Europa atraviesa uno de esos momentos históricos en los que las decisiones que se tomen hoy condicionarán su posición en el mundo durante las próximas décadas. La aceleración tecnológica, la competencia global por el liderazgo industrial y la creciente dimensión geopolítica de la innovación están redefiniendo el mapa económico internacional.

En este nuevo escenario, la capacidad de Europa para generar, financiar y escalar empresas tecnológicas se ha convertido en un elemento central de su competitividad y de su autonomía estratégica.

Durante años, el continente ha demostrado una extraordinaria capacidad científica. Universidades, centros de investigación y programas europeos han situado a Europa entre las regiones con mayor producción científica del mundo. Sin embargo, la gran cuestión sigue siendo la misma: cómo convertir ese conocimiento en innovación, empresa y crecimiento económico.

El desafío ya no es únicamente investigar más. Es transformar la investigación en innovación y la innovación en industria.

En los últimos años se ha producido un cambio relevante en el debate europeo. La innovación ha dejado de ser una cuestión sectorial para convertirse en una prioridad estratégica. No hablamos únicamente de startups o de nuevas tecnologías, sino de la capacidad de Europa para mantener su modelo económico, su tejido industrial y su capacidad de decisión en un mundo cada vez más competitivo.

La discusión sobre nuevas iniciativas europeas -como una futura Ley de Innovación que reduzca barreras regulatorias o instrumentos que faciliten el escalado de empresas tecnológicas en todo el mercado europeo- refleja precisamente esta toma de conciencia.

Europa necesita avanzar hacia un verdadero mercado único de la innovación, donde una startup que nace en cualquier país europeo pueda crecer con la misma facilidad con la que lo haría en otros grandes ecosistemas globales.

La fragmentación regulatoria, la dificultad para acceder a financiación en fases de crecimiento o las barreras administrativas siguen siendo obstáculos que limitan el desarrollo de muchas empresas innovadoras.

Superarlos es una condición imprescindible si Europa quiere competir en igualdad de condiciones en la próxima ola tecnológica.

Este reto es especialmente relevante en un momento en el que se están consolidando tecnologías que marcarán el futuro económico y geopolítico de las próximas décadas.

Los semiconductores, por ejemplo, se han convertido en un elemento crítico para sectores como la inteligencia artificial, la automoción o las telecomunicaciones. Las tecnologías cuánticas prometen transformar ámbitos como la computación, la seguridad o las comunicaciones.

Y la inteligencia artificial, por su parte, está empezando a redefinir prácticamente todos los sectores productivos.

En este contexto, la pregunta imprescindible es clara: ¿quién desarrollará estas tecnologías, quién construirá las empresas que las comercialicen y dónde se generará el valor económico asociado a ellas?

Europa no puede limitarse a ser un gran consumidor de tecnología. Debe aspirar a ser también un líder en su desarrollo y en su industrialización.

España tiene hoy una oportunidad real para desempeñar un papel relevante en este proceso.

Nuestro país cuenta con un ecosistema de innovación cada vez más dinámico, con empresas tecnológicas competitivas, universidades de gran nivel, centros de investigación de referencia y un tejido emprendedor que no ha dejado de crecer en los últimos años.

La digitalización de la economía, el desarrollo de nuevas capacidades tecnológicas y el impulso de la inversión en innovación están generando un entorno cada vez más favorable para el emprendimiento tecnológico.

Pero para consolidar este avance es necesario seguir trabajando en varios ámbitos clave: mejorar los mecanismos de financiación para empresas innovadoras, reforzar la transferencia de conocimiento entre universidad y empresa, impulsar la compra pública innovadora y fomentar la colaboración entre grandes compañías y startups.

La innovación no es el resultado de un único actor. Es el fruto de ecosistemas completos donde empresas, administraciones, universidades, centros tecnológicos e inversores trabajan de forma coordinada.

Más allá del debate, el objetivo es construir alianzas, conectar ecosistemas y anticipar políticas que permitirán a Europa liderar la próxima ola tecnológica.

Porque el verdadero desafío no es únicamente innovar más, sino innovar mejor, innovar más rápido y convertir esa innovación en empresas capaces de competir a escala global.

Europa ha demostrado a lo largo de su historia una enorme capacidad para reinventarse en momentos de cambio. Hoy nos encontramos ante uno de esos momentos.

La transición digital, el desarrollo de nuevas tecnologías y la transformación de la economía global ofrecen oportunidades extraordinarias para quienes sepan anticiparse.

Si Europa logra fortalecer su ecosistema de innovación, impulsar el emprendimiento tecnológico y construir un verdadero mercado único para las empresas innovadoras, no solo mejorará su competitividad. También reforzará su capacidad para definir su propio futuro en un mundo cada vez más tecnológico.

Y ese es, sin duda, uno de los grandes retos de nuestro tiempo.

*** Francisco Hortigüela es presidente de Ametic.