En medio de los debates sobre los riesgos y amenazas de la inteligencia artificial, movidas entre el sensacionalismo y el oportunismo de muchas empresas para aligerar sus plantillas (bien lo sabemos en la industria de los medios de comunicación), no conviene olvidar otro problema de fondo asociado al auge de la IA: la deshumanización de las relaciones con las máquinas -e incluso las interpersonales mediadas con la propia tecnología-.

No es necesario ser un genio para darse cuenta del desplazamiento progresivo de los espacios en los que esas relaciones se construían, de tal forma que la necesidad de vínculo permanece intacta mientras la interacción que lo sostenía se reduce, se fragmenta o, directamente, se externaliza hacia sistemas que vacían de contenido buena parte de ese tejido conectivo.

En este estadio incipiente de esta tecnología, la cuestión no pasa por decidir si la inteligencia artificial humaniza o deshumaniza, sino por entender que está reordenando el mapa de la relación, concentrando lo humano en determinados puntos y colonizando todos los demás. Un fenómeno que sucede, además, con una coherencia que solo se aprecia cuando se engarzan datos que, de forma aislada, parecen apuntar en direcciones distintas pero que en conjunto dibujan un patrón bastante consistente.

En el ámbito del consumo, por ejemplo, Gartner dice el 50% de los usuarios declara que prefiere marcas que eviten el uso de inteligencia artificial generativa en contenidos visibles, mientras que el 68% reconoce que duda de la autenticidad de lo que ve en internet, lo que convierte la sospecha en estado basal de la experiencia digital. En paralelo, en el ámbito B2B, el 67% de los compradores opta por experiencias sin comerciales, eliminando al humano de buena parte del proceso.

Mientras tanto, en la esfera personal, más de la mitad de las personas a escala global admite haber utilizado sistemas de inteligencia artificial para apoyo emocional, cerca de un 43% reconoce que prefiere hablar primero con estos sistemas antes que con su entorno cercano, un 28% declara haber compartido aspectos vulnerables con un chatbot y un 17% admite que en ocasiones prefiere interactuar con estos sistemas antes que con otras personas. Muchos son los titulares dramáticos sobre algunos casos en que estas interacciones han llevado a desenlaces fatales, pero eso es otro menester que requiere de un análisis mucho más cuidado y pausado.

Volviendo al corazón de lo que nos ocupa hoy, esta reimaginación de las relaciones interpersonales se hace especialmente patente entre los más jóvenes, donde un 72% ha utilizado chatbots como si fuesen compañeros, un 33% reconoce algún tipo de relación con ellos y en torno a un 10% llega a considerar que esas conversaciones resultan más satisfactorias que las mantenidas con humanos, mientras que estudios adicionales apuntan a que uno de cada siete adultos no descarta la posibilidad de desarrollar un vínculo afectivo con sistemas de este tipo.

Sin caer en la complacencia, tenemos que admitir este un cambio en la distribución del tiempo relacional, porque la interacción humana no desaparece, pero deja de ocupar el mismo volumen dentro de la experiencia cotidiana, y eso tiene consecuencias profundas que van mucho más allá de la eficiencia o la automatización. La inteligencia artificial está irrumpiendo en aquellos espacios donde la interacción entre personas tenía lugar sin una finalidad estrictamente instrumental, en ese intercambio de baja intensidad que iba sedimentando confianza, reconocimiento y, en última instancia, vínculo, y lo hace ofreciendo algo que resulta difícil de igualar en términos operativos: disponibilidad constante, ausencia de juicio, reducción del coste emocional de interactuar y una respuesta inmediata que elimina latencias y simplifica la experiencia.

Empero, la cuita aparece cuando se observa que esa misma artificialidad que el usuario acepta e incluso incorpora en su esfera personal como espacio de interacción sin fricción es la que provoca rechazo cuando se hace visible en el discurso de una marca, porque lo que se cuestiona ahí no es la funcionalidad de la tecnología, sino su legitimidad como voz, su capacidad para ser percibida como auténtica en un entorno donde la sospecha ya forma parte del punto de partida. El mismo usuario que recurre a sistemas conversacionales para evitar el juicio o la incomodidad es el que se arredra cuando percibe que al otro lado de una comunicación corporativa no hay más que un robot, lo que obliga a distinguir entre dos planos que la narrativa dominante tiende a mezclar de forma interesada: el de la interacción como proceso y el de la relación como construcción simbólica.

Sin obviar que este desplazamiento, además, no ocurre en el vacío, sino sobre una base donde la fragilidad de los vínculos ya era una realidad previa, con porcentajes significativos de población que reconoce sentirse sola incluso en entornos acompañados, de modo que la inteligencia artificial no introduce la necesidad de conexión, sino que se inserta en ella ofreciendo una alternativa de bajo coste y bajo valor. De ahí que algunos estudios apunten a una correlación entre uso intensivo de sistemas conversacionales y mayores niveles de soledad o dependencia emocional: no nos basta con este sustituto parcial que reduce la exposición a la interacción humana en determinados contextos.

No quiero caer en alarmismos ni devolver ninguna conclusión cerrada. Tan sólo es una reflexión sobre el riesgo de una disociación cada vez más clara entre lo que consideramos valioso y lo que practicamos en nuestro día a día, con la IA como mera excusa tecnológica en esta transformación. Y una preocupación, creo que bastante humana, de que la conexión siga siendo humana en su aspiración mientras la interacción real sea principalmente mediada con máquinas. Distópico y preocupante a partes iguales, pero más que plausible visto lo visto.