Muchos todavía creen que la base fundamental del capitalismo es la ley de la oferta y la demanda, el perfecto equilibrio (a veces, corregido por la acción del Estado) que garantiza el suministro global y mantiene el esfuerzo innovador para que la competitividad en ese mercado tan magnífico no se vea dañada. Pero no se lleven a engaño: el capitalismo se fundamenta, sobre todo, en la confianza entre pares. Si ponemos nuestra mirada en los parqués, encontramos la verdad detrás de mi osada afirmación: lo que mueve a los inversores a entrar o salir de un valor no son datos empíricos ni análisis técnicos de fondo, sino los mismos vaivenes geopolíticos o las 'sensaciones' que se van imponiendo en el imaginario colectivo. Factores más subjetivos e interpretativos que objetivos; factores que en última instancia pueden resumirse en un juicio de confianza.
Si eso ocurre en las Bolsas, el fenómeno se produce de forma extraordinaria en las etapas anteriores a la llegada a los mercados bursátiles. Y en los próximos meses vamos a ver cómo ambos mundos se confrontan entre sí y demuestran hasta dónde la confianza ciega en esta nueva era tecnológica puede llegar (o confirmarse como realidades tangibles).
Me refiero, como no puede ser de otro modo, a la tríada de las empresas tecnológicas con mayor valoración del planeta: SpaceX, OpenAI y Anthropic. Las tres saldrán a Bolsa en las próximas semanas, con una valoración combinada de 2,6 a 3 billones de dólares. SpaceX debuta el 12 de junio en el Nasdaq bajo el ticker SPCX buscando recaudar 75.000 millones de dólares a una valoración de 1,75 billones; OpenAI planea su salida en la segunda mitad de 2026 o principios de 2027 con una valoración entre 852.000 millones y 1 billón de dólares, mientras que Anthropic apunta al cuarto trimestre de 2026 con una valoración que oscila entre 380.000 y 900.000 millones de dólares.
Las cifras son de otro planeta, y con un sustento difícil de justificar en cualquier otra industria que no sea la digital. SpaceX anticipa unos ingresos de 20.000 millones de dólares en 2026 con un margen EBITDA del 71%, pero cotizaría a 80 veces sus ventas estimadas, cuando Apple cotiza a 11 veces y Nvidia (sí, la todopoderosa Nvidia) a 25 veces. Pero es que a los creyentes, a los confiados, estos números todavía les parecen insuficientes: el mismo Elon Musk está pidiendo a los inversores que valoren la empresa en casi 100 veces sus ingresos anuales de 18.500 millones de dólares del año pasado.
OpenAI, la estrella de este particular circo, podría registrar una pérdida récord de 14.000 millones de dólares en 2026, con una economía de escala (en infraestructura y coste de cómputo) que no termina de alcanzarse nunca. De hecho, sin la salida a Bolsa, OpenAI podría quedarse completamente sin dinero a mediados de 2027 en tanto que la empresa de Sam Altman está incumpliendo sus propios objetivos internos según el Wall Street Journal: menos usuarios de los previstos, ingresos por debajo del plan y unos costes que siguen escalando como si no hubiera mañana. De hecho, tanto OpenAI como su rival Anthropic han situado en 2030 el momento de su break even; llámenme desconfiado por dudar de las cifras redondas que tanto hemos visto en mil y un planes estratégicos jamás satisfechos.
Ojo, como repito en cada análisis contrario a la corriente dominante del sector tecnológico o de los proveedores de IA: nadie duda de que la inteligencia artificial (y como extensión a las conexiones satelitales y los negocios espaciales de Musk) sea una innovación real y útil. Tampoco pongo en solfa que la IA vaya a protagonizar una revolución industrial, económica y social de un calado inusitado y harto complicado de predecir. Pero estas expectativas no pueden ser un velo que nos impida ver los números inmediatos, el posible efecto burbuja y el castillo de naipes financiero que tanto hemos denunciado en este mismo espacio.
Porque, si finalmente se demuestra un golpe similar al de las puntocom en los 2000, el dinero inteligente ya habrá ganado, indistintamente de quién sobreviva o quién caiga por el camino. Founders Fund de Peter Thiel en SpaceX vale decenas de miles de millones después de entrar cuando la empresa valía una fracción. Khosla Ventures, con el 5% de OpenAI desde 2019, mira cómo su inversión se multiplica por cientos. Microsoft, con el 27% de OpenAI (13.000 millones de dólares invertidos inicialmente, hoy valorados en aproximadamente 135.000 millones) y parte de los 15.000 millones de dólares combinados en Anthropic junto con Nvidia, ya ha convertido su apuesta en un tesoro multimillonario.
Nvidia, por su parte, invirtió 30.000 millones de dólares en la última ronda de OpenAI y además tiene comprometidos 100.000 millones de dólares para infraestructura en años próximos, sin contar su participación en Anthropic. Amazon, con 50.000 millones de dólares en la ronda de 122.000 millones de OpenAI, es su mayor inversor individual, por los 30.000 millones de Softbank. A su vez, los bancos de inversión Goldman Sachs y Morgan Stanley se frotan las manos con las comisiones. Las tres salidas a Bolsa podrían convertirse en una -mina de oro- por las comisiones que generarán.
Si las tres IPOs se ejecutan sin problemas y el mercado las absorbe, el Nasdaq 100 verá cómo aproximadamente el 7,5% de su capitalización corresponde a estas tres únicas empresas. Los ETFs y fondos indexados se verán obligados a rebalancear sus carteras, comprando estas acciones por su peso futuro y vendiendo otras empresas grandes para financiar las compras.
Pero, si no cumplen las ingentes expectativas que se han depositado en ellas, SpaceX, OpenAI y Anthropic no serán las únicas afectadas por el golpe. Cualquier firma que viva de vender expectativas se verá lastrada por la desconfianza que se impondría en el mercado. Recuerden el frenazo del capital riesgo en el ecosistema startup de hace un par de años o las dificultades de las tecnológicas en los 2000, de las que pocas -como Google o Amazon, que casualmente tenían modelos de negocio asentados- sobrevivieron. No quiero imaginarme el impacto indirecto, porque el daño colateral sería masivo. Y por si fuera poco, las IPOs absorberán liquidez del mercado, provocando ventas masivas en otras empresas para financiar compras, que finalmente no se verían compensadas.
Y de ahí, a un círculo vicioso de crisis de confianza general que llevará irremediablemente a una crisis económica de difícil resolución.