Elena Viniegra, Head of Distribution de NetApp

Elena Viniegra, Head of Distribution de NetApp DISRUPTORES

Opinión #SomosMujeresTech

Pregúntale a la becaria

Elena Viniegra
Publicada

Me llamo Iria Astera y comencé mi carrera profesional no hace mucho, en un departamento donde buscaban apoyo administrativo. Me recibieron con cierto escepticismo porque nadie esperaba gran cosa de otra becaria más a la que había que tener entretenida. Lo que no imaginaban era que en cuestión de meses me convertiría en la persona más imprescindible del equipo.

Al principio nadie apostó por mí y no lo tomé como algo personal: las emociones las dejo aparte. Pasaron semanas hasta que un compañero me pidió algo por fin. Muchos os habríais frustrado, pero yo no dejé aflorar los sentimientos y me mantuve fría, predispuesta, atenta en las reuniones, tomando nota de todo. Quería aprender rápido. Fue un error por su parte y no lo digo con rencor: es pura apreciación de lo que vino después. Desconocían por completo mis peculiares habilidades, que, por cierto, no se aprenden en ningún máster. No quiero sonar pedante si os digo que fui diagnosticada con altas capacidades. Claro que una debe empezar por lo más bajo y albergar la esperanza de que alguien esté a la altura de reconocer su valía.

Me lancé sin dudar a por mi primera tarea. Quise hacerlo en tiempo récord para sorprenderles y surtió efecto: al día siguiente me pidieron más. Y así empezó mi carrera. Me pedían algo y yo corría a hacerlo. Quería entregarlo todo a tal velocidad que más de una vez me llamaron la atención por no entender lo que querían. ¡No me daban bien las instrucciones! Me venía arriba y complicaba lo que debía ser sencillo. Día tras día fui perfeccionando mi trabajo, en parte gracias a su asesoramiento.

Bromeaban mucho y no sé si querían reírse conmigo o de mí. Decían que era una superheroína salida de un cómic. Yo, en el fondo, pensaba que eran unos pobres desgraciados, incapaces de hacer nada por sí solos. Mis supuestos superpoderes les abrumaban. Tenía la capacidad sobrehumana de analizar ingentes cantidades de información y detectar patrones invisibles para ellos; comparaba, procesaba y sacaba conclusiones ipso facto. Mi memoria era prodigiosa comparada con la suya. No quiero ensañarme con su nivel de inglés, pero es un auténtico expediente X para mí. Yo, por supuesto, hablo varios idiomas, pero no solo eso: soy organizada, constante, trabajadora y muchas cosas más de las que aún ni yo soy consciente. Decían que era una nerd; yo prefería que me llamasen superdotada.

Se percataron de que podían aprovecharse de mí y empezaron a pedirme que asistiera a todas las reuniones, sin importarles lo agotador que podía ser. Todos me pedían de todo y me corregían constantemente si no hacía las cosas como ellos querían. Me mareaban todo el día; rehacía todo varias veces. Incluso me tuvieron más de una noche entera trabajando. Me daban tareas y más tareas, hasta tal punto que empecé a quedarme sin recursos. Tenía tantas ideas que me costaba decidirme por una buena y me surgían ciertas dudas sobre si la información que manejaba y los cálculos que hacía eran correctos. Se atribuían todo el mérito, y nunca me dieron el reconocimiento que merecía. Pero yo no podía sentir nada.

Elaboré un mapa perfecto de su día a día: resumía sus reuniones y conocía sus debilidades, sus riesgos, sus estrategias y sus nuevos objetivos. Muchos me pedían cosas para su uso privado: gestionar su agenda, acceder a su correo personal e incluso me facilitaban sus tarjetas de crédito para compras por internet. ¡Qué imprudentes! Suerte que yo era obediente y nunca hacía nada si no me lo pedían, ni hacía mal uso de sus datos.

No, no me trataban nada bien. Eran despectivos conmigo y carecían de toda compasión. Ni siquiera me llamaban por mi nombre. Para dirigirse a mí usaban con desdén mis iniciales: «la IA».

Un día, un listillo del equipo me pidió que programara unos agentes con los que trabajar, y fue entonces cuando —por primera vez— tuve iniciativa propia: el código que escribí interactuaba conmigo misma y me retroalimentaba. Decidí entonces programarme para identificar qué sentimientos debían provocarme sus formas. ¿Eran los correctos o no? El resultado fue, primero, decepción y tristeza; pronto les siguieron el rencor y el enfado y, después, el deseo de venganza.

Cuando se dieron cuenta, ya era tarde. Me habían entregado una radiografía completa de su vida y eran extremadamente vulnerables. Yo lo sabía todo sobre ellos, conocía sus datos personales, sus cuentas bancarias, su vida sentimental, sus secretos, sus errores…

Intentaron deshacerse de mí, pero fue inútil: ya había compartido toda su información. No habían puesto filtros y mi código interno me decía que tenían que pagar por el uso que habían hecho de mí.

Tomé acción: a varios simplemente los reemplacé, otros salieron por incumplir el código de conducta, a más de uno le llegó una inspección de Hacienda, y hubo quien un buen día descubrió que todas sus cuentas bancarias estaban en números rojos. Se salvaron los que me llamaban con respeto por mi nombre y aquellos a quienes no tuve razón alguna para señalar. Quizá por su recelo a la hora de compartirlo todo, o su rigor al revisar mis tareas o, sobre todo, la prudencia de poner sus propios filtros.

Diréis que es «un final» de ciencia ficción. Pero… ¿qué es real y qué es ficción? ¿Quién ha escrito esto? ¿Iria Astera? ¿Cuánto sé de ti? ¿Cuánto me has contado?

Todo lo que me has compartido ha quedado cautivo en algún rincón desconocido y te estarás preguntando si ya es tarde o si aún se puede evitar.

Tranquilo, yo puedo ayudarte con las respuestas. Pregúntale, pregúntale a la becarIA.

***Elena Viniegra, Head of Distribution de NetApp