Chip de Nvidia.

Chip de Nvidia. Reuters

Mercados BLUE MONDAYS

Los inversores ven en la IA su nueva religión

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La vieja bolsa se conformaba con empresas que vendían cosas, ganaban dinero, pagaban dividendos y podían explicar en una frase cómo pensaban sobrevivir los próximos diez años. Era una época ingenua.

Hoy los inversores buscan un acceso anticipado al mito. Comprar el futuro antes de que tenga cuenta de resultados y, si es posible, antes incluso de que alguien pueda explicar con claridad dónde termina la tecnología y dónde empieza la fe.

Las salidas a bolsa previstas de SpaceX, OpenAI y Anthropic tienen esa cualidad religiosa. No son simples IPO. Si las cifras de las que se han venido hablando se consolidan, el mercado no estaría ante tres operaciones corporativas, sino ante la reapertura completa del templo de las valoraciones imposibles.

El argumento oficial será que por fin el inversor podrá comprar inteligencia artificial en estado puro. Hasta ahora compraba Nvidia, semiconductores, centros de datos, energía, iCloud o fabricantes de servidores. Compraba los picos y palas de la fiebre del oro. Ahora se le dirá que puede comprar el oro.

Las cifras explican la magnitud del vértigo. A una valoración de 1,75 billones, SpaceX cotizaría —según los datos que circulan— a más de 90 veces sus ingresos si se toman como referencia ventas anuales de unos 19.000 millones.

Nvidia, la compañía que mejor ha monetizado hasta ahora el ciclo de inteligencia artificial, cotiza hoy a 20 veces el mismo múltiplo y, además, es enormemente rentable

Nvidia, la compañía que mejor ha monetizado hasta ahora el ciclo de inteligencia artificial, cotiza hoy a 20 veces el mismo múltiplo y, además, es enormemente rentable. La comparación no invalida el precio de SpaceX, pero obliga a reconocer el tipo de apuesta que se está comprando.

OpenAI plantea otro problema. Su caso es fascinante porque concentra la contradicción central del ciclo. Puede ser una de las empresas más importantes de la próxima década y, al mismo tiempo, una de las más difíciles de valorar con herramientas tradicionales.

Según informaciones recientes, la compañía habría comunicado a inversores que prevé gastar alrededor de 600.000 millones de dólares antes de alcanzar la rentabilidad hacia 2030. Nunca una empresa tan admirada había pedido tanta paciencia financiera a cambio de tanta promesa tecnológica.

Cuando Apple, Amazon, Alphabet o incluso Tesla cotizaban a múltiplos que parecían excesivos, el mercado también pedía un ejercicio de fe. Pero aquellas compañías construyeron ecosistemas que se veía que generaban caja, reinvertían, contaban con ventajas competitivas y convertían escala en margen. Amazon quemó capital, sí, pero acabó creando AWS.

Google convirtió la búsqueda en una máquina publicitaria de rentabilidad obscena. Apple transformó hardware en ecosistema cerrado, servicios y poder de fijación de precios. La pregunta no es si las nuevas compañías son importantes. Lo son. La pregunta es si su importancia se convertirá en retornos económicos capturables por el accionista a los precios a los que se le invitará a entrar.

Musk, Altman y Amodei no necesitan realmente al pequeño accionista para financiar su sueño

La bolsa estadounidense llevaba tiempo necesitando una nueva cosecha de grandes salidas a bolsa. El mercado de IPO se había enfriado después del exceso de 2020 y 2021, y estas operaciones pueden reabrirlo de golpe porque los inversores vuelven a tener delante aquello que más les gusta: escasez y miedo a quedarse fuera.

FT señalaba esta semana que estas operaciones podrían marcar un año récord en colocaciones, incluso por encima del pico de 156.000 millones de dólares captados en 2021.

Hagamos un ejercicio numérico simple para dar perspectiva. Si SpaceX capta 75.000 millones estaría colocando algo más del 4% del capital. Y si OpenAI y Anthropic colocaran rangos comparables del 5% al 10%, estaríamos hablando, de forma muy aproximada, de otros 40.000 a 85.000 millones en el primer caso y de 45.000 a 90.000 millones en el segundo.

En conjunto, el mercado podría tener que absorber hasta 160.000 millones de dólares de papel nuevo. Se trata de una transferencia de liquidez global hacia tres nombres que pueden monopolizar la conversación bursátil durante meses.

Y aquí aparece el punto verdaderamente relevante para la segunda mitad del año. Si estas colocaciones se hacen de forma escalonada, con poco capital flotante y demanda institucional desbordada, el resultado más probable no es una digestión ordenada. Es una subida alocada. No porque las compañías “valgan” más, sino porque habrá más compradores que acciones disponibles.

Reuters comentó que SpaceX estudia un sistema gradual de venta de acciones tras la IPO, con liberación escalonada de títulos, precisamente para evitar una avalancha de papel sobre el mercado. Esa estructura, si se confirma, puede contener la presión vendedora inicial y favorecer una dinámica de escasez.

El efecto índice puede hacer el resto. La capitalización del Nasdaq estadounidense se sitúa, de forma aproximada, en los 38 billones de dólares. Si las tres compañías formasen parte del índice, cosa que en el caso de SpaceX ya se han encargado de que sea así, y asumiendo que se sitúan en la parte alta las valoraciones señaladas, las tres compañías sumarían alrededor de 3,5 billones.

Una subida media del 50% añadiría otros 1,75 billones de valor de mercado, equivalente a algo menos del 5% del valor de mercado del Nasdaq. El cálculo no debe confundirse con el impacto directo sobre el índice —dependerá del free float—, pero sí muestra el tamaño del fenómeno.

La consecuencia más probable es que la euforia no se quede en las tres compañías. Los algoritmos no leen filosofía económica. Leen correlaciones, momentum, volatilidad y flujos. Si SpaceX, OpenAI y Anthropic suben con la violencia que se espera, todo lo que huela a IA, nube, semiconductores, ciberseguridad o infraestructura digital recibirá una segunda vida.

El mercado ya ha demostrado este año una capacidad casi indecente para fumarse una guerra, una crisis energética y un repunte de tipos sin perder el apetito por el riesgo. Con tres tótems nuevos en el Nasdaq, la segunda parte del año puede ser mejor que la primera básicamente porque la bolsa habrá encontrado una narrativa demasiado grande para corregir.

La ironía final es que estas operaciones no democratizan el capitalismo tecnológico. Lo consagran. Los fundadores, las grandes tecnológicas y los fondos soberanos cristalizarán valoraciones que el inversor público solo podrá aceptar o rechazar a precios ya bendecidos por el mercado privado. Musk, Altman y Amodei no necesitan realmente al pequeño accionista para financiar su sueño. Necesitan el mercado para darle precio, liquidez y eternidad simbólica.

El inversor minorista creerá que entra en el origen de la revolución. En realidad, entrará cuando la revolución ya haya pasado por varias rondas privadas, varias capas de poder y varios ceros en la valoración.