todo se tambalea', el libro de Juan Abarca Rodrigo Mínguez.

Y cuando volvemos en septiembre a las grandes ciudades, como Madrid por ejemplo, ya es en la fase de menos virulencia y contagiosidad.

En la tercera ola ya sabíamos cómo tratar a los enfermos, cuál era el ciclo del virus, qué casos iban peor... Sabíamos, además, que los pacientes pierden la inmunidad. Empezamos la tercera ola sabiendo todo eso y nos la comimos enterita. Va de diciembre hasta mayo, es decir, todo el ciclo del virus, de cinco meses.

Habría que haber tomado medidas más drásticas. Cuando cerramos en la primera ola -que fue un desastre necesario que generó de golpe un pico de ingresos tremendo porque se contagiaban las familias enteras durante el encierro- era necesario. No sabíamos cómo se contagiaba el virus, teníamos que pararlo como fuera.

Pero en la tercera ola ya sabíamos cómo se contagiaba el virus. Desde el principio habría que haber hecho cierres estrictos y cortos, de unos días, algo que la Unión Europea recomendó en algún momento. Esto hubiera permitido cortar la cadena de transmisión de contagios.

Lo que pasa es que, como sólo estábamos pendientes de la vacunación -teníamos esa ansiedad por vacunarnos todos-, lo único que importaba era vacunar.

Pero se tardó en vacunar a la gente cinco meses. Y durante este tiempo murieron 30.000 personas. El objetivo no era sólo vacunar, también era salvar vidas.

El libro es un reflejo de lo que usted vivió en el hospital, en esas trincheras que los sanitarios montaron contra la Covid. Recuerda un momento en particular, cuando se ingresó a Emilio Vicente López, uno de sus cirujanos. Ahí dice usted que es la primera y la última vez que se derrumbó en toda la pandemia.

Sí, la verdad es que sí. Al doctor Vicente le tengo muchísimo aprecio. Me afectó muchísimo verle boca abajo e intubado en esas circunstancias. La tensión del día a día tampoco te permitía relajarte, estábamos trabajando. Pero esa imagen me derrumbó totalmente.

Juan Abarca, durante la entrevista.

Juan Abarca, durante la entrevista. Rodrigo Mínguez.

Hubo otras muchas imágenes que me derrumbaron, que son las que describo en el libro: el intensivista con la mirada perdida, la enfermera que sabes que está llorando y no te dice nada...

En un pasaje en particular describe cómo se ampliaron las UVI y su imagen... Dice que era como los círculos del infierno de Dante.

Ese capítulo se llama El infierno en la tierra. Porque era terrorífico. Viendo decenas de cuerpos boca abajo, las máquinas sonando... Había muchas cosas que me conmovieron y que me afectaron. Pero en el caso de Emilio... Ya sabíamos qué paciente iba a ir mal y Emilio tenía indicadores de que iba a ir mal. Finalmente, gracias a Dios, salió adelante.

Pero esto también te hace pensar que hubo muchos pacientes, dos semanas antes, que no pudimos salvar porque no teníamos los conocimientos. Y que, posiblemente de haberlos tenido, hubiéramos podido salvar a muchos más. Eran muchos sentimientos muy encontrados.

En el libro se nota que hay algo que le duele personalmente. Y que queda reflejado en varias páginas: las acusaciones de falta de colaboración de la sanidad privada por parte de algunos políticos y medios de comunicación. De hecho, una parte del libro se titula directamente "Nos difaman".

En el libro digo que no quiero que parezca una venganza contra nadie y no personalizo en nadie, no pongo ningún nombre.

De hecho, llama la atención la falta de nombres en el libro.

Porque no pretendo personalizarlo ni pretendo que se interprete desde el punto de vista ideológico, porque no es un libro ideológico. Lo he escrito desde el punto de vista técnico.

Obviamente, hubo gente que participó directamente, pero no presupongo que hicieran las cosas por una mala intención o con una intención política.

