Fernando Suárez, presidente del Consejo General de Colegios de Ingeniería en Informática (CCII).
Estos días, millones de personas estaremos pendientes de un balón. Veremos selecciones nacionales, estrellas mundiales, entrenadores legendarios y estadios llenos. Durante unas semanas, el fútbol volverá a convertirse en un lenguaje universal capaz de unir a personas de todos los rincones del planeta.
Hay una pregunta interesante: ¿qué hace falta para ganar un Mundial?
La respuesta parece sencilla: buenos futbolistas. Sin embargo, cualquiera que conozca mínimamente este deporte sabe que eso no es suficiente. Brasil ha tenido generaciones repletas de talento y no siempre ha ganado. Argentina necesitó años para convertir a Messi en campeón del mundo. España tardó décadas en transformar una generación brillante en una selección campeona.
Porque el talento individual es imprescindible, pero los grandes logros requieren algo más: visión, estrategia, organización, liderazgo y un proyecto colectivo. Curiosamente, eso mismo ocurre en el mundo tecnológico.
Europa cuenta con excelentes usuarios de tecnología. Utilizamos buscadores, redes sociales, plataformas de vídeo, sistemas operativos, herramientas de inteligencia artificial y servicios digitales de primer nivel. Sin embargo, conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿estamos jugando el Mundial o simplemente viendo el partido desde la grada?
Las tecnologías que están transformando el planeta nacen, en su inmensa mayoría, fuera de nuestras fronteras. No diseñamos los grandes buscadores que utilizamos a diario, ni las principales redes sociales donde nos comunicamos, ni los sistemas operativos presentes en miles de millones de dispositivos. Tampoco lideramos las plataformas de inteligencia artificial que están redefiniendo la economía mundial y la competitividad de los países.
Es como si fuéramos una selección capaz de llenar estadios, pero incapaz de producir futbolistas para competir por el título.
Cuando admiramos a una selección campeona solemos fijarnos en los goles, en las jugadas espectaculares o en los momentos decisivos de una final. Sin embargo, rara vez pensamos en toda la estructura que existe detrás: las escuelas de formación, los entrenadores de cantera, los preparadores físicos, los analistas o los directores deportivos. Con la tecnología ocurre algo parecido. Todos utilizamos aplicaciones, servicios digitales e inteligencia artificial, pero pocas veces pensamos en quién los diseña, quién los construye y quién asume la responsabilidad de que funcionen correctamente.
Los países que lideran la revolución tecnológica no son necesariamente los que más tecnología consumen, sino los que cuentan con más personas capaces de crearla. Por eso la cantera importa.
Ninguna selección gana un Mundial improvisando. Los campeones llevan años trabajando la cantera, identificando talento joven, formándolo, acompañándolo en su desarrollo y permitiéndole equivocarse como parte natural del aprendizaje. Sobre todo, son capaces de ofrecer oportunidades para que ese talento crezca y alcance su máximo potencial cuando llega el momento decisivo.
La tecnología funciona exactamente igual. Si queremos crear el próximo Bizum, el próximo Spotify o el próximo gran proyecto europeo de inteligencia artificial, debemos invertir en las personas que algún día serán capaces de hacerlo realidad. No basta con formar usuarios digitales. Necesitamos creadores digitales. Necesitamos ingenieros, científicos, investigadores, emprendedores y líderes tecnológicos capaces de imaginar soluciones que todavía no existen.
Existe además una tentación recurrente tanto en el fútbol como en la tecnología: pensar únicamente en el corto plazo.
En el deporte profesional existe una enorme presión por ganar el próximo partido. A veces se sacrifica la cantera para obtener resultados inmediatos. Sin embargo, los clubes más exitosos saben que el futuro depende de seguir produciendo talento.
Con los países ocurre exactamente lo mismo. Resulta tentador centrarse únicamente en cubrir las vacantes que existen hoy en el mercado laboral. Pero la verdadera pregunta es otra: ¿quién diseñará las tecnologías que utilizaremos dentro de veinte años? ¿Quién desarrollará los sistemas de inteligencia artificial que emplearán nuestras administraciones públicas? ¿Quién construirá las infraestructuras digitales sobre las que funcionarán nuestras empresas? ¿Quién garantizará nuestra soberanía tecnológica?
Las respuestas a esas preguntas empiezan hoy, en las aulas.
Otra lección que nos deja el fútbol es que no todos los jugadores tienen que ser delanteros. Una selección campeona necesita goleadores, pero también defensas, centrocampistas, porteros, preparadores físicos, analistas y entrenadores. Cada uno aporta un valor diferente y todos son imprescindibles para alcanzar el éxito.
La economía digital también necesita perfiles diversos. Necesita ingenieros capaces de diseñar sistemas complejos y liderar proyectos transformadores. Necesita profesionales de Formación Profesional que los desplieguen, mantengan y operen. Necesita especialistas en datos, expertos en ciberseguridad, gestores de proyectos, investigadores y emprendedores.
El éxito no consiste en que todos hagan lo mismo. Consiste en que cada persona pueda desarrollar al máximo sus capacidades y aportar valor desde el lugar donde mejor puede hacerlo.
Hay una última enseñanza que deberíamos recordar: los mejores futbolistas del mundo no compiten únicamente contra los jugadores de su ciudad, de su región o de su país. Compiten contra todo el planeta. La tecnología funciona igual. El talento gallego, español o europeo ya no compite únicamente con su entorno más cercano. Compite con Silicon Valley, con Shenzhen, con Bangalore, con Singapur o con Tel Aviv.
Por eso estamos viendo fichajes cada vez más sorprendentes y salarios que hace apenas unos años parecían impensables en el sector tecnológico. Porque las empresas saben algo que el fútbol descubrió hace mucho tiempo: el talento excepcional es escaso. Y cuando aparece, todos quieren incorporarlo a su equipo.
Pero atraer talento no es suficiente. También hay que reconocerlo, cuidarlo y situarlo en el lugar donde pueda desplegar todo su potencial. Si ponemos a un gran delantero a defender durante todo el partido, probablemente estaremos desaprovechando aquello que le hace diferente. Y si colocamos a Ronaldinho de portero, seguro que nos habríamos perdido algunos de los momentos más mágicos e inolvidables de la historia del fútbol. Con la tecnología ocurre exactamente lo mismo.
Dentro de unas semanas conoceremos un nuevo campeón del mundo de fútbol. Pero hay otro Mundial que se juega todos los días. Es el Mundial de la innovación, del conocimiento y de la tecnología.
Y en ese campeonato no basta con ser espectadores. No basta con consumir lo que otros crean. Si queremos competir de verdad, debemos apostar por la educación, por la ingeniería, por la investigación y por el talento.
Porque los países que liderarán el futuro no serán necesariamente los que tengan más recursos. Serán los que mejor sepan descubrir, formar, atraer y retener a las personas capaces de imaginarlo.
En el fútbol, los países que levantan la Copa del Mundo no son siempre los que tienen más aficionados, sino los que mejor identifican, forman y protegen su talento. En tecnología sucede exactamente lo mismo. La pregunta no es si utilizaremos inteligencia artificial, sino si seremos capaces de formar a quienes la diseñen.
Porque en el Mundial de la innovación no basta con llenar el estadio: hay que saltar al campo y competir por el título.
***Fernando Suárez, presidente del Consejo General de Colegios de Ingeniería en Informática (CCII).