Hace ya tiempo que hablamos mucho de la inteligencia artificial, la mayoría de las veces con un toque muy de hype o muy catastrofista. ¿Quién no ha oído decir cosas como que la IA va a destruir miles o millones de empleos? Desde mi perspectiva, creo que tiene un poder transformador innegable y que puede ser de gran utilidad para mejorar déficits tan evidentes como el de la conciliación familiar o el de la productividad.

Cuando hablo con la dirección de grandes empresas siempre oigo lo mismo: hemos invertido X millones de euros en la inteligencia artificial. Y eso que no incluyen la inversión no controlada de la que nos hablaba Alberto Iglesias hace unos días en este mismo medio, 'Shadow AI': las empresas están poniendo datos sensibles en peligro con la inteligencia artificial sin siquiera saberlo.

La realidad es que el retorno de la inversión en IA de muchas empresas y organismos todavía está lejos de ser medible o cuantificable de manera no marquetiniana. Los que le sacan más rendimiento, por el momento, son los hackers. Pero eso no implica que la IA no pueda aportar mucho a las organizaciones, por ejemplo en temas tan importantes como la mejora de la eficiencia, la productividad o, por qué no, reducir el no siempre necesario presencialismo y permitir mejorar la conciliación laboral.

Volviendo a la idea del apocalipsis del mercado laboral, siempre me ha parecido muy ilustrativo el ejemplo de los ascensoristas del siglo pasado. Desaparecieron, igual que muchos otros trabajos, pero aparecieron otros que encima estaban mejor retribuidos. Supongo que estamos en una fase de redefinición de roles, igual que estamos en una fase de redefinición de tareas y de modelos de negocio.

No tengo muchos datos sobre este tema, pero según los datos de LinkedIn a principios de este año la IA ya ha generado 1,3 millones de nuevos empleos a nivel global. Es posible y deseable que el valor que aportemos las personas al desempeñar nuestros trabajos se esté transformando y evolucionando desde la ejecución de tareas repetitivas con poco valor añadido hacia el criterio, la supervisión y la validación de las tareas, dándonos la opción de aportar mucho más.

¿Os imagináis que la IA ayuda a que la gran promesa de la conciliación y el bienestar se convierta en una realidad? Yo sí, y no sólo porque sea un optimista por naturaleza, sino porque estoy convencido de que la reducción de tareas repetitivas, la implementación de políticas de recursos humanos más inteligentes para la asignación de turnos, el diseño de ​​políticas de flexibilidad que antes eran inviables van a ayudar a reducir el absentismo (que en España ronda el 7%) y a permitir una mejor adaptación a la vida personal de los empleados.

Es cierto que después de la pandemia, en los sectores más tradicionales, se ha ido volviendo progresivamente al presencialismo. Igual que es cierto que hay trabajos que exigen que las personas que los desempeñan estén presencialmente, pero no debemos olvidar que la IA facilita la transición de un modelo presencialista (aquí incluyo el digital) a uno de objetivos. Si conseguimos medir las cosas de forma más precisa, las organizaciones se irán sintiendo más seguras progresivamente y confiarán más en los datos que en dichos tan españoles como el de “el ojo del pastor engorda el ganado”.

Gracias a la IA, tengo la esperanza de que volvamos a ver a más gente teletrabajando y disfrutando de mayor flexibilidad horaria. Ojalá no volvamos a oír a nadie decir que su trabajo ha hipotecado su vida, su salud y su felicidad. Puestos a soñar, esperemos que seamos capaces de controlar ese pecado tan humano: la avaricia. Porque esto no va de usar la IA para pedir más a la gente y reactivar el burnout a cotas todavía peores. Esto va de apalancarse en la IA para redefinir roles y esto sí que aporta, esto sí que reduce el absentismo laboral y sí que mejora la atracción y la retención de talento.