Antonio Navarro, presidente ejecutivo de Miriad Global.

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Opinión FAST & FORWARD

Capacidad industrial propia, la base de la soberanía europea en defensa

Antonio Navarro Rodríguez
Publicada

El orden internacional se reconfigura a una velocidad que no deja margen para la deliberación pausada en términos de defensa. Estados Unidos está cambiando sus prioridades estratégicas. China lidera ya muchas industrias críticas y amplía su dominio en los mercados globales. La agresión rusa contra Ucrania ha devuelto la guerra a Europa y ha alterado los frentes de batalla, acelerando de forma irreversible la robotización y automatización de las operaciones militares. Lo que antes los ejércitos tardaban una generación en asimilar ahora ocurre en cuestión meses.

En el futuro, poder fabricar las capacidades necesarias para desenvolverse en este nuevo escenario determinará quién tiene poder de decisión. Esa es la realidad a la que nos enfrentamos en Europa.

Esta vertiginosa aceleración ha destapado la excesiva dependencia europea en tecnologías críticas, un problema que el continente llevaba años esquivando. Durante décadas, en defensa algunos confundieron acceso a la tecnología con soberanía tecnológica. Poder comprar una tecnología en el mercado global les parecía suficiente, y lo cierto es que eso funcionó mientras el mercado respondía a unas reglas estables.

Pero hoy las reglas se están reescribiendo y Europa descubre que el suministro que creía garantizado puede interrumpirse, condicionarse o encarecerse de forma inesperada, de ahí que apostar por tener capacidad de producción propia sea hoy una prioridad estratégica ineludible.

La soberanía es hoy, ante todo, control sobre una cadena de valor. Un país la ejerce de verdad cuando puede diseñar, fabricar e integrar sus propios sistemas críticos y mantener la autoridad sobre cada eslabón de ese proceso. Esa cadena, tomada en su conjunto, determina si una nación puede actuar con autonomía real cuando las circunstancias lo exigen. Tener ese control íntegro también permite adaptar los sistemas con rapidez cuando los requerimientos cambian, algo que en el ámbito de la defensa ocurre con una frecuencia y a una velocidad que pocos imaginan.

España ya ha dado pasos relevantes en esa dirección. Con la aprobación de la Estrategia Deep Tech España 2026-2030, el Gobierno ha situado la robótica y los sistemas autónomos entre las diez áreas tecnológicas prioritarias para el país. El Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y la Defensa apunta al mismo objetivo. Son marcos que, por primera vez en mucho tiempo, conectan ambición estratégica y realidad industrial.

La autonomía estratégica que ambicionamos se fabrica y sostiene en el tiempo con actores especializados que aúnan investigación, ingeniería y producción bajo una misma arquitectura industrial. Esa integración es la condición que determina si la soberanía industrial es real o una mera declaración de intenciones. Europa ha demostrado, en el caso de otras industrias, que puede construir cadenas de valor complejas, con vocación continental y capaces de competir a escala global. Lo que hace falta ahora es aplicar esa determinación a las tecnologías que definirán nuestra seguridad en las décadas venideras.

Una oportunidad para construir liderazgo

Los sistemas autónomos terrestres ilustran bien el alcance de esta oportunidad. Los componentes que los hacen posibles son muy diversos: incluyen estructuras mecánicas complejas, electrónica, software, comunicaciones, cargas útiles e integración de sistemas. Desarrollar y fabricar cada uno de ellos dentro del país genera tejido industrial, empleo muy cualificado y conocimiento tecnológico que permanecen.

Buena parte de esas capacidades tienen, además, aplicaciones civiles que refuerzan el tejido productivo en otros sectores más allá de la defensa. Por eso estamos convencidos de que la robótica y los sistemas autónomos representan para España una oportunidad concreta de construir liderazgo industrial en un sector con décadas de crecimiento por delante.

El modelo que funciona en este ámbito tiene exigencias que Europa ha practicado poco: ciclos cortos de validación entre industria y Fuerzas Armadas, empresas con músculo para producir a escala y una relación continua con los usuarios finales de la tecnología. En defensa, esa última condición es determinante. Los requerimientos operativos cambian con los conflictos, a veces de una semana a otra. La innovación, lejos de ser un proceso lineal del laboratorio al campo, es una conversación permanente entre quienes utilizan la tecnología y quienes la conciben y construyen, y esa proximidad es tan estratégica como la tecnología misma.

Europa tiene todos los ingredientes para liderar ese espacio. Un tejido científico de primer nivel, una base industrial con décadas de experiencia y una generación de ingenieros preparada para construir lo que viene. Hace falta la determinación para unirlo todo bajo un mismo modelo industrial, con la misma ambición con la que otros ya lo están haciendo. En este siglo la soberanía se medirá por la capacidad de fabricar lo que uno necesita cuando lo necesita. Europa lo sabe desde hace tiempo. Ha llegado la hora de demostrarlo.

***Antonio Navarro Rodríguez es presidente ejecutivo de Miriad Global