Pero sí que es verdad que al sector sanitario privado se le puso muchas veces en cuestión. Creo que este libro es una reivindicación de que también dimos todo ante todo tipo de incertidumbres.

Y lo digo porque he vivido personalmente la falta de reconocimiento que tuvimos por parte sobre todo del Gobierno, que sólo hablaba de la sanidad pública.

Recuerdo un acto en el que el presidente del Gobierno daba las gracias a los trabajadores del sector sanitario público. Yo estaba presente y casi se me saltan las lágrimas. El primer médico que murió en España era nuestro y nadie lo reconoció. Sólo nosotros le hicimos un reconocimiento, una placa en la sala de urgencias del HM Vallés.

Un momento de la entrevista a Juan Abarca.

Un momento de la entrevista a Juan Abarca. Rodrigo Mínguez.

Estábamos gastándonos millones de euros en personal, en doblar habitaciones, en comprar material... No teníamos ninguna perspectiva de si todo eso se iba a pagar.

Pero éramos un servicio esencial, es decir, teníamos que estar abiertos todos. Nos prohibieron hacer ERTE y ERE de personal de cafeterías o de policlínicos que estaban cerrados.

No nos dejaron hacer nada. De hecho, en algunas comunidades autónomas nos pusimos a disposición de las administraciones, no nos mandaron pacientes Covid y esas regiones nunca pagaron nada. Afortunadamente Madrid y Cataluña sí nos compensaron económicamente. Ese año perdimos dinero, ya lo digo desde aquí.

Entonces se nos ocurrió la idea en HM de pedirle a la gente que estaba sin trabajar si podía adelantar sus vacaciones. Nos dijeron de todo, nos llamaron de todo, que sólo nos importaba el dinero... Todo tipo de barbaridades.

Nosotros no somos directivos, somos dueños, nos jugamos todo nuestro patrimonio entero ahí y no sabíamos muy bien qué es lo que iba a pasar.

Si no recuerdo mal, ustedes recibieron formación específica, los directivos de HM y la familia Abarca, para poner vacunas durante la campaña.

Los médicos fuimos los primeros en aprender a vacunar, porque obviamente lo que necesitábamos era personal de enfermería. Es la causa por la que nos dejamos 150 camas sin abrir, porque no teníamos enfermeras para atenderlas. Imagínate lo que hubiera podido suponer en vidas tener 150 camas más.

Usted también es muy crítico con la falta de flexibilidad de las profesiones sanitarias en términos competenciales. Al final, en estas circunstancias ¿es razonable, por ejemplo, que un farmacéutico no pudiera poner vacunas en aquellas circunstancias?

No, no me parece razonable. Que en plena segunda ola hubiera que destinar a la enfermería a tomar muestras, por la calidad asistencial, cuando se estaban muriendo cientos de personas al día era un sinsentido.

Entre los médicos no hubo especialización. Todos se pusieron a ver pacientes Covid, nadie dijo "no, yo soy oftalmólogo, yo sólo puedo ver ojos".

No estoy criticando a la profesión de enfermería, cuya labor fue extraordinaria. Podríamos decir que hay una pequeña crítica a los órganos colegiales, que son demasiado celosos de las competencias.

Juan Abarca.

Juan Abarca. Rodrigo Mínguez.

Cuando la situación es tan extrema, lo importante es que se hagan las cosas y que las haga quien sea. En sanidad lo que no puedes hacer es no atender a los pacientes, y más vale atenderlos un poquito mal que no atenderlos.

Hay un exceso de celo por parte de las corporaciones colegiales en proteger su corralito. Hay circunstancias en las que, cuando tienes en juego cientos de vidas a diario, no hay que estorbar.

El libro toca más llagas. Usted habla de cómo algún líder sectorial le dio un toque por contratar estudiantes de último año. Y menciona los problemas entre autonomías.

