Elena Varo, cofundadora de Elevatio.

Elena Varo, cofundadora de Elevatio. Elena Varo

Opinión

Por qué dos empresas compran la misma tecnología y obtienen resultados diferentes

Elena Varo
Publicada

Tras más de diez años trabajando en distintos fabricantes tecnológicos y colaborando con partners, clientes y administraciones públicas, he visto repetirse una situación una y otra vez: la misma tecnología puede generar resultados extraordinarios en una organización y no llegar siquiera a los niveles de adopción esperados en otra. La pregunta es inevitable.

¿Por qué dos empresas compran la misma tecnología y obtienen resultados completamente opuestos?

No paramos de hablar de inteligencia artificial, automatización, cloud o ciberseguridad. Sin embargo, cada vez estoy más convencida de que el principal reto no está en la tecnología, sino en las personas que hay detrás de esa tecnología.

En los últimos meses me llama especialmente la atención cómo el debate sobre inteligencia artificial está dejando de centrarse únicamente en las capacidades de la tecnología para empezar a hablar de responsabilidad, gobernanza y gestión del riesgo. Y eso me lleva a una reflexión: quizá llevamos años buscando respuestas tecnológicas a retos que, en realidad, son profundamente organizativos.

Como recoge el AI Risk Management Framework del NIST (National Institute of Standards and Technology), generar confianza en la inteligencia artificial requiere mucho más que un buen algoritmo: exige gobernanza, supervisión y una adecuada gestión del riesgo dentro de las organizaciones.

Para ser más concretos, ¿de qué hablamos exactamente? ¿Trabajo en equipo? ¿Formación? Por supuesto. Pero también debemos plantearnos cómo las organizaciones preparan a las personas para recibir el cambio.

Todo el ecosistema formado por clientes, partners y fabricantes, y su alineamiento en las diferentes capas empresariales, tiene un papel clave en el éxito de cualquier proyecto. La cultura organizativa no afecta únicamente a lo que ocurre dentro de una empresa. También afecta a cómo trabajan entre ellos los distintos actores implicados, a la confianza que generan, a la capacidad de colaboración y, sobre todo, a los tiempos.

Porque las empresas tienen que estar preparadas para recibir la tecnología y eso solo puede hacerse desde el lado humano.

Podemos implantar la mejor plataforma del mercado, pero si la organización no ha desarrollado una cultura basada en la colaboración, la responsabilidad y el aprendizaje continuo, difícilmente conseguirá aprovechar todo su potencial. La tecnología transforma procesos; son las personas quienes transforman las organizaciones.

No podemos esperar adoptar una solución o desarrollar un caso de uso concreto si el talento no se retiene, no se cuida y no transmite los mismos valores al resto del ecosistema para alcanzar objetivos comunes. Y aquí aparece una contradicción que me llama especialmente la atención.

¿Cómo podemos decir constantemente que a la industria tecnológica le falta talento y, al mismo tiempo, no ser capaces de retenerlo?

¿Cómo podemos hablar de escasez de profesionales mientras seguimos viendo cómo personas con experiencia, conocimiento y capacidad de generar negocio abandonan organizaciones porque no encuentran oportunidades de crecimiento, entornos saludables o modelos de liderazgo adecuados?

En el caso de las mujeres, además, seguimos observando cómo muchas terminan abandonando determinadas posiciones o incluso el sector sin haber podido desarrollar plenamente su carrera profesional. Distintos estudios siguen alertando de esta realidad, lo que pone de manifiesto que todavía queda mucho camino por recorrer para construir entornos verdaderamente inclusivos y sostenibles.

En todo este círculo de desafíos, donde todo está conectado, Recursos Humanos juega un papel cada vez más importante. Es un departamento que no solo está para contratar, sino para escuchar, acompañar y ofrecer soluciones y recursos adecuados a cada trabajador.

Y aquí aparece otro aspecto del que se habla poco: el impacto que todo esto tiene en los tiempos para los proyectos de transformación digital. Si los empleados rotan de manera habitual, algo que vemos cada vez más en busca de culturas más sanas y sostenibles, y menos en busca de salarios más altos, los clientes tienen que volver a empezar. Volver a generar confianza. Volver a explicar el contexto. Volver a alinear objetivos. Volver a construir relaciones.

Los partners tienen que volver a coordinarse. Los fabricantes tienen que volver a transferir conocimiento. Y los proyectos pierden velocidad. Volvemos al mismo punto. La tecnología sigue siendo la misma. Los tiempos ya no.

En un momento en el que la inteligencia artificial, la automatización y las nuevas plataformas evolucionan a una velocidad sin precedentes, la capacidad de ejecución se convierte en una ventaja competitiva enorme.

No es casualidad que hoy hablemos cada vez más de gobernanza, gestión del riesgo o supervisión cuando hablamos de inteligencia artificial. Detrás de cada decisión automatizada siguen existiendo personas que diseñan procesos, establecen prioridades y toman decisiones. La regulación puede establecer principios y límites, pero son las organizaciones, a través de su cultura, las que convierten esos principios en comportamientos cotidianos.

Por eso creo que la cultura de una empresa tiene mucho más impacto del que solemos reconocer.

Debemos además coordinarnos en los valores entre todas las organizaciones involucradas en un mismo proyecto -fabricante, partners y cliente final- porque los proyectos que mejor funcionan a medio y largo plazo suelen compartir una cultura de colaboración, confianza y responsabilidad, sin dejar a nadie atrás.

¿Cómo podemos pedir a las organizaciones que aceleren su transformación si desde dentro no tomamos las decisiones adecuadas?

Por algo soy tan fan del Open Source, que ha demostrado durante años que la colaboración, la transparencia y las comunidades abiertas pueden convertirse en una ventaja competitiva.

Los modelos de liderazgo, la falta de recursos adecuados para los empleados, la cultura, la salud mental y la diversidad de perfiles no son cuestiones secundarias ni negociables.

Como afirmó Peter Drucker: "Culture eats strategy for breakfast". Décadas después, esa idea sigue plenamente vigente. Hoy podríamos añadir que también condiciona la capacidad de una organización para adoptar nuevas tecnologías y utilizar la inteligencia artificial de forma responsable, ética y sostenible.

Las inversiones millonarias de las empresas deben ir acompañadas de inversiones paralelas en todo lo aquí comentado. Recordemos que las empresas no compran logotipos. Compran personas capaces de generar confianza, transparencia y acompañamiento continuo.

La tecnología puede comprarse. La confianza, la cultura y el liderazgo necesarios para convertirla en valor tienen que construirse. Quizá esa sea la verdadera explicación de por qué dos organizaciones pueden invertir en la misma tecnología y obtener resultados completamente distintos.

***Elena Varo, cofundadora de Elevatio