Sede de Telefónica.
Tras publicar resultados, el mercado, siempre dispuesto a enamorarse de una segunda oportunidad, ha querido ver brotes verdes. Los ingresos del primer trimestre subieron, la deuda neta bajó y la compañía confirmó sus objetivos para 2026.
No es poco. Tampoco es una resurrección. Es, sobre todo, una ocasión para cerrar una etapa y admitir algo incómodo: la era Pallete no fue buena ni para el cliente ni para el accionista.
Para el cliente, Telefónica ha sido durante años una versión doméstica de la inflación estructural. Desde la pandemia, Movistar ha aplicado subidas con una constancia casi pedagógica a principios de cada año. El método usado fue eficaz porque rara vez indigna de golpe: tres euros por aquí, cuatro por allá, algún contenido más, una mayor aparente velocidad, una plataforma añadida.
Pero el resultado acumulado sí importa. Un aumento de 15 euros al mes desde 2020 supone 180 euros más al año para un hogar. La realidad es que más que revolución tecnológica, lo que se ha ofrecido es una actualización permanente de la factura.
El accionista, en cambio, no puede consolarse con el fútbol. En cinco años, Telefónica apenas ha conseguido empatar por precio. Solo el dividendo ha salvado algo de dignidad, con una rentabilidad acumulada aproximada del 25% sin tener en cuenta la reinversión.
La llegada de Marc Murtra abre una puerta
Es decir, alrededor de un 5% anualizado antes de impuestos. Para soportar riesgo renta variable, regulación, deuda, competencia, inversión en redes y sobresaltos estratégicos, quizá el premio no parece extraordinario. Con menos épica, incluso la deuda de la propia compañía habría sido una alternativa razonable.
A diez años, el diagnóstico es más duro. La cotización ha sido una máquina de triturar paciencia. El dividendo, durante mucho tiempo el último argumento sentimental del valor, ha funcionado más como anestesia que como creación de riqueza.
Y cuando una acción necesita que el dividendo explique casi toda la tesis de inversión, conviene hacerse una pregunta desagradable: ¿estamos ante una empresa barata o ante una empresa que lleva años pareciendo barata? Mirando la evolución de las acciones este siglo, la respuesta es clara.
La llegada de Marc Murtra abre una puerta. No porque un cambio de presidencia convierta de pronto una teleco madura en una historia de crecimiento, sino porque permite enterrar parte de la liturgia anterior.
Telefónica necesita cirugía: simplificar perímetro, vender lo que no aporte retorno, reforzar balance, concentrar capital donde haya ventaja y dejar de prometer transformaciones digitales que el mercado escucha ya con una fatiga comprensible.
El Estado ha vuelto al capital a través de la SEPI y Telefónica es, de nuevo, una compañía estratégica en el sentido más literal y menos cómodo del término
El problema es que este nuevo comienzo llega con piedras en la mochila. El Estado ha vuelto al capital a través de la SEPI y Telefónica es, de nuevo, una compañía estratégica en el sentido más literal y menos cómodo del término.
Eso puede aportar estabilidad, pero también convertir cada decisión relevante en un expediente político. Una teleco europea necesita consolidar, vender, comprar, cerrar, integrar, recortar y asignar capital con frialdad. Si cada movimiento debe superar el examen de la oportunidad nacional, la creación de valor puede quedar para la próxima presentación estratégica.
La hipótesis menos elegante, pero quizá más interesante para el accionista, es que Telefónica habría valido más en manos de un private equity. No por romanticismo financiero, sino por aritmética. Un comprador habría pagado una prima, troceado activos, vendido negocios por partes, puesto en valor infraestructuras y adelantado hoy una parte del valor que el mercado descuenta con una tasa de castigo.
La compañía conserva virtudes evidentes. Brasil funciona, España puede beneficiarse de subidas de precios y ahorro de costes; si la deuda baja, la salida de mercados latinoamericanos reduce complejidad. Incluso el recorte del dividendo puede ser una señal adulta si sirve para fortalecer el balance y no para financiar otra ronda de promesas. Hay activos, hay caja, hay escala y hay una marca que sigue importando. No conviene despreciar eso.
Pero tampoco conviene confundir esperanza con tesis de inversión. Telefónica ha sido estratégica para el país, imprescindible para millones de clientes y decepcionante para muchos accionistas. Esa combinación resume bien la década. Murtra tiene ahora la oportunidad de demostrar que el cambio no es solo un relevo de nombres, sino de disciplina. Menos plan estratégico y más retorno sobre capital. Menos paciencia exigida al inversor y más respeto por su coste de oportunidad.
Las segundas oportunidades existen. Pero en Telefónica la esperanza ya no puede cobrarse por adelantado. Esta vez tendrá que pagar dividendo, reducir deuda, mejorar márgenes y, sobre todo, dejar de pedirle al accionista que espere otra década para descubrir si la paciencia también cotiza.