El experto en fraude digital Simon Marchand.

El experto en fraude digital Simon Marchand.

Política Digital ENTREVISTA

El experto en fraude Simon Marchand: "No es cuestión de si sufriremos un robo de identidad, sino de cuándo"

Simon Marchand sostiene que el gran salto del fraude digital con la IA no son los deepfakes, sino la capacidad de automatizar ataques complejos.

Más información: El fraude digital se dispara con la inteligencia artificial: suplantar una identidad sólo lleva 33 segundos

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Las claves

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Simon Marchand advierte que el fraude digital ha pasado de ser artesanal a convertirse en una industria global, potenciada por la inteligencia artificial.

La IA permite la automatización total de los ataques de fraude de identidad, haciendo obsoletos muchos mecanismos tradicionales de defensa.

Los deepfakes erosionan la confianza digital y dificultan la verificación de identidades, poniendo en riesgo a las organizaciones que confían solo en la evaluación humana.

Marchand destaca la necesidad de integración entre los equipos de fraude y ciberseguridad y pide una mayor implicación regulatoria para combatir el fraude como problema sistémico.

El canadiense Simon Marchand lleva más de una década advirtiendo de que el fraude digital ya no es un problema tecnológico. Lo hizo cuando la preocupación principal eran las tarjetas de crédito comprometidas. Lo repite ahora, en plena era de la inteligencia artificial generativa, los agentes autónomos y los deepfakes hiperrealistas.

Puede parecer una etapa más en la alocada aventura del fraude digital, pero entre ambos momentos, sostiene, se ha producido una transformación profunda: el fraude ha dejado de ser una actividad artesanal para convertirse en una industria global capaz de operar a escala masiva.

"La inteligencia artificial no está creando muchos tipos nuevos de fraude, pero sí está potenciando enormemente las amenazas existentes", explica a DISRUPTORES - EL ESPAÑOL. "Especialmente el fraude de identidad, que ahora puede ejecutarse a escala industrial".

Marchand, asesor internacional en prevención del fraude y gestión del riesgo digital, ha trabajado en banca, telecomunicaciones, biometría e identidad digital. Desde esa posición privilegiada ha observado cómo el fraude ha evolucionado al ritmo de la digitalización de la economía.

A su juicio, el punto de inflexión llegó a comienzos de la década pasada: "Cuando aseguramos las tarjetas con chip y el comercio electrónico empezó a generalizarse, vimos una profesionalización del fraude. Aparecieron grupos especializados en cada etapa de la cadena: robo de información, reventa, explotación de credenciales. A medida que las filtraciones de datos se hicieron más frecuentes y masivas, el fraude de identidad se volvió mucho más rentable para los delincuentes".

La lógica económica detrás de esa evolución resulta difícil de ignorar. Robar una identidad completa ofrece un retorno mucho mayor que intentar realizar unas pocas compras fraudulentas antes de que una tarjeta sea bloqueada. El resultado es un ecosistema criminal cada vez más sofisticado: prácticamente todas las identidades digitales del planeta han quedado expuestas de una forma u otra.

"No es una cuestión de si alguien será víctima de un delito de identidad, sino de cuándo", sentencia Simon Marchand.

La automatización del fraude

Con estos mimbres, no es de extrañar que la novedad de este 2026 no es la existencia del fraude digital, algo bien conocido (y sufrido) por todos, sino su capacidad de automatización. Marchand utiliza al respecto el concepto de industrialización para describirlo y, añade, que la irrupción en escena de la IA agéntica no está sino permitiendo incrementar todavía más esa automatización en cada fase de un ataque complejo.

"La industrialización del fraude de identidad se caracteriza por la integración de agentes de inteligencia artificial en toda la secuencia del ataque. Unos recopilan información, otros generan documentos falsos, otros crean vídeos deepfake, otros realizan el proceso de alta remota, resuelven CAPTCHA o imitan comportamientos humanos dentro de una aplicación", indica el experto. "Al final, todas las fases, desde la preparación hasta la monetización y el blanqueo de capitales, pueden realizarse con poca o ninguna intervención humana".

¿Qué implica este fenómeno a renglón seguido? Algo que todos sospechamos, aunque no queramos ser del todo conscientes de ello: los mecanismos tradicionales de defensa se están quedando obsoletos.

Durante años, las organizaciones aprendieron a detectar bots siguiendo patrones relativamente previsibles, pero los nuevos agentes inteligentes funcionan de otra manera. "La principal diferencia es que pueden imitar el comportamiento humano y mejorarse a sí mismos. Los bots tradicionales dejan rastros fáciles de detectar y necesitan intervención humana para evolucionar. Los agentes pueden hacerlo solos y modificar su comportamiento con tal rapidez que muchas plataformas heredadas son incapaces de identificarlos", añade Marchand.

Y aporta un dato esencial para reivindicar su posicionamiento: algunas pruebas realizadas por la propia industria muestran que hasta el 80% de las organizaciones no logra detectar ni bloquear correctamente este tipo de tráfico automatizado.

El fin de la confianza en lo que vemos

Esta sofisticación del fraude digital no sólo se nota en el ritmo y facilidad de producir esta suerte de ataques, sino también en cómo pueden burlar y cuestionar hasta los principios más sólidos de cualquier estrategia de ciberseguridad. Empezando por lo más íntimo e inmediato a todos nosotros: nuestra confianza en lo que vemos, en lo que sentimos o en lo que percibimos con nuestros propios sentidos.

