Durante años, hablar de Made in Europe era casi un ejercicio de branding. Una forma amable de reivindicar estándares, calidad o valores compartidos. Hoy es una conversación incómoda, estratégica y profundamente política. Porque lo que está en juego ya no es una etiqueta: es la capacidad de Europa para decidir su propio futuro económico e industrial en un mundo incierto e inseguro.
Europa ha pasado, casi sin darse cuenta, del made in Europe al designed in Europe. Innovamos aquí, pero fabricamos fuera. Y cuando una región pierde la capacidad de producir, empieza también a perder capacidad de elección. Mientras tanto, aquellos países a los que externalizamos nuestras fábricas controlan hoy las cadenas de valor globales, inundan nuestros mercados con productos más competitivos y, en muchos casos, fuertemente subvencionados.
China lo entendió antes que nadie. A través de subvenciones masivas, planificación tecnológica y decisiones industriales estratégicas, controla alrededor del 80% de la producción mundial de paneles fotovoltaicos y baterías, además de más de dos tercios de la extracción y refinado de tierras raras. En 2024 captó el 76% de la inversión mundial en nuevas fábricas de cleantech. Su estrategia de sobrecapacidad industrial no es accidental: reduce precios, desplaza competidores y redefine el equilibrio global.
La industria, que durante un tiempo Europa trató como una cuestión puramente económica, ha regresado como un instrumento de poder. Estados Unidos lo entendió pronto, con una política industrial explícita y agresiva. China nunca dejó de actuar en esa dirección y ejecutó su estrategia clara y a largo plazo. Europa se ha sobre diagnosticado…
Sin industria local, no hay autonomía. Descarbonizar ya no es solo una cuestión climática: es decidir quién fabricará las tecnologías que sostendrán la economía del siglo XXI -baterías, electrolizadores, redes inteligentes, almacenamiento, soluciones industriales limpias-.
En este contexto, el capital se mueve con pragmatismo. Busca estabilidad, escala y reglas claras. Por eso resulta especialmente revelador que, incluso en un entorno de enfriamiento del discurso ESG y mayor cautela macroeconómica, la inversión en cleantech en España y Portugal haya alcanzado en 2025 un récord histórico: 768 millones de euros. La tendencia apunta a un menor número de rondas de inversión, pero a rondas con más volumen, en fases de crecimiento y de despliegue industrial. Noticias de las buenas, que merecen más espacio.
El capital no está desapareciendo. Está seleccionando mejor. Ya no persigue solo narrativas verdes. Busca activos industriales estratégicos. Energía, redes, movilidad, industria limpia. Sectores intensivos en capital, sí, pero también en competitividad futura.
Europa tiene una ventaja indiscutible: la tecnología. Muchas de las soluciones que definirán la transición energética y digital nacen aquí. El problema no es la innovación. El problema es lo que ocurre después. Europa inventa, pero otros escalan.
Y ahí es donde la política industrial deja de ser teoría para convertirse en una necesidad práctica. No para sustituir al mercado, sino para reducir el riesgo cuando la industria da sus primeros pasos a escala. Para evitar que las tecnologías nacidas en Europa terminen creando empleo, valor y liderazgo en otros continentes.
Esto exige hablar, sin complejos, de capacidad industrial local. No como una barrera proteccionista, sino como una condición estratégica. Una lógica sencilla: cuando el dinero público europeo entra en juego, debe contribuir a construir capacidad productiva europea.
Estados Unidos lleva décadas aplicando esta filosofía con el Buy American Act, reforzado por el Inflation Reduction Act, que ha multiplicado su capacidad industrial en sectores clave. China lo aplica desde los años noventa en ámbitos estratégicos como la energía eólica.
El Made in Europe, regulación prevista para el 26 de febrero, será mucho más que un nuevo marco normativo. Será una prueba de credibilidad. Una señal al mundo — y a nosotros mismos — sobre si Europa está dispuesta a pasar del diseño a la fabricación, de la ambición a la acción.
La capacidad industrial local ofrece tres beneficios claros. Primero, ancla tecnología y valor añadido, reforzando nuestra autonomía económica. Segundo, genera empleo duradero y fortalece la base fiscal y social europea. Y tercero, atrae capital privado al ofrecer lo que los inversores realmente buscan: visibilidad y escala.
Porque los inversores no piden subsidios eternos. Piden certezas.
Europa debe empezar a pensarse como una potencia industrial. La eficiencia ya no se mide solo en precio. Se mide también en resiliencia, capacidad de decisión y autonomía estratégica. Los aranceles son instrumentos limitados. Los marcos regulatorios complejos llegan demasiado tarde. Lo que importa ahora es construir una estrategia que oriente inversión, acelere cadenas de valor y convierta innovación en fábricas.
China ya no es simplemente un socio comercial. Es un competidor sistémico. Y responder a esa realidad no implica cerrarse al mundo, sino abrirse desde una posición de fuerza.
España aparece aquí como una oportunidad histórica. Durante años considerada periférica en la política industrial europea, hoy combina energía limpia y competitiva, industria en transformación, talento y creciente capacidad de atracción de inversión. El cambio ya ha empezado. Iniciativas como España Crece, presentada esta misma semana, muestran que el objetivo ya no es solo atraer proyectos, sino convertirse en un actor central del nuevo mapa industrial europeo.
El verdadero riesgo para Europa no es perder la carrera tecnológica. Es acostumbrarse a llegar tarde. La historia económica rara vez espera a quien duda demasiado.
El mundo ha cambiado. Y, con él, debemos cambiar nosotros también. Cambiar el cansancio de un presente crispado y abrazar una mirada más allá del ahora.
Made in Europe es ahora el momento make or break para nuestra industria.