Los suelos franco-arenosos del sur de Córdoba, en Argentina, son perfectos para la cría de caballos de polo porque protegen como ninguno las articulaciones de los caballos. El clima de esta región también es excepcional para los aficionados a este deporte, con pocos meses de calor intenso. Y por si fuera poco, en Río Cuarto se encuentra el mayor centro de transferencia embrionaria de la raza Polo Argentino, con más de 3.000 animales. Un universo apasionante, localizado en esta región latinoamericana, que combina al mundo animal, el deporte, el lujo y la innovación.
Puede sonar absurdo incluir cualquier consideración a la innovación en una conversación sobre caballos de polo. Incluso algún estimado lector estará pensando, a estas alturas, si esta columna ha cambiado de temática de forma dramática para centrarse en los entresijos de los deportes minoritarios. Nada más lejos de la realidad: si me permiten unos segundos más de digresión llegaremos a un punto sumamente relevante para cualquier disruptor que se precie de serlo.
Esta semana, durante el lanzamiento de DISRUPTORES Américas en Miami, Paula Gialdi, CEO de la Asociación de Emprendedores Tecnológicos (Asetec) de Córdoba, mencionaba cómo una de sus startups más destacadas se dedicaba a la producción de forraje verde hidropónico (FVH), alternativa al heno convencional que es mucho más digestivo, con mayor cantidad de proteína y ofrece una mejor capacidad de recuperación tras los intensos ejercicios de estos preciados animales. Lo curioso de esta historia es que esta empresa se decidió a conquistar el mercado internacional de la hidroponía, poniendo sus miras en países como España donde, para sorpresa de nadie, el polo es un deporte cuanto menos residual.
Podría ser el final de esta corta anécdota, de no ser porque estos emprendedores no se dieron por vencidos y encontraron una particular aplicación para su tecnología: el cultivo del azafrán. El crocus sativus, a la sazón la especia más cara del mundo, es uno de los secretos mejor guardados de cocinas como la iraní, la india o, por supuesto, la española. No hay paella que sea digna de llamarse así que no lleve unas pocas hebras de este 'oro rojo'.
Los avispados argentinos encontraron en la hidroponía una fórmula magistral para controlar al milímetro su producción.
Es extraordinariamente interesante la conexión entre los caballos de polo argentinos y el azafrán español. Un ejemplo latente de cómo la innovación no entiende de fronteras, tampoco de cotos vedados. En este caso, una misma tecnología encuentra dos casos de uso completamente dispares, inusitados e inesperados a un lado y otro del Atlántico. En el ecosistema emprendedor llaman a esta actitud 'pivotar' en función de las necesidades del mercado, otros quizás podrían tildarlo de mera adaptación al medio, función intrínsecamente unida a la naturaleza humana.
Sea como fuere, es un ejemplo de que las transformaciones de base tecnológica deben siempre estar abiertas a la evolución, al cambio, a la serendipia. Y que aquellas empresas que no son capaces de virar cuando se produce un alto en el camino, como sucede ahora con el 'SaaSpocalypsis', suelen estar abocadas al fracaso.
Slack nació como un añadido a un videojuego (Glitch) antes de convertirse en una plataforma de comunicación empresarial. Nokia fabricaba papel y caucho allá por el siglo XIX, antes de convertirse en potencia de las telecomunicaciones. Instagram, más recientemente, nació como una 'app' para registrar restaurantes o establecimientos donde habíamos pasado un buen rato. IBM dio sus primeros pasos como fabricante de maquinaria para cortar carne. E incluso YouTube, en su origen, era una app de citas con vídeo.
Léase pues esta historia como un recordatorio tan manido como obviado de que la flexibilidad para abrazar cambios insospechados siempre ha sido un componente natural del proceso innovador. Es cierto que los ritmos se han acelerado de manera exponencial y que el ciclo de maduración y transformación es cada vez más breve e interrumpido por fuerzas de toda índole, a todo momento.
No comparto el componente social imperante de que 'sobrevivirán los que se muevan más rápido', porque la historia demuestra que no siempre ha sucedido de tal modo. Empero, sí que conviene no dormirse en los laureles del conformismo ni en la mirada corta al ombligo de cada cual si queremos tejer un modelo de negocio capaz de sobrevivir a cualesquiera inclemencias que nos vayamos encontrando por el camino.