Viaje de Pedro Sánchez a China
El viaje de Pedro Sánchez ha escenificado, una vez más, que quiere hablar con China con voz propia. Y ese matiz importa porque en política exterior los gestos nunca son inocentes, pero tampoco conviene confundir una fotografía con una estrategia.
La visita a Pekín ha servido para colocar a España en una posición visible dentro del diálogo europeo con la segunda economía del mundo, pero no ha alterado el dato esencial que de verdad define la relación bilateral. España comercia mucho con China, depende demasiado de sus importaciones y apenas pesa en el mercado chino como exportador o como inversor.
Las cifras son un buen antídoto contra la grandilocuencia. En 2025 España importó de China 50.250 millones de euros y exportó apenas 7.972 millones. El déficit comercial rozó así los 42.300 millones, con una tasa de cobertura del 15,9% comparado con el 70-80% que representan Francia o Alemania.
China supone el 11% de las importaciones españolas, pero solo el 2% de las exportaciones. Es nuestro cuarto socio comercial, su segundo proveedor de bienes y solo el undécimo cliente.
Si se compara con el PIB nominal español de 2025, el intercambio bilateral de bienes equivale a algo más del 3,4% del PIB, pero con una asimetría muy reveladora: las compras a China rondan el 3% del PIB y las ventas españolas no llegan ni al 0,5%. Es la huella de una dependencia comercial muy clara.
China no es para España un gran mercado conquistado, sino un gran proveedor del que cuesta emanciparse
Por eso el viaje ha tenido una lógica más política que económica. Moncloa lo ha presentado como un salto cualitativo, con diecinueve acuerdos y la creación de un Mecanismo de Diálogo Estratégico Diplomático similar al que ya tienen con Pekín otros países europeos.
Sobre el papel, hay contenido. Se han firmado protocolos para ampliar exportaciones agroalimentarias españolas, con apertura para productos como pistachos, higos secos, proteínas de porcino y ciertos fertilizantes, además de acuerdos en transporte sostenible, cooperación universitaria, museística, forestal y hasta la disposición española para albergar en La Palma el Telescopio de Treinta Metros.
Sí, todo eso existe. Son acuerdos útiles, si uno se los cree, pero de escala microscópica frente al tamaño del desequilibrio estructural. Ninguno cambia por sí mismo la posición de España en la cadena de valor ni corrige el núcleo del problema, que no es diplomático sino industrial, tecnológico y comercial.
China no es para España un gran mercado conquistado, sino un gran proveedor del que cuesta emanciparse. Hablar más con Pekín puede ser sensato. Depender menos de Pekín sería todavía más sensato.
Y Europa lleva años atrapada en esa contradicción. Quiere mantener abierto el comercio con China, atraer su capital en sectores seleccionados y, al mismo tiempo, reducir vulnerabilidades en tecnología, automoción, baterías, energía y materias críticas. Sánchez ha querido jugar en ese terreno defendiendo una relación “positiva” con China dentro del marco europeo.
Estados Unidos sigue siendo el principal inversor extranjero en España
De hecho, desde la propia Cámara de Comercio de la UE en China se ha señalado que Madrid no actúa exactamente como un verso suelto a lo Orbán y que no está tan lejos de la corriente principal europea. Pero tampoco es irrelevante que Pekín perciba a España como un interlocutor especialmente receptivo.
La segunda clave es mucho más delicada. El viaje no se entiende sin el deterioro paralelo de la relación con Estados Unidos.
Reuters resumía bien la inquietud de parte del empresariado español: el enfoque geopolítico del viaje, en pleno choque con la Administración Trump, eleva el perfil internacional de Sánchez, pero también puede empeorar una situación ya frágil para sectores españoles muy vinculados al mercado norteamericano. No es un temor menor.
Estados Unidos sigue siendo el principal inversor extranjero en España y el Banco de España le sitúa como la segunda fuente de stock de inversión extranjera directa en España, con un 14% del total por contraparte última.
En ese contexto, tensar la cuerda con Washington para ganar centralidad simbólica en Pekín puede salir políticamente rentable a corto plazo y económicamente caro a medio plazo. Incluso si Trump desapareciera mañana del mapa político, la desconfianza estratégica de Estados Unidos hacia Sánchez no lo haría.
¿Y el respaldo empresarial? Aquí la respuesta exige matiz. Sí hubo participación de CEOE, Cámara de España e ICEX, pero sus intervenciones ponen de manifiesto que no fue una gran misión empresarial ni un viaje articulado alrededor de anuncios transformadores de negocio.
Más bien fue un viaje político con acompañamiento empresarial selectivo. Sánchez mantiene un pulso evidente con gran parte del sector empresarial fuerte que se hizo visible en que ninguna empresa del Ibex 35, salvo Grifols, estuvo representada.
Mi impresión es que Sánchez ha dado un paso que no es hacia delante ni exactamente hacia Pekín. Ha dado un paso hacia el costado. Hacia una posición más visible, más autónoma en apariencia, más útil para su narrativa exterior y para su imagen de líder de un multilateralismo alternativo al trumpismo.
Pero un paso lateral no es una estrategia nacional. España no puede permitirse vender como gran apertura lo que sigue siendo una relación profundamente desequilibrada.
Y no debería olvidar que dentro de la Unión la autonomía solo pesa de verdad cuando está respaldada por escala económica, músculo industrial y capacidad de condicionar decisiones comunes. España tiene diplomacia. Lo que aún no tiene frente a China es palanca.