Emma Fernández, consejera independiente de 74Software, Iskaypet, Metrovacesa y Openbank.

Emma Fernández, consejera independiente de 74Software, Iskaypet, Metrovacesa y Openbank. Nausika

Opinión #SomosMujeresTech

Navegar el mapa tecno-político: el reto corporativo actual

Emma Fernández
Publicada

Durante décadas, la geopolítica fue para muchas empresas una variable lejana, casi ajena a la gestión diaria. Los conflictos internacionales, las tensiones entre potencias o las decisiones de política industrial parecían asuntos reservados a los gobiernos, a la diplomacia o a sectores muy concretos como la energía, la defensa o las infraestructuras. Ese tiempo ha terminado. Hoy, la geopolítica ha entrado de lleno en la sala del consejo de administración.

La guerra en Ucrania, la inestabilidad en Oriente Medio, la rivalidad creciente entre Estados Unidos y China, las tensiones en torno a Taiwán, la fragmentación del comercio global y la aceleración de la inteligencia artificial han dibujado un nuevo escenario. Un escenario más incierto, más volátil y mucho más exigente para las empresas. La pregunta ya no es solo dónde vender o dónde producir, sino de quién se depende, qué tecnologías se utilizan, qué datos se manejan, qué proveedores son esenciales para las operaciones y qué riesgos puede activar una nueva crisis internacional.

En este nuevo tablero estratégico, la tecnología ha dejado de ser un facilitador neutral o un asunto exclusivamente empresarial para transformarse en el principal vector de la competencia geopolítica global. Los semiconductores, la inteligencia artificial, la computación cuántica, las infraestructuras cloud, las baterías avanzadas, la biotecnología o las tierras raras ya no son únicamente palancas de innovación, son activos estratégicos. Determinan la capacidad de un país para competir, defenderse, crecer y ejercer influencia. El poder del siglo XXI ya no se mide solo por el control del territorio, la energía o la fuerza militar. También se mide por el dominio de los datos, la capacidad computacional, las plataformas digitales y las infraestructuras críticas.

La competición entre Estados Unidos y China expresa con claridad esta nueva realidad. Ambos países disputan una carrera sin tregua por la hegemonía mundial con el epicentro en la inteligencia artificial y empleando modelos diametralmente opuestos para dominar la revolución digital.

Estados Unidos conserva una posición de liderazgo en innovación de frontera, diseño de chips avanzados, grandes modelos de inteligencia artificial, universidades de élite y mercados de capitales. Su fortaleza procede en gran medida del dinamismo de su sector privado y de empresas tecnológicas con escala global. Pero incluso allí el estado ha aumentado su intervención, con incentivos, restricciones y políticas industriales destinadas a proteger capacidades críticas.

China, en cambio, despliega una estrategia mucho más planificada y coordinada. El estado dirige prioridades, moviliza inversión, protege sectores clave y trabaja con una visión de largo plazo. Aunque sufre restricciones de exportación impuestas por Occidente, Pekín ha sabido utilizar su monopolio sobre el procesamiento de tierras raras (controlando más del 85% mundial) como un arma de coerción geoeconómica. En el frente de la IA, la estrategia china está demostrando ser efectiva: han apostado por expandir modelos de código abierto de bajo coste y han utilizado técnicas de "destilación de IA" (usar los modelos pioneros para entrenar los suyos). Gracias a esto, según AI Index Report de la Universidad de Stanford 2026, la brecha de rendimiento entre el mejor modelo de IA estadounidense y el chino se ha reducido a un 2,7% en 2026, frente al 17% de hace apenas tres años. Por último, el dominio chino en investigación ya es estructural: según el ASPI Technology Tracker 2026, lideran en 69 de 74 tecnologías críticas globales y rozan el monopolio en 41 de ellas.

