El Papa León XIV ha presentado recientemente su primera encíclica de su recién estrenado Pontificado y, como el común de los mortales y de las organizaciones, se ha dejado llevar en este convulso año de 2026 por el asunto del momento: la inteligencia artificial.

A este texto le ha llamado en ese lenguaje proverbial característico de la Santa Sede Magnifica Humanitas, y para completar el título la ha subtitulado así: sobre la salvaguarda de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial.

El documento se ha presentado con toda la fuerza del mayor gabinete de comunicación de nuestros tiempos como una suerte de renovada Doctrina Social de la Iglesia ante la intensidad de los cambios tecnológicos impulsados por la IA. Esto sí que no lo esperábamos, o quizás sí, al fin y al cabo la organización más antigua de la Tierra no podía permanecer impasible ante lo que está pasando.

Abrumado por esos dos grandes choques en lo alto de nuestros cielos entre la IA y el Sumo Pontífice, como simple mortal se me ha ocurrido escribir un pequeño decálogo (Decalogus hominis simplicis) con el que tratar de entender lo que está pasando aquí.

Primer punto: el Papa propone dos imágenes bíblicas como Norte y Sur de su brújula moral para entender su argumentario acerca de la IA y las personas. Por un lado se remite a la mítica Torre de Babel, ya saben aquel vano intento del ser humano de acercarse a las alturas donde habitan los dioses. Esto no le gusta a este Papa (en realidad a ninguno), porque lo considera una obra al margen del Altísimo, una suerte de homogeneización que destruye a la persona. Siempre nos dijeron que no juguemos con el fuego de Prometeo que luego pasa lo que pasa. Y por otro lado nos habla también de la reconstrucción de Jerusalén por Nehemías, un proyecto compartido y orientado al bien común. Y claro, nos propone este segundo modelo para navegar por esta época de tecnología deslumbrante. Aquí ya hay una pista de por dónde van los tiros. Sigamos.

Segundo: estos últimos días he leído muchas y variopintas interpretaciones sobre lo que está tratando de decirnos el Papa con la encíclica. Predominan las que consideran que nos está alertando sobre la importancia de preservar lo más humano que tenemos, basado en nuestra mortal imperfección, frente a esa obsesión enfermiza de los algoritmos de tratar de eliminar nuestros errores y, como dice la publicidad de nuestro tiempo, “ayudarnos a encontrar nuestra mejor versión” o “elevarnos y llevarnos hasta el próximo nivel” o “alcanzar la independencia del resto del mundo“ o cualquiera de esos sintagmas aborrecibles que inundan nuestras pantallas a poco que abras una aplicación y pretendas sencillamente encontrar la mejor receta para hacer una paella el próximo domingo, pues vienen tus hermanos y tus sobrinos a tu casa y quieres quedar bien. Ya estoy entrando en materia, aunque no lo crean.

Tercero: al tratar de establecer la importancia de la salvaguarda de la persona humana en la era de la IA, para lo cual el Papa pide literalmente desarmarla, tal vez sin quererlo (o tal vez queriendo, vamos, seguro que más bien es que sí) esté atribuyéndole un cierto carácter humanoide.

Por aquello de la confrontación entre iguales. Y aquí podemos encontrar una suerte de comparación con el Ángel Caído, sí, ya saben, aquel querubín de la tradición cristiana que fue expulsado del cielo por incitar al resto de los ángeles a rebelarse contra el Creador, de ahí que fuera condenado a vagar el resto de la eternidad por el infierno. Hay que recordar que dicho ángel era el más brillante, el más inteligente, el más lúcido, pero precisamente todo eso lo llevó a la perdición. ¿No será que el Papa nos está advirtiendo sobre el advenimiento de un nuevo Lucifer de múltiples caras pero encarnado en código y procesamiento masivo de datos?. Sigamos que nos estamos acercando al punto clave.