Hablo de falta de coordinación. Sobre todo en la primera ola, cuando no había respiradores, en Madrid estaba muriendo gente a centenares y había comunidades autónomas que no dejaban sacar sus recursos por si les pasaba algo a ellas.

Una comunidad autónoma nos prohibió directamente traer materiales a Madrid. Así que tuvimos que transportarlos como si fueran de estraperlo, por carreteras secundarias. Porque, si te paraban, te lo quitaban como si estuvieras haciendo contrabando.

Sufrieron situaciones complejas para gestionar el almacenamiento. En el libro habla, por ejemplo, de vendedores poco fiables de equipos de protección individual (EPI). Pero parece que todos estos problemas de abastecimiento se siguen sin solucionar.

Es una de las asignaturas pendientes: la famosa reserva estratégica. Por otro lado, y sobre las comunidades autónomas... Hay un egoísmo porque alguien lo permite o porque alguien no tiene capacidad en un momento determinado, jurídica o legislativa, para poder dar órdenes a una comunidad autónoma.

La nueva Agencia de Salud Pública sí va a tener competencias en ese sentido sobre las comunidades autónomas en circunstancias como las que se vivieron.

¿Usted, en algún momento, pensó que la cuestión de la compraventa de EPI y de tantos productos importantes y necesarios durante aquella crisis acabara, como ha ocurrido en algunos casos, en corrupción política?

Obviamente, no. Siempre hay listillos y jetas. De hecho, nosotros pusimos una denuncia. Pero nuestra preocupación era que lo que nos mandaran viniera bien, era lo que iba a proteger a nuestros profesionales.

En un momento dado pusimos una denuncia ante el Ministerio porque compramos un montón de mascarillas que no estaban preparadas para el personal sanitario. Lo que hicimos fue dedicarlas a nuestro personal de oficinas.

Cuando la gente se está jugando literalmente la vida, no sé, hay que tener poco corazón para intentar venderle productos que sabes que no están en buen estado.

Los cadáveres de ancianos y ancianas siguen siendo una herida moral de aquella crisis. ¿Usted cree que, desde 2020, se ha hecho algo para abordar la situación de las residencias de mayores? ¿Hemos mejorado en uno de los principales puntos débiles de nuestro sistema sociosanitario?

No. Y de hecho, uno de los puntos más significativos en ese documento de reconstrucción económica y social es el déficit que existe en nuestro país de hospitales de media estancia. Aquí no hemos salido del siglo XX, seguimos con los hospitales de agudos y tenemos las residencias llenas de enfermos. De la pandemia salieron las unidades de convivencia más pequeñas, pero el problema de los enfermos sigue estando ahí.

El problema es que tienes enfermos en unidades o servicios que no son residencias, sino que son unidades asistenciales que no tienen recursos asistenciales.

Esto no va de medicalizar las residencias si tienes una pandemia. O bien construyes y tienes hospitales de media-larga estancia, o bien tienes un mínimo de recursos sanitarios en esas unidades para que no te pase lo que pasó.

Quien se encarga de las residencias en teoría es la Atención Primaria. Allí, primero, hubo cientos de médicos contagiados. Y no tenían suficientes recursos para atender a los pacientes ni a las residencias.

Lo que pasó en las residencias, que fue una tragedia, fue como consecuencia de la plétora de pacientes que había y la falta de recursos, punto.

Hay quien critica que se mandara al personal a Ifema. En Ifema había 250 médicos de familia trabajando. Recuerdo perfectamente en la apertura de IFEMA, el desahogo que nos supuso a los hospitales. Porque la presión estaba realmente en los hospitales. Si esos 250 médicos se hubieran mandado a las residencias, los pacientes se nos hubieran muerto en las urgencias.

Al final era una cuestión de repartir. Y con eso no quiero ponerme en un lado ni en otro: era una situación extraordinaria, de una complejidad increíble. Y todo se resume en una cosa: se cerró tarde.

Y se cerró tan tarde como para que llegara un tsunami de pacientes que la Comunidad de Madrid no tenía recursos suficientes para atender. ¡Pero es que tampoco los tendría ahora!