Como respuesta a los rápidos avances de su rival, Estados Unidos ha impulsado iniciativas como la Pax Silica, una asociación estratégica de 15 países que esperan convertirse en el G7 de la IA con el objetivo de coordinar el desarrollo conjunto de la IA, proteger las cadenas de suministro y limitar la dependencia tecnológica de China.

En este contexto, Europa se encuentra en una posición vulnerable. Ha sido capaz de construir una notable influencia regulatoria a través de normas como el Reglamento General de Protección de Datos, la Ley de Servicios Digitales, la Ley de Mercados Digitales o la Ley de Inteligencia Artificial, sin embargo, su poder normativo no se ha traducido en poder tecnológico. La Unión Europea tiene talento, centros de investigación, industria avanzada y un mercado relevante, pero carece de suficientes campeones tecnológicos globales y mantiene dependencias importantes respecto a Estados Unidos y China que, en demasiadas ocasiones, erosionan su capacidad de decisión y debilitan el posicionamiento competitivo de sus empresas.

A pesar de los intentos de frenar la desindustrialización mediante nuevas leyes proteccionistas como la Ley de Aceleración Industrial o el reciente Paquete de Soberanía Tecnológica, el ritmo europeo se percibe preocupantemente lento frente a la agilidad de los bloques americano y asiático. En un mundo que se organiza cada vez más por bloques, la falta de coordinación decidida entre los países de la UE y, en consecuencia, un mercado único europeo de bienes, servicios y capitales infradesarrollado se convierte en una desventaja estructural.

Al debate que genera esta 'guerra fría' tecnológica, recientemente, se ha sumado una perspectiva ética: la del papa León XIV. En su nueva encíclica Magnifica Humanitas, publicada en mayo de 2026, el Pontífice advierte que la verdadera batalla de la IA no es solo por la hegemonía económica o militar, sino por la custodia de la dignidad humana y lanza un llamamiento a "desarmar la IA". Esto no significa renunciar al progreso tecnológico, sino sustraerlo de la lógica de la carrera armamentística (tanto militar como comercial) para someterlo a principios de justicia social, subsidiariedad y solidaridad. El posible impacto de la IA en el empleo obligará a las empresas y a los gobiernos a buscar soluciones a problemas sociales complejos y crecientes.

Para las compañías, este mapa tecno-político tiene consecuencias directas. Elegir un proveedor cloud, adoptar una solución de inteligencia artificial, externalizar determinados procesos, proteger datos sensibles o depender de determinados componentes tecnológicos ya no son decisiones puramente operativas. Son decisiones estratégicas que pueden afectar a su capacidad de competir.

Por eso, los consejos de administración deben ampliar su agenda. La tecnología no puede quedar encerrada en el área de sistemas ni la geopolítica limitarse a un informe ocasional de riesgos. Ambas dimensiones deben incorporarse de forma sistemática a la reflexión estratégica. Las empresas necesitan inteligencia geopolítica, análisis de escenarios, mapas de dependencia tecnológica, planes de ciberseguridad robustos y una visión clara sobre qué capacidades deben mantener bajo control propio y sobre cual va a ser su posicionamiento ético.

La clave no está en predecir exactamente cómo será el futuro. La incertidumbre será una constante. La clave está en prepararse para distintos futuros posibles. Las organizaciones que sepan anticipar, diversificar y construir autonomía ante los diferentes escenarios estarán mejor preparadas para navegar la incertidumbre.

En definitiva, la tecnología se ha convertido en una cuestión de soberanía, competitividad y gobierno corporativo. Las empresas que la traten solo como una herramienta quedarán expuestas a dependencias difíciles de revertir. Las que la entiendan como una dimensión estratégica estarán en mejores condiciones para protegerse, innovar y liderar. En el nuevo tablero tecno-político, gobernar bien la tecnología será una de las grandes diferencias entre quienes construyan el futuro y quienes simplemente lo sufran.

***Emma Fernández, consejera independiente de 74Software, Iskaypet, Metrovacesa y Openbank