Cuarto: Linch Zhang ha escrito un artículo en Less Wrong en el que asegura que, después de un concienzudo análisis, concluye que algunas partes relevantes de la encíclica han sido escritas con IA, y muy probablemente el Vaticano haya utilizado Claude. Esto ya sería el acabose, para entendernos. En Less Wrong ya ha aparecido otro texto de otro autor que refuta esta hipótesis y lo hace de una manera especialmente ingeniosa: confiar ciegamente en un software para detectar si otro software escribió un documento sobre los peligros de confiar ciegamente en el software es, como mínimo, poético.

Pero si hay algo que apasiona a la Iglesia desde tiempos ancestrales es la poesía. Y así estamos, entre la poética, la incertidumbre y el no vivir con estas cosas. De hecho conviene ponerse de modo hipotético en lo peor: ¿y si ha habido asesores del Papa, cardenales, o qué se yo, ujieres mayores, que sí han utilizado IA para escribir una parte de la encíclica que critica a la IA y no se lo han dicho al Santo Padre?. Anda que no pasan cosas intramuros. En cualquier caso la paradoja sería de otro mundo. Si uno conoce la historia del Vaticano y las prácticas de los mejores servicios de espionaje (La Santa Alianza) y de contraespionaje (Soladitium Pianum) del mundo, deberíamos ser más cautos a la hora de pronunciarnos sobre el verdadero significado de esta encíclica.

Quinto: como sigo escribiendo y he llegado al punto 5 del decálogo todavía introduciendo el asunto, va siendo hora de que plantee mi argumento. Estamos de nuevo ante la enésima lucha por el poder entre las organizaciones más poderosas. Algo tan irremediablemente humano que todas las religiones y entre ellas la Iglesia Católica, no pueden sustraerse a ello.

Mi tesis es que el Papa ya tiene claro que la nueva religión de nuevo cuño que comienza a ser abrazada por millones de personas en todo el mundo se llama inteligencia artificial. Los jerarcas de Roma siempre tuvieron claro desde el inicio hace más de 2000 años que el éxito de aquella extraña fe que surgió en una provincia lejana del imperio romano combinó una teología emocionalmente muy poderosa, con una organización muy práctica, y llegó en el momento justo de crisis y vacío institucional. ¿No notan un cierto parecido con la actualidad?

Sexto: la gente ha dejado de preguntar a sus sacerdotes y pregunta desde sus teléfonos y ordenadores a la IA. Sí, discutimos mucho de cómo escriben, de cómo redactan textos largos, de cómo investigan, hacen presentaciones, impactan sobre las empresas y todo eso, pero lo más fuerte es que ya son los principales confesores, amigos, colegas y psicólogos para millones de personas. ¿A quién le pregunto si mi novio o novia me quiere de verdad? ¿Con quién consulto sobre mis meses de hastío y aburrimiento y sus causas? ¿Qué horizonte es más relevante para cada vez más personas, el más allá con su bruma de incertidumbre o el más acá con la perfección algorítmica que nos anuncia la corrección de nuestras imperfecciones mortales? Aquí se vislumbra una competencia y de las duras. Puestas así las cosas Magnifica humanitas trata de dar un golpe encima de la mesa: la idea del hombre hecho a imagen y semejanza de Dios pero sin sus atributos no puede sucumbir ante una nueva narrativa que se extiende, esta vez por todos los rincones del mundo, para establecer otra tipo de jerarquía: frente a la Creación la lógica de la optimización, la idolatría de la eficiencia, la superación sistemática del error. Una Lux Calculata.

Séptimo: el dato que corrobora esta hipótesis es la presencia en el evento de presentación de la encíclica, y al lado del Papa, de Dario Amodei, uno de los fundadores de Anthropic. Dicen que ellos quieren ser vistos como la IA buena y eso les acerca más a la Iglesia que por ejemplo la gente de Palentir que son como los bárbaros de toda la vida que amaban la guerra y el conflicto por encima de todas las cosas. Si la IA es la nueva religión global entonces Amodei fue a Roma a tomar apuntes.

Anthropic elaboró una Constitución pero nadie se la ha leído, y quizás se han dado cuenta que lo que tienen que aprender de la Iglesia no es tanto la teología, sino la gestión del misterio a escala: cómo mantener la fe de millones de personas en algo que nadie comprende del todo, cómo sobrevivir a los escándalos sin perder la narrativa central y cómo construir una institución que dure más que sus fundadores.

