La industria tecnológica mantiene una imagen muy altiva de sí misma, creando y atesorando una sucesión interminable de epifanías autocumplidas: el nuevo chip, la nueva pantalla, el nuevo algoritmo que promete reorganizar el mundo. Una visión en la que cada año se reproducen como esporas los acontecimientos históricos que mantienen a la industria dependiente de una espiral exponencial de difícil resolución. Y desde que la inteligencia artificial generativa entró en nuestras vidas, este fenómeno se ha vuelto más evidente y palpable que nunca.
Pero de vez en cuando el mercado recuerda que la economía digital también está sometida a algo mucho más terrenal: la contabilidad de los costes. El ambiente descafeinado (voy a usar ese término durante bastantes semanas) del Mobile World Congress 2026 se debió en parte a la guerra en Oriente Medio pero, también, a un ritmo entre los discursos y la realidad completamente desacompasado. Mientras las grandes firmas proclaman las escasas novedades del curso, el mundo de las verdades muestra enormes dificultades de crecimiento y de gestión de las expectativas.
Ahí es donde conviene mirar para entender el momento que atraviesa el negocio de los dispositivos electrónicos. Gartner ya da por hecho una sacudida en las ventas de ordenadores personales (con una caída en 2026 de un 10,4%) y los de smartphones (un 8,4% abajo). Se trata de la contracción más pronunciada del mercado en más de una década.
No se trata de una súbita desafección tecnológica ni de un desplome del interés por los dispositivos en sí mismos, (aunque el argumento de la inteligencia artificial integrada sigue sin despertar interés en el consumidor final), sino del impacto acumulado de una variable mucho más prosaica: el encarecimiento de los semiconductores y, en particular, de las memorias.
Todo el sector está al corriente de esta problemática, como ya comentaba con Pauli Amat, máximo responsable de TD SYNNEX en Iberia, en la entrevista publicada la pasada semana. Pero la firma de análisis amplía los temores a cotas que no veíamos desde la crisis de suministro en la pandemia: las DRAM y unidades SSD podrían disparar su precio combinado hasta un 130% antes de finales de año. Trasladado a la factura final, eso implica dispositivos aproximadamente un 17% más caros en el caso de los PC y un 13% en los smartphones.
El efecto en la demanda es inmediato y perfectamente racional: si el salto de precio crece más rápido que el salto de prestaciones, el comprador alarga la vida útil del equipo. Gartner calcula que la duración media de los PC podría aumentar hasta un 15% en el entorno empresarial y un 20% entre consumidores antes de que termine 2026.
Y cuando eso ocurre, el mercado se enfría: se venden menos unidades, la demanda se desplaza hacia gamas más altas y el segmento de entrada empieza a tambalearse hasta el punto de que la consultora anticipa su posible desaparición hacia 2028. Justo en la semana en que Apple, la antaño vanagloriada marca de lujo, se introduce en el segmento de bajo coste.
Durante dos décadas el sector del hardware ha vivido espoleado por ciclos de renovación cada vez más rápidos, una especie de contabilidad de la promesa en la que cada generación justificaba la siguiente. Empero, cuando ese mecanismo se desacelera, y eso es lo que está sucediendo justo ahora, la industria tiene que buscar otro hype capaz de sostener el crecimiento.
Ahí encaja el actual ditirambo colectivo alrededor de la inteligencia artificial. Los PC con IA, los teléfonos capaces de ejecutar modelos localmente o los agentes que prometen automatizar tareas durante días forman parte de ese intento de reconstruir un argumento de compra. Pero incluso ahí aparece la cautela: el propio informe de Gartner advierte de que la adopción masiva de estos dispositivos podría retrasarse hasta 2027. El propio MWC 2026 es la buena prueba de este desinterés a fecha de hoy.
Por eso el sector empieza a desplazar su centro de gravedad hacia otro lugar del tablero: infraestructuras, centros de datos, cloud, redes, automatización industrial. En tanto, el hardware personal entra en una fase de madurez económica donde el volumen ya no crece por pura inercia tecnológica.
Es una transición complicada para una industria acostumbrada a vivir del entusiasmo permanente. El precio de la memoria, en este caso, está descafeinando a la industria más milmillonaria y altiva de todos los tiempos.