Sí, efectivamente Simon Marchand alude a la popularización de los deepfakes y a cómo éstos están erosionando la confianza digital hasta extremos insospechados. El experto lleva años analizando este fenómeno y considera que el verdadero problema ya no es distinguir una imagen falsa de una auténtica, sino asumir que esa distinción dejará de ser posible para los humanos.

"Hemos alcanzado un punto de inflexión. Podemos crear un deepfake de prácticamente cualquier cosa y será lo bastante bueno para engañar a cualquier persona", afirma, antes de considerar especialmente preocupante que muchas compañías continúen confiando procesos críticos de verificación de identidad a operadores humanos: "Una organización que sigue dependiendo de personas para determinar si una fotografía, un vídeo o un audio son legítimos está exponiéndose al fraude".

Una amenaza que es especialmente visible en los procesos de alta digital. Según explica Simon Marchand, ya existen organizaciones que detectan intentos de activación de cuentas mediante documentos y vídeos generados por IA en porcentajes cercanos al 3%: "Los sistemas biométricos modernos pueden detener estos ataques porque incorporan detección de deepfakes. Mi preocupación es que muchas empresas siguen utilizando soluciones antiguas y continúan confiando en esa evaluación humana".

La biometría entra en una nueva etapa

Paradójicamente, la proliferación de los deepfakes no ha reducido la relevancia de la biometría. Para Marchand ocurre exactamente lo contrario, ya que durante años, tecnologías como la biometría de voz se presentaron principalmente como herramientas de comodidad para el usuario. Hoy, en cambio, han pasado a formar parte de la primera línea de defensa.

"El gran cambio viene provocado por la IA agéntica y su capacidad para automatizar ataques utilizando voces sintéticas en tiempo real. Una organización que no disponga de biometría de voz con detección de deepfakes integrada está exponiendo a sus agentes a conversaciones mantenidas por voces completamente artificiales", defiende el experto.

El experto en fraude digital Simon Marchand.

El experto en fraude digital Simon Marchand.

Aunque reconoce que las capacidades de clonación de voz han avanzado de forma espectacular, rechaza la idea de que la biometría haya quedado superada: "Que una voz sea suficientemente convincente para el oído humano no significa que pueda engañar a sistemas biométricos empresariales avanzados. Por eso no se trata únicamente de verificar que una voz coincide con una huella vocal, sino de asegurarse de que no es una grabación ni un deepfake introducido en la conversación".

Un problema de gobernanza

A pesar de la sofisticación tecnológica del fraude actual, Marchand insiste en que muchas de las vulnerabilidades siguen teniendo origen organizativo. Lo dice tras años trabajando tanto dentro como fuera de grandes compañías, que le han llevado a una conclusión clara: los profesionales antifraude suelen sentirse aislados frente a problemas que son comunes a toda la industria.

"Limitaciones presupuestarias, restricciones tecnológicas y la expectativa de hacer milagros con recursos mínimos: todo el mundo se enfrenta a los mismos desafíos", defiende Simon Marchand. "Pero cuando no existe una obligación regulatoria, muchas organizaciones consideran el fraude simplemente un coste de hacer negocios".

El ejemplo que utiliza con frecuencia son las estafas de transferencia autorizada, donde la víctima es manipulada para enviar dinero voluntariamente a una cuenta fraudulenta: "Las entidades financieras tienen pocos incentivos para combatirlas. Cuando la regulación introduce responsabilidad y las obliga a asumir parte de las pérdidas, entonces vemos acciones concretas y beneficios para los consumidores".

Esta misma lógica explica, en su opinión, buena parte de los problemas actuales relacionados con la inteligencia artificial: "La carrera por llegar primero tendrá costes para todos a largo plazo. Algunas compañías están desarrollando nuevas capacidades sin evaluar adecuadamente los impactos potencialmente desastrosos que pueden tener sobre la sociedad ni cómo podrían ser utilizadas por actores maliciosos".

El enemigo dentro de casa

Otro de los grandes desafíos que identifica es la separación histórica entre los departamentos de fraude y los equipos de ciberseguridad. No en vano, durante décadas ambas disciplinas evolucionaron por caminos paralelos. Empero, esa división clásica se está convirtiendo en una debilidad estructural para toda clase de organizaciones.

"Tradicionalmente los equipos de fraude se ocupaban de un problema muy humano, mientras que ciberseguridad protegía la organización frente a ataques masivos y disrupciones técnicas. Tenían métricas, herramientas y capacidades completamente distintas. Sin embargo, cada vez más los problemas de fraude se convierten en problemas de ciberseguridad y viceversa. Las herramientas deben ser utilizables por ambos equipos y las capacidades tienen que compartirse", promueve Marchand, quien cree que derribar esos silos organizativos será tan importante como desplegar nuevas tecnologías.

Una batalla que nunca termina

Después de dieciséis años estudiando el fraude digital, Marchand no cree que exista una victoria definitiva. "No creo que lleguemos nunca a ganar la guerra contra el fraude", admite a este medio. Sin embargo, sí identifica qué tendría que ocurrir para poder considerar que la situación está mejorando.

"Los gobiernos deben reconocer el fraude como el problema sistémico que realmente es. Eso implica obligar a todas las organizaciones a reportar el fraude detectado, prevenido y no detectado; establecer responsabilidades cuando participen indirectamente en una cadena de fraude y exigir determinadas tecnologías en sectores completos", afirma en un alegato en el que habla de motivaciones que trascienden las pérdidas económicas.

"Más allá del dinero, el fraude es un habilitador de delitos mucho más graves cuando se deja sin control. Tenemos una responsabilidad colectiva para reconocerlo y ponerle freno".