Octavo: seguimos atando cabos. Tenemos una nueva religión que es la IA. Y tenemos un nuevo Dios, más bien Diosa, la IAG (Inteligencia Artificial General): omnisciente y omnipotente, que aún no ha llegado pero cuya venida se anuncia, aún no podemos describirla, solo aproximarnos a ella. Y además femenina. Aquí hay un poder blando imbatible.

Tenemos también profetas: Turing fue el primero, el fundacional; pero luego tenemos a Kurzweil , y otros como Altman y Musk (estos últimos un poco vendidos al capital, eso sí). Tenemos hasta viejas escrituras (Computing Machinery and Intelligence de Turing que data de 1950) y nuevas (Attention is all you need de 2017).

Sólo faltaba que alguien hiciera de Anticristo y esto es precisamente de lo que habló Peter Thiel hace un par de meses en Roma en un seminario privado donde llegó a decir que hay un Anticristo bíblico que está frenando el progreso tecnológico y la innovación (¿se estaba refiriendo al Papa?), y que él aboga por una superplutocracia y una aceleración de la IA para llegar a jugar en otra liga. Al parecer, el asesor de máxima confianza del Papa en esta materia, un franciscano que viste con túnica y que no tiene ni redes sociales pero que es un hacha en todo esto de la ética tecnológica, llegó a expresar que la conferencia de Thiel era claramente una herejía. Ahora no me podrán negar que la cosa va de religión y de poder.

Noveno: el problema, como siempre que nace una nueva religión, es que hay peleas. Ocurrió al principio del cristianismo (desde la naturaleza de Jesucristo, su verdadero origen, su relación con Dios o cómo salvarse hasta la disputa que creó el Espíritu Santo que impulsó el cisma de Oriente hace más de 1000 años y que dura hasta nuestros días), y también cuando emergió hace cinco siglos la Reforma Protestante al grito de que la conciencia individual debía prevalecer sobre la institución, y después, como precisamente cada uno podía tener su interpretación, cada debate en el protestantismo se iba resolviendo con una escisión, y así aparecieron los calvinistas, los anabaptistas, los anglicanos, los presbiterianos, los baptistas, los mormones, los testigos de Jehová, etc, en un fenómeno de división que todavía no se ha detenido. En la Iglesia católica supieron resolverlo con los concilios ecuménicos: los perdedores solían ser considerados herejes en su día, hoy quedan en minoría y ya. ¿Creen que no hay peleas entre los principales líderes de la IA?

Décimo: ahí tienen a OpenAI, a Anthropic (una escisión de OpenAI por cuestiones éticas de fondo sobre la naturaleza de esta nueva fe), Gemini (que viene de los antiguos sumos sacerdotes de Google), y otros más.

Todas ellas podríamos considerarlas como meras corrientes que tratan con diferentes esfuerzos, recursos y narrativas de llegar al mismo punto: la promesa de un futuro mejor, de mejoras incrementales, de absoluta felicidad, bienestar e incluso de la abolición de la escasez (habrá maná para todos y no tendremos que trabajar, según los profetas más lanzados). El verdadero cisma central podría llegar a ocurrir si ese futuro estuviera disponible para todos (Open Source), o por el contrario habrá que pagar (y mucho) por ello (Closed Source). De momento van ganando estos últimos. León XIV no está bendiciendo a la IA ni condenándola, aunque sí advirtiéndola.

Está haciendo algo más antiguo y más astuto: está intentando bautizarla: incorporarla al relato cristiano antes de que el relato cristiano quede fuera del relato de la IA. Es lo que la Iglesia hizo con el platonismo, con el aristotelismo, con la ilustración, con la lucha obrera, con la democracia. Absorber, renombrar, sobrevivir. Ahora que lo pienso todo esto se parece cada vez más a las disputas entre el Frente de Judea y el Frente Popular de Judea.

Mi conclusión: vuelvan a ver La vida de Bryan y, aparte de echarse unas buenas carcajadas, entenderán mucho mejor de qué va todo esto de la encíclica y la IA.