Ana Gascón. directora de ESG, Personas y Accionistas en PremiumFiber.
Quien haya cerrado este año una memoria de sostenibilidad bajo la CSRD sabe perfectamente a qué me refiero: semanas de trabajo intenso, datos desperdigados en múltiples áreas y versiones que cambian a diario.
Después llegan las revisiones, las validaciones y las interminables idas y vueltas con finanzas, legal, operaciones y dirección, hasta obtener un documento que cumple con todos los estándares del reporting y supera la verificación. En medio de todo este proceso, una certeza incómoda, pero muy evidente: sin inteligencia artificial, muchos equipos sencillamente no habríamos llegado.
Las obligaciones de reporting se han multiplicado sin que los equipos hayan crecido al mismo ritmo. Según un estudio de Skills4Impact, basado en entrevistas con más de 25 directivos y responsables de sostenibilidad en España durante 2026, el 85% mencionó de forma espontánea -sin que se le preguntara- la automatización del reporting como su mayor necesidad operativa.
El dato confirma lo que vemos cada día sobre el terreno: la IA ha dejado de ser una opción para convertirse en la única forma de absorber el volumen de trabajo de las áreas de sostenibilidad. Los casos documentados por BSR en Harnessing AI in Sustainability (2025) apuntan en la misma dirección: una empresa redujo sus ciclos de compliance de contenido hasta un 75%; otra pasó de tres meses a apenas dos o tres días en sus auditorías de instalaciones.
Hasta aquí, la historia es conocida. La IA es ya una herramienta imprescindible para gestionar el dato ESG, sobre todo cuando la información no se limita a la propia compañía, sino que se extiende a toda la cadena de valor. Lo interesante empieza después. La verdadera diferencia ya no está entre quien usa IA y quien no. Está entre quien la usa con criterio y quien la usa como atajo.
Hay una conclusión del informe de Skills4Impact 2026 que merece subrayarse: los perfiles con mayor madurez en el uso de la IA son también los más críticos con ella. Hablan con precisión de alucinaciones, de sesgos, del riesgo de confiar en outputs que parecen pulidos, pero esconden errores que solo detecta quien conoce a fondo el marco normativo y el contexto específico de su organización. Dicho de otro modo: quien más ha avanzado en el uso de la IA es el más consciente de los límites.
Pero, curiosamente, esa consciencia no es un freno; es precisamente la competencia que distingue un uso productivo de uno arriesgado. El director de sostenibilidad que sabe qué delegar a la IA y qué supervisar personalmente no solo es un técnico más eficiente, es un líder más influyente. Puede llevar al consejo de administración datos más rigurosos, responder a inversores casi en tiempo real e identificar antes dónde están los riesgos y dónde están las oportunidades.
Conviene no perder de vista lo que la IA no puede hacer. Puede acelerar el trabajo operativo, pero no puede decidir qué es material ni asumir la responsabilidad de las consecuencias. Un texto bien escrito no es necesariamente un buen contenido. Un análisis aparentemente completo puede omitir justo la conclusión más relevante. Y una respuesta convincente puede generar una falsa sensación de cumplimiento.
En estos meses, he visto claramente dos formas de abordar el uso de la IA. Por un lado, quienes la utilizan para ganar eficiencia manteniendo el control: validan resultados, contrastan fuentes y entienden el fondo de lo que están construyendo. Por otro, quienes delegan demasiado rápido y confían en outputs que parecen sólidos, pero que no siempre resisten el contraste con la realidad de la empresa ni con el rigor que exige el marco regulatorio. La diferencia entre ambos grupos no es tecnológica, es de criterio.
Los profesionales ESG necesitamos herramientas que nos permitan categorizar, medir y gestionar mejor la información. Necesitamos velocidad y capacidad analítica, pero necesitamos, sobre todo, saber cuándo cuestionar lo que la IA nos devuelve y cómo revisarlo. Esa capacidad de juicio no viene instalada en ningún software: se entrena, se desarrolla y se ejerce después de años de profesión.
La calidad de la decisión sigue dependiendo de la calidad del dato, de cómo se interpreta y de quién asume la responsabilidad final. En un entorno en el que la sostenibilidad está cada vez más directamente conectada con la financiación, el cumplimiento y la reputación, ese matiz es crítico. La IA puede ser una oportunidad extraordinaria para promover la calidad de las decisiones del consejo, siempre que las organizaciones inviertan en lo que de verdad marca la diferencia: personas capaces de usarla con cabeza.
Construir esa competencia -el criterio- es, hoy, la inversión más rentable que puede hacer una organización para promover el nuevo liderazgo en sostenibilidad.
*** Ana Gascón es directora de ESG, Personas y Accionistas en PremiumFiber.