Seguro que conocéis el concepto de sociedad de la información, este que cogió cuerpo en los años 90 con la popularización de internet, que se consolidó con la llegada de los smartphones en torno al 2010, ese que movió el valor hacia la información, hacia el conocimiento.
En todos estos años hemos vivido un proceso de transformación hasta que la sociedad de la información se ha vuelto omnipresente. En la actualidad ya no entramos en internet, vivimos dentro de internet. En el año 2026 ya no sabemos si la información es información o desinformación, si las noticias son de verdad o son fake; el problema ya no es acceder a la información, sino sobrevivir a ella.
Siempre he sido un amante del pensamiento crítico, pero en la sociedad de la información actual el poder lo tiene quien controla la atención de la gente y eso cambia las reglas del juego. Si queremos recuperar nuestra soberanía personal, si queremos ser dueños de nuestros pensamientos, es imperativo aprender a usar la ignorancia crítica. No es que haya que eliminar el pensamiento crítico, es que tenemos que decidir dónde y en qué invertimos nuestro tiempo.
La idea es que antes de gastar tiempo y energías en pensar si una noticia, un artículo, un estudio… es cierto o no, antes de analizar si está bien argumentado o no; tenemos que preguntarnos si vale la pena dedicar nuestro tiempo a analizarlo. Tenemos que desarrollar lo que se conoce como lectura lateral, probablemente la habilidad más poderosa que puedes aprender para navegar en el mundo de infobesidad en el que vivimos actualmente.
La historia está llena de momentos de cambio, de puntos de inflexión en los que las cosas cambian de manera notable. No hace falta ser muy espabilado para darse cuenta de que el 20 de enero de 2026 fue uno de esos momentos históricos. Es probable que hayáis visto el discurso que ese día dio Mark Carney, Primer Ministro de mi querido Canadá, en el Foro Económico Mundial (World Economic Forum, WEF) en Davos.
En su intervención, Carney dijo claramente que vivimos una ruptura definitiva del orden mundial, subrayó que el orden internacional basado en reglas que conocimos desde la posguerra ha muerto y que no debemos esperar a que las cosas vuelvan a ser como antes.
La nostalgia no es una estrategia, ante la creciente rivalidad entre grandes potencias y su enfoque transaccional, Carney hizo un llamamiento a las naciones que no son superpotencias diciendo: no a la sumisión bilateral, sí a las potencias medias (Canadá, UE, Japón, Australia, India....) y sí a crear un bloque con impacto real y autonomía estratégica recordando que "Si no estás en la mesa, estás en el menú".
Tanto hablar de evolución, de globalización… y de repente parece que volvemos al pasado, volvemos a la época del feudalismo medieval. Ya no se trata del tecnofeudalismo, de que hay un puñado de empresas que son dueñas del mercado en sí mismo; ni siquiera de que nos hemos ido convirtiendo en “siervos” digitales que trabajamos gratis para estas empresas entrenando sus algoritmos, ampliando el valor de sus feudos. Se trata de que hemos entrado en la época de la geopolítica de la fuerza.
Estamos pasando de un mundo que intentaba basarse en leyes y tratados a uno que se basa en la paz del más fuerte. Lo que mencionaba Mark Carney en Davos hace unos días sobre la ruptura se refiere precisamente a esto: las grandes potencias ya no ocultan que su principal herramienta es la coacción (con aranceles, con armