Combustión espontánea

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La tribuna

Combustión espontánea

5 septiembre, 2021 10:03

En plena ola de calor, hace unos días, un taxi de Barcelona resultó incendiado. No pudo tratarse de una combustión espontánea. Lo delata el hecho de que el vehículo había sido vandalizado y señalado con espray en su capó donde se podía leer “Uber”.

Las autoridades y aseguradoras abrieron el correspondiente expediente y ya investigan los hechos. El vehículo exhibía también dos adhesivos de la plataforma “Freenow” en sus puertas. No es la primera vez que aparecen coches calcinados en la denominada “guerra del taxi”, ni lamentablemente será la última. Esperar y ver.

Los taxis tienen tres maneras de prestar sus servicios y captar clientela. Una, recogiendo clientes que los contratan mientras circulan por la vía, otra en las paradas de taxis, y, por último, siendo reservados a través de medios telemáticos, como llamadas de teléfono o uso de aplicaciones web o para móviles, gestionadas por plataformas digitales.

Este “canal de venta” crece sostenidamente durante la última década en perjuicio de la contratación en la calle y paradas, sobre todo en las grandes ciudades, alcanzando ya prácticamente más de la mitad de la cuota del mercado, es decir, del total de servicios prestados.

Las ventajas de la contratación digital de los servicios son evidentes. Cada día crecen más y la tendencia es inexorable e ineludible. Es una realidad que no logra evitarse por quienes resultan perjudicados por ella y que beneficia al interés general.

Además, las nuevas costumbres inducidas por las normas surgidas al calor de la epidemia aceleran este crecimiento en todos los sectores económicos, siendo la movilidad, la hostelería y el reparto domiciliario, ejemplos claros de ello. Hasta los mayores ya los utilizan masivamente.

Las plataformas digitales imperan y ningún sector de la economía parece que vaya a sustraerse a esta tendencia durante la próxima década

Por otro lado, el acceso a los nuevos canales digitales de contratación de servicios se abarata y facilita increíblemente día a día. La aparición de nuevas plataformas y la competencia entre ellas es cada vez mayor. Los proveedores de servicios -en este caso de movilidad-, son cada día más dependientes de dichos canales a la vez que se amplían las posibilidades de negocio de los más avezados.

Desde los taxistas a los autobuses discrecionales, pasando por los “riders”, no hay vuelta atrás. Las plataformas digitales imperan y ningún sector de la economía parece que vaya a sustraerse a esta tendencia durante la próxima década, en la que todo indica que serán las plataformas digitales quienes gestionarán oferta y demanda.

En los servicios de movilidad urbana son evidentes las tensiones que esto produce en prestadores de servicios como los taxistas. No obstante, ante las mismas, hay diferentes grados y maneras de reaccionar.

Resulta comprensible la animadversión al cambio y a la organización externa o por terceros de parte de la actividad profesional de cualquier autónomo. También que el discurso imperante se vuelve una caja de resonancia que elimina todo tipo de discrepancia y alternativas. Pero existen líneas que no deben traspasarse en ningún tipo de conflicto porque, entre otras cosas, acaban volviéndose en su contra.

Según la página web del área metropolitana de Barcelona (AMB), en su ámbito operan treinta y una emisoras de taxi y diecisiete aplicaciones digitales, para proveer de servicios a un total de 10.521 taxis.

De entre ellas, solo dos, Uber y Freenow, -precisamente las implicadas en el taxi incendiado del otro día-, son víctimas de las críticas de las asociaciones de taxistas de la ciudad condal. Solo estas dos marcas son globales y entre ambas acaparan la inmensa mayoría de los viajes en taxi contratados por este medio, alcanzando en torno al 85% en ciudades como Madrid.

Los usuarios lo tienen claro y las plataformas no paran de crecer. Miles de taxistas lo tienen también claro y quieren ofrecer estos servicios a sus clientes. Los taxistas que utilizan estas plataformas ven crecer sus encargos de servicios y, por ende, no sólo sus ingresos, sino también reducirse sus gastos al beneficiarse de la eficiencia de la gestión de su negocio.

Sin embargo, las corporaciones de taxistas, vinculadas mayoritaria y tradicionalmente a radio emisoras de taxi, rechazan esta opción voluntaria de ofertar servicios por diversos motivos que no vienen ahora al caso, llegando -en ocasiones- a poner en evidencia o señalar a quienes utilizan esta intermediación para obtener trabajo, utilizando un lenguaje vesánico para dirigirse a ellos. Aquellos que para ganarse la vida utilizan estos medios digitales son tildados de traidores a las esencias del colectivo.

Esto produce un ambiente de persecución y desconfianza entre los profesionales del sector, que no puede parar en nada bueno. La denuncia y la amenaza se convierten, tristemente, en cotidianas. El miedo impera, se multiplican las limitaciones y restricciones al trabajo, lo que retrae la inversión.

Las fórmulas que se proponen desde el propio sector como soluciones no van a ningún lado en el medio plazo (salvo que prescindamos de la realidad) y provocarán mayor crisis y desestabilización

Para suplirla se demanda a las autoridades locales la puesta en marcha de una plataforma digital pública que compita con las otras, y, a la vez, decaen los escasos proyectos de autoorganización para crear nuevas plataformas privadas por concentración o evolución de las emisoras. Se instaura finalmente un círculo vicioso, en el que resulta tabú todo servicio que no esté supervisado por las estructuras que detentan el poder gremial.

Las fórmulas que se proponen desde el propio sector como soluciones no van a ningún lado en el medio plazo (salvo que prescindamos de la realidad) y provocarán mayor crisis y desestabilización, empobreciendo a la media de los taxistas, que, si ahondan en su victimización, pueden llegar a un estado de cosas que, finalmente, sí sea objeto de una combustión espontanea. O más bien de un estallido.

Nada es casual. Un mal enfoque de una actividad económica intervenida, en un contexto de escasez de demanda, es inflamable de por sí. Ojalá surjan voces discrepantes y valientes dentro del sector que diluyan esta inercia.

Taxistas libres, conscientes e innovadores que se unan para dinamizar de nuevo un servicio público que se ha mostrado rentable y eficiente allí donde ha ganado cierta flexibilidad y competencia libre entre operadores, a la par que es eficazmente supervisado por las autoridades, como por ejemplo en Madrid. Que nadie vea arder su taxi por elegir con quien trabaja y llevar el pan a casa.

*** Emilio Domínguez del Valle es abogado experto en movilidad y transportes

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