La fiebre de la inteligencia artificial, aún con todas las precauciones pertinentes para analizar este estadio confluente de euforia colectiva y decepción cotidiana, tiene una traslación directa en el mercado de los centros de datos. Siguiendo el rastro de las migajas de pan que dejan el hormigón, el cable, la deuda financiera y los megavatios. Sobre ello hemos hablado largo y tendido en estas mismas páginas, pero hay un rastro que escapa incluso de la realidad terrestre en la que vivimos que merece una reflexión en detalle.
La demanda de centros de datos se ha disparado al calor de esa carrera y, con ella, también se ha inflado una tensión cada vez menos disimulable entre la promesa de crecimiento infinito y la materialidad tozuda del mundo real: el suelo escasea, la red no da abasto, la refrigeración aprieta, los permisos se eternizan y el capital empieza a exigirse a sí mismo una fe casi religiosa. La cosa no es para menos: el autoerigido en gurú de la IA, el CEO de Nvidia Jensen Huang, estima que es necesario invertir entre tres y cuatro billones de dólares a nueva infraestructura antes de que termine la década.
Ante un escenario tan distópico como exagerado, surgen ocurrencias cada vez más desatadas en la cúspide del sector tecnológico. Cuando la demanda de cómputo crece más rápido que la capacidad de financiar, conectar y alimentar centros de datos convencionales, las élites se entregan a una competición singular: ver quién formula antes la siguiente huida hacia delante.
Ya no basta con instalar más racks, firmar más PPA o anunciar otra región cloud. Ahora toca imaginar centros de datos en órbita, bajo el mar, al calor de turbinas propias, o junto a cualquier enclave energético remoto donde todavía no haya llegado la congestión. Cuanto más severo es el cuello de botella, más barroca se vuelve la imaginación industrial. No porque esas soluciones sean hoy viables a escala, sino porque el sector necesita demostrar que siempre habrá una salida futura para justificar la expansión presente.
El mejor síntoma de esa deriva quizá sea el espacio. Elon Musk lo ha formulado sin demasiados ambages al sostener que la demanda eléctrica global de la IA no podrá satisfacerse sólo con soluciones terrestres sin imponer costes a comunidades y al entorno. Jeff Bezos también ha coqueteado con esa posibilidad, y Google ha llegado a poner nombre a su propio proyecto orbital. Pero luego llega el baño de realidad: Matt Garman, consejero delegado de AWS, ha echado agua fría al delirio de su propio jefe al admitir que estamos aún “muy lejos" de algo así, entre otras cosas porque “no hay suficientes cohetes” y porque, sencillamente, "no salen las cuentas”.
Hablamos de una grieta evidente entre la dialéctica y la aritmética, y no es una grieta menor. Si los centros de datos espaciales ganan espacio en el imaginario colectivo no es porque la tecnología esté madura, sino porque la presión sobre el modelo terrestre empieza a ser demasiado visible. La red eléctrica se ha convertido en el gran factor limitante.
Un informe de Bloom Energy señalaba en enero que aproximadamente un tercio de hiperescalares y operadores de colocation prevé campus totalmente alimentados in situ para 2030, y que la disponibilidad energética está redibujando la geografía del sector. Dicho en román paladino: si el enchufe convencional tarda demasiado, el nuevo reflejo corporativo consiste en llevarse la generación al patio trasero. O al delantero. O al descampado más cercano. Lo que está claro es que la industria no está resolviendo el problema de fondo; tan sólo está desplazándolo, troceándolo y encapsulándolo en soluciones cada vez más extremas.
Por eso tampoco debería sorprender que la alternativa de moda ya no sea sólo el cielo, sino también el agua. Una startup noruega quiere probar este año un microcentro de datos sumergido en las estructuras de una turbina eólica marina flotante, con la promesa de acercar computación a la energía y de usar el agua fría del mar como alivio térmico. Sobre el papel suena ingenioso, ya algunos hiperescalares probaron con barcos ideas similares.
Empero, también suena a una nueva vuelta de tuerca en esa liturgia de la excepcionalidad que acompaña al sector desde hace dos años. Porque cada una de estas soluciones lleva engarzado su propio rosario de problemas: corrosión, mantenimiento, conectividad, latencia, resiliencia operativa, costes de despliegue. Pero el mero hecho de que se planteen ya dice bastante del momento que atravesamos. Cuando un negocio empieza a contemplar con seriedad el fondo del océano y la órbita baja como extensiones razonables de su hoja de ruta, es que la frontera física en tierra firme se le ha quedado pequeña.
La otra cara de esta historia, menos futurista y bastante más crítica si cabe, es la financiación. Aquí es donde la retórica se encuentra con la contabilidad pura y dura. Oracle, convertida de pronto en actor central del gran casero de IA (como se autodefinía su CEO Mike Sicilia en entrevista con DISRUPTORES), estudia nuevos recortes de plantilla para liberar caja en pleno despliegue de centros de datos, después de haber anunciado que podría captar hasta 50.000 millones de dólares para construir instalaciones para clientes como AMD, Meta, Nvidia, OpenAI, TikTok o xAI, y en medio de un contrato de 300.000 millones con OpenAI que ya ha agitado las alarmas del mercado.
La pregunta de fondo no es si habrá demanda de cómputo. La habrá. La cuestión es qué peajes laborales, financieros y estratégicos van a aceptarse para alimentar esa demanda sin reconocer todavía que quizá el modelo entero está empezando a pedir demasiado, demasiado pronto y a demasiada escala.
¿Estamos asistiendo al nacimiento de una suerte de teología de la infraestructura? Quizás sea eso, que se está gestando la convicción generalizada de que cualquier límite físico puede posponerse con suficiente capital, suficiente narrativa y suficiente capacidad de imponer el marco mental adecuado al mercado. Si falla la red, se monta generación propia. Si falta suelo, se busca costa. Si la costa no basta, se mira al espacio. Si la cuenta no sale, ya se buscará otra ronda, otra emisión de deuda, otro socio, otro recorte de plantilla u otra promesa. Y en esas seguimos...