Entonces... Si volviera a aparecer una pandemia con unas características parecidas a las de la Covid, ¿pasaría lo mismo?

Sí. Hay que tener en cuenta una cosa: no sabíamos cómo se contagiaba. Descubrimos más adelante que había pacientes asintomáticos que eran contagiosos, descubrimos más adelante que, una vez que se contagiaba, el paciente era contagioso pero tardaba siete días en dar los síntomas...

Si viene un virus similar y no cerramos, va a pasar lo mismo seguro. Cuento el caso de la residencia del Hospital de Madrid, donde la directora médica va allí a finales de febrero de aquel año y da la orden de que ahí no entra nadie. Y ahí no se contagia nadie y no muere nadie.

El tema estaba muy claro: había que haber cerrado mucho antes, haber protegido a los ancianos mucho antes ante la duda de que venía algo desconocido.

"Ningún país debería basar su seguridad sanitaria en el heroísmo permanente", dice usted en el libro. Y no considera héroes sólo a médicos y enfermeras, sino a todo el equipo de un hospital: celadores, limpiadoras... Aquellos que usted llama los "invisibles".

Los invisibles, sí, los invisibles. Sin los señores de mantenimiento no se hubieran podido duplicar las habitaciones. Y entraban en las habitaciones con los pacientes dentro para generar nuevas tomas de oxígeno.

A los fisioterapeutas, que estaban desocupados porque los gimnasios estaban cerrados, les dijimos: hay que ir a hacer fisioterapia respiratoria a los pacientes de la UVI. Y ahí se fueron todos.

Un hospital no funciona solamente por los médicos y por las enfermeras. Es una rueda dentada en la que todo el mundo es imprescindible. Y en una situación como la pandemia, pues más todavía. Limpiadoras y celadores... Todo el mundo fue absolutamente imprescindible y todo el mundo dio el callo. La gente estaba deseando volver cuando pasaba la enfermedad.

Juan, en el libro menciona a algunas personas del Ministerio como María Jesús Lamas y su labor al frente de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (Aemps).

Para mí la Aemps y el Instituto de Salud Carlos III, bajo la dirección de Raquel Yotti, funcionaron de manera ejemplar.

También a Salvador Illa, que le llamaba para saber cómo marchaban las cosas.

Sí, porque se interesaba, y el consejero de Madrid, Enrique Ruiz Escudero, también.

La Comunidad de Madrid, más allá de la parafernalia del mando único, funcionó desde el principio como una única red de centros, funcionó fenomenal.

Le tengo que preguntar sobre uno de los protagonistas de la pandemia, que fue Fernando Simón.

Mal. Lo hizo muy mal. Me parece que se tenía que haber ido a su casa, ya está. Pero por una cosa muy sencilla: cuando tú eres el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, tienes una misión.

Si lo has hecho mal y sólo tienes esa misión, pues lo normal es que te vayas a tu casa.

Para mí, el Centro de Alertas y Emergencias no hizo nada, no hizo absolutamente nada. Y esa decisión fue la gran causante de lo que pasó, sobre todo en la Comunidad de Madrid, y ese centro tenía un responsable.

Quiero retomar lo que hablábamos antes del heroísmo permanente. ¿El mayor problema que tenemos puede ser ese, que seguimos dependiendo del heroísmo de unos profesionales sanitarios ante otra circunstancia similar que pueda ocurrir?

Sí, creo que el problema es la falta de adaptación del sistema sanitario público, que es el que tiene que garantizar la universalidad y la equidad, a las necesidades que tiene la población.

Es por esa coraza que se llama Estatuto Marco y que no permite medir, ni que haya cambios, ni que haya nada más que el mantenimiento de una serie de condiciones, a pesar de los problemas de asistencia sanitaria que hay.

Luego se les exigen actitudes heroicas. Pero es porque no se cambia el modelo de gestión, que está hecho para otra época.