Ángel Uzquiza, director de innovación corporativa del grupo Santalucía. Santalucía
Durante años, buena parte de la conversación sobre innovación en España se ha centrado en la capacidad para generar nuevos proyectos. Cuántas startups nacen, cuántas rondas se cierran, cuántas iniciativas aparecen alrededor de una tecnología o de un sector. Esa conversación ha sido necesaria para construir masa crítica, atraer talento y demostrar que el emprendimiento podía ocupar un lugar relevante dentro de la economía.
Ahora empieza una etapa distinta. La pregunta más importante ya no es cuántas compañías emergen, es cuántas consiguen crecer, consolidarse y convertirse en actores capaces de transformar de verdad los sectores en los que operan. Esa transición marca la diferencia entre un ecosistema activo y un ecosistema maduro.
El sector insurtech español permite observar con claridad este cambio de fase. Según los datos recogidos en el Informe del Ecosistema Insurtech Español 2026, España cuenta ya con 107 compañías insurtech. La cifra importa por lo que representa. Habla de una base suficientemente amplia para dejar atrás la lógica puramente emergente y empezar a analizar el sector desde otra perspectiva. Junto a ese volumen de compañías, el informe refleja también generación de empleo, facturación e inversión acumulada, señales de un ecosistema que empieza a comportarse como un tejido económico con capacidad de consolidación.
El verdadero reto aparece precisamente en ese punto. Una vez construido el ecosistema, la prioridad pasa a ser su capacidad para favorecer el crecimiento. El valor de la innovación se mide cada vez más por su contribución a crear compañías sólidas, soluciones aplicables, empleo especializado y relaciones estables entre quienes desarrollan tecnología y quienes pueden integrarla en el mercado.
Ahí la gran empresa tiene un papel decisivo. Las corporaciones aportan algo que resulta esencial para que una startup pueda avanzar hacia fases de mayor escala. Aportan retos reales, conocimiento sectorial, acceso a clientes, capacidad de prueba, exigencia operativa y una lectura directa de las necesidades del negocio.
Cuando una compañía consolidada abre espacios de colaboración con el ecosistema emprendedor, está creando algo más que una oportunidad puntual. Está generando un entorno en el que las soluciones pueden validarse, mejorar y encontrar recorrido.
La innovación corporativa adquiere en este contexto un valor estratégico. Su función ya no se limita a conectar actores o detectar tendencias. Tiene que actuar como un mecanismo capaz de traducir desafíos empresariales en oportunidades de crecimiento para nuevas compañías. Los retos de innovación abierta, los programas de acompañamiento y las alianzas entre corporaciones y startups funcionan cuando parten de necesidades concretas y cuando permiten que las soluciones evolucionen desde el piloto hacia la aplicación real.
En sectores como el asegurador, esta lógica resulta especialmente relevante. La actividad aseguradora combina datos, gestión del riesgo, relación con el cliente, eficiencia operativa y confianza. Son ámbitos en los que la innovación necesita rigor, conocimiento profundo del mercado y capacidad para integrarse en procesos complejos. Por eso, el crecimiento del ecosistema insurtech depende en gran medida de la calidad de sus conexiones con el tejido corporativo.
La inteligencia artificial puede multiplicar esta dinámica. Su aportación más transformadora en los próximos años estará en acelerar la distancia entre una necesidad detectada y una solución aplicable. Permitirá probar modelos con mayor rapidez, personalizar servicios, anticipar riesgos, automatizar procesos y mejorar la toma de decisiones.
Para las startups, puede convertirse en una palanca de desarrollo y escalabilidad. Para las grandes empresas, en una herramienta para impulsar soluciones más precisas, eficientes y adaptadas a sus prioridades estratégicas.
La IA también elevará el nivel de exigencia. Las compañías capaces de combinar tecnología, conocimiento sectorial y capacidad de ejecución avanzarán con más fuerza. Los ecosistemas mejor conectados estarán en mejores condiciones para aprovechar esa ventaja, porque la tecnología genera más valor cuando encuentra problemas reales que resolver, datos sobre los que aprender y organizaciones preparadas para incorporarla.
Por eso, la madurez del ecosistema insurtech español debe entenderse como un punto de partida. La existencia de un tejido amplio y especializado abre una oportunidad relevante, pero su consolidación dependerá de la capacidad para seguir creando espacios de colaboración entre startups, aseguradoras, inversores, universidades y centros de conocimiento. La innovación necesita continuidad, retos bien definidos y una apuesta sostenida por parte de quienes pueden convertir una buena solución en una compañía con recorrido.
El ecosistema insurtech español ha demostrado aportación de talento, especialización y capacidad emprendedora. La siguiente etapa exige convertir esa base en crecimiento. Para lograrlo, la gran empresa tiene que seguir actuando como motor de innovación corporativa, generando retos, acompañando soluciones y facilitando que las startups con mayor potencial puedan convertirse en las scaleups del futuro.
Construir ecosistemas capaces de crecer implica precisamente eso. Crear las condiciones para que la innovación encuentre mercado, para que la tecnología se transforme en valor y para que la colaboración entre grandes compañías y nuevos actores impulse una nueva fase de competitividad.
***Ángel Uzquiza, Director de Innovación corporativa en Santalucía