El stand del índice Nasdaq en Times Square, Nueva York
Resulta tentador mirar las bolsas en máximos con el petróleo encareciéndose y una guerra incierta para concluir que el mercado se ha vuelto ciego. No sería la primera vez. Cada vez que las pantallas celebran lo que los titulares describen como peligro, reaparece la misma sospecha: los inversores no entienden el riesgo. Por supuesto que la mayoría lo entiende, pero han aprendido que, en el mundo contemporáneo, el riesgo nunca se elimina.
La primera confusión está en la propia palabra riesgo. En los mercados se habla de riesgo como si fuera una variable que aparece y desaparece con las noticias. No es así. El riesgo no “sube” porque haya una guerra, ni “baja” porque el S&P 500 marque máximos. Es inherente a la inversión.
Lo que cambia es su percepción. El inversor tiende a llamar riesgo solo a aquello que reconoce: una caída diaria del índice, un repunte de volatilidad, una subida del crudo, una declaración.
Sin embargo, rara vez aplica la misma severidad a otros territorios mucho menos transparentes. Hay infinitamente más riesgo en el capital privado, en vehículos ilíquidos o en proyectos de direct lending.
La bolsa, con todos sus excesos, ofrece una protección que se suele despreciar: la liquidez. Poder vender no elimina el riesgo, pero cambia radicalmente su naturaleza.
Lo que las bolsas descuentan no es el estruendo de la amenaza, sino la probabilidad de que esa amenaza altere los beneficios de forma persistente
Por eso conviene invertir la pregunta. No deberíamos preguntarnos por qué las bolsas suben si el riesgo ha aumentado, sino por qué seguimos considerando más peligroso aquello que se puede vender cada segundo que aquello que exige años para encontrar una salida, si es que esta es posible.
La prima de iliquidez existe porque la liquidez cuenta. En momentos de tensión, la cotización diaria no es el enemigo; es el mecanismo que permite corregir y sobrevivir.
El segundo malentendido es pensar que el riesgo económico es que suba un activo, por ejemplo el petróleo. El petróleo caro es el síntoma, pero el riesgo real es que el consumidor deje de consumir. El daño llega cuando ese impuesto energético silencioso reduce renta disponible, estrecha los márgenes, modifica hábitos y enfría decisiones de consumo.
Los mercados no suelen caer por el primer impacto geopolítico, sino cuando los efectos de segunda ronda se vuelven contables. Por eso una guerra puede convivir con máximos bursátiles durante semanas o meses. Lo que las bolsas descuentan no es el estruendo de la amenaza, sino la probabilidad de que esa amenaza altere los beneficios de forma persistente.
La experiencia histórica ayuda a entenderlo. Desde la Segunda Guerra Mundial, pocos conflictos han cambiado por sí solos la tendencia de las bolsas de manera duradera. Corea, Vietnam, los Balcanes, Irak, Afganistán, Ucrania o las sucesivas crisis de Oriente Medio, casi todos conflictos mundiales por el número de actores implicados, generaron episodios de miedo y altas primas de riesgo, pero no necesariamente mercados bajistas prolongados causados estrictamente por la actividad bélica.
Las bolsas aún no descuentan necesariamente el final de la globalización, pero empiezan a vivir en un mundo donde avanzar significa, a veces, duplicar cadenas de suministro, pagar más por seguridad, sacrificar eficiencia a cambio de resiliencia
El paradigma, paradójicamente, ha sido muchas veces el contrario: cuanto más extrema parece la amenaza inicial, más rápido intenta el mercado medir su alcance y seguir adelante.
Las bolsas están en máximos porque el inversor contemporáneo ha sido inoculado frente al riesgo. No significa que sea tonto o ciego, ni siquiera heroico.
Significa que ha interiorizado que, cuando el sistema amenaza con romperse, aparecen fuerzas que ya no tienen nada de invisibles. Política fiscal permanente, bancos centrales dispuestos a reinterpretar sus mandatos, déficits que se refinancian. El mercado no cree exactamente que no vaya a pasar nada. Cree que, pase lo que pase, alguien intentará impedir que pase demasiado.
Ahí está la gran mutación de nuestro tiempo. Durante décadas se nos dijo que los mercados disciplinaban a los gobiernos. Hoy, con frecuencia, son los gobiernos los que anestesian a los mercados. La mano invisible ha sido sustituida por una mano muy visible, presupuestaria y monetaria, que no siempre evita la caída, pero sí modifica la percepción de su profundidad.
También hay una intuición más amplia. La globalización parece haber llegado a su punto máximo. La idea de un mundo cada vez más integrado, eficiente y barato pierde credibilidad en un entorno de bloques, sanciones, seguridad energética, relocalización y rivalidad estratégica.
Las bolsas aún no descuentan necesariamente el final de la globalización, pero empiezan a vivir en un mundo donde avanzar significa, a veces, duplicar cadenas de suministro, pagar más por seguridad, sacrificar eficiencia a cambio de resiliencia. Esa transición no destruye automáticamente valor bursátil, pero cambia las reglas bajo las que ese valor se crea.
Entonces, ¿va a pasar algo? Siempre puede pasar algo. Esa es precisamente la naturaleza del mercado.
Pero las bolsas están en máximos porque el inversor no compra tranquilidad; compra la expectativa de que el futuro, de algún modo, será gestionado como la cicatriz que se cierra sin hacer nada. El riesgo no ha desaparecido. Tampoco ha aumentado de manera tan simple. Solo ha cambiado de disfraz. Uno con el que los máximos pueden convivir perfectamente con el miedo.