Mauri O'Brien, director de relaciones institucionales de Nanoma.
La despoblación en la España rural es un hecho agudizante. Más de ocho mil municipios conforman el país, de ellos el 42,2% presentan problemas de despoblación. En los últimos 20 años la población de municipios de mil o menos de mil habitantes se ha reducido en un 8,9%, pasando a concentrar tan solo el 3% de la población total. Un desequilibrio territorial nacional evidente dado que el 81% de la población vive en zonas urbanas. Ante este escenario, los recetarios y fórmulas que avanzan en la definición de causas y soluciones son múltiples. ¿La nuestra? La economía social y la innovación como foco.
Han pasado 76 años desde que el éxodo rural masivo de la década de 1950 comenzara a vaciar amplias zonas de nuestro territorio. En aquel momento, las mejoras salariales y la mecanización del sector agrario actuaron como principales motores de cambio, así comenzaba un proceso que persiste en el tiempo.
Hoy, esta tónica envuelve a todo el territorio, destacando las comunidades autónomas de Castilla y León, Asturias, Castilla-La Mancha, Extremadura y Aragón. Si analizamos los factores comunes, el gran peso del sector primario en la estructura productiva y la falta de industrialización de algunas de sus provincias aparecen como una realidad compartida, así como la dimensión territorial y las características de su distribución poblacional: pueblos pequeños, separados entre sí, en muchas ocasiones mal comunicados, lejos de las cabeceras de comarca y afectados por las consecuencias de estas situaciones: la falta de todo tipo de servicios. A todo ello se suma la crisis de la vivienda que afecta a todo el país.
Ante esta realidad, las respuestas institucionales, desde el nivel supranacional hasta el ámbito territorial más cercano, han sido constantes, aunque en muchos casos insuficientes. Iniciativas como la visión a largo plazo para las zonas rurales de la Comisión Europea, el Pacto Rural Europeo, proyectos Horizon como RURACTIVE o los fondos LEADER, junto con las Estrategias Nacionales para la Equidad Territorial, líneas de apoyo a proyectos innovadores como Reto Demográfico, programas formativos como Campus Rural, así como las normativas autonómicas y las ayudas impulsadas por las diputaciones, reflejan un esfuerzo sostenido en el tiempo que no ha bastado.
Este desafío requiere de la participación global de todos los actores que componen los municipios y las comarcas que se enfrentan a esta tendencia, se trata de encontrar las soluciones que permitan que los territorios rurales solo sean sinónimo de calidad de vida, comunidad y progreso. Es ante esta dimensión donde la economía social emerge como respuesta. Si queremos que las zonas rurales sumen, debemos situar a las personas en el centro de toda acción y hacer del comunitarismo una rutina. Debemos reconstruir espacios donde el tejido productivo genere procesos positivos de crecimiento, situando el equilibrio medioambiental y el bienestar social también como meta.
Y para ello no solo es necesario transformar narrativas y marcos interpretativos, sino también generar nuevas dinámicas que, por un lado, reconfiguren las estructuras de producción, inspirándose en los procesos colectivos y en las formas de socialización que aún persisten en el medio rural; y por otro, articulen mecanismos participativos y espacios comunes de colaboración en áreas estratégicas como vivienda, energía, movilidad, agroecología, cultura, cuidados… que favorezcan la emergencia de innovación ecosocial. Será a través de ella como se activen las palancas necesarias para movilizar los activos del territorio y lograr un equilibrio entre el uso de los recursos disponibles y la generación de riqueza.
Puede parecer complejo, pero son dinámicas no muy lejanas de lo que nuestros pueblos ya fueron un día. Y aunque pueda parecer que el mundo va hacia otro lado, es una realidad que comienza a recuperarse en muchos lugares.
Podemos decir así que hay partes del rural español que están llenas de proyectos innovadores que despiertan conciencias y nuevas formas de vivir. Desde redes nacionales que son laboratorios para la vivienda asequible y sostenible como LivingLab Rural, hasta proyectos de arte como Genalguacil Pueblo Museo en la Serranía de Ronda, espacios culturales comunitarios como La Benéfica en Piloña, educación medioambiental de Fundación Vital en Yernes y Tameza, proyectos de recuperación de tierras agrícolas como TestEo en la Ribera del Río Eo e iniciativas como Sende desarrolladas entre Galicia y Portugal que fomentan el teletrabajo en las zonas rurales. Esto son solo algunas demostraciones de buenas prácticas que evidencian las oportunidades y el potencial que queda por exprimir y visibilizar. Los primeros pasos ya están dados, queda trecho; falta que las redes crezcan, que la financiación se multiplique y que las experiencias existentes se extiendan por todo el territorio.
Si cada uno de los municipios en riesgo de despoblación toma ejemplo, el medio rural español no sólo revertirá la tendencia actual, sino que se consolidará como un referente de vida, innovación y oportunidades.
***Mauricio O`Brien es director de relaciones institucionales de Nanoma.