Íñigo Laucirica.
En los últimos años, la inteligencia artificial ha irrumpido con fuerza en los procesos de los fondos de venture capital. Las herramientas de IA están acelerando la identificación de oportunidades, comprimiendo los plazos de análisis y democratizando el acceso al conocimiento especializado.
Los incentivos están claros. Por un lado, expandir la cobertura del universo de oportunidades de inversión más allá de los límites de un equipo humano permite una mejor asignación del capital. Por otro lado, superar barreras de conocimiento en sectores o tecnologías particulares de forma mucho más eficiente permite también ensanchar el embudo de oportunidades. La IA permite ambas cosas.
Todo apunta a un mundo mejor. Mayor velocidad, menor asimetría y capital fluyendo hacia donde de verdad merece ir. Es una lectura bonita, pero también incompleta.
Las mismas fuerzas que están haciendo más ágiles e informados a los inversores podrían estar erosionando, de forma silenciosa, el mecanismo por el cual el venture capital genera valor en primer lugar.
Estos modelos gravitan inevitablemente hacia el centro, hacia lo más probable, hacia lo ya dicho. La misma arquitectura técnica que los hace fantásticos detectores de patrones y lectores entre líneas los empuja hacia el consenso en ausencia de un estímulo centrífugo. En el venture capital, la ventaja casi nunca vive en el centro.
El venture capital ha arrastrado siempre una inclinación al comportamiento de rebaño, por motivos tanto psicológicos como financieros. Los mismos sectores, las mismas empresas, los mismos nombres validando a los mismos nombres.
La IA no resuelve ese problema, lo ahonda, por su naturaleza convergente, y lo escala en la misma proporción que escalan agentes infinitamente paralelizables. Cuando todos los fondos analizan el mercado con herramientas entrenadas en los mismos datos, la diversidad de criterio desaparece. Las apuestas de consenso se encarecen y los retornos se comprimen. Las oportunidades realmente valiosas, las que están fuera del radar, siguen sin encontrar a quien las financie. El consenso algorítmico es, en definitiva, el efecto rebaño llevado a escala industrial.
El venture capital ha sido históricamente el brazo financiero de la destrucción creativa, el proceso por el cual nuevos actores desplazan a los establecidos y el capital se reasigna hacia usos más productivos. Este proceso es intrínsecamente ineficiente y costoso. La mayoría de las startups fracasan. El valor se acumula en unas pocas apuestas que tuvieron la convicción de sostenerse cuando nadie más creía en ellas, y que con el tiempo el mercado acabó reconociendo.
La financiación de la destrucción creativa requiere esa aleatoriedad en las apuestas de emprendimiento e inversión temprana que es consustancial a la intervención humana, alimentada por la combinación única de experiencia y capacidades de cada emprendedor e inversor.
La pregunta, entonces, no es si usar la IA, sino cómo. Evidentemente ningún gestor va a poner a la IA al mando de su comité de inversiones (por ahora). Pero gran parte de la erosión puede estar ocurriendo de forma silenciosa aguas arriba, en flujos de trabajo asistidos por IA que predeterminen el universo de oportunidades aguas abajo. Es necesario un contrapeso consciente a través del proceso de inversión que proteja el criterio propio de los gestores.
Nadie discute que la IA va a mejorar la forma en que se asigna el capital. Ya lo está haciendo. La pregunta es hasta dónde. Porque hay una diferencia enorme entre usarla para analizar mejor y dejar que reemplace el criterio propio. Lo primero es apalancamiento. Lo segundo es abdicación.
Corresponde a los gestores de venture capital asumir esa responsabilidad, tanto en defensa de la destrucción creativa como de su propio alfa.
*** Íñigo Laucirica es Principal en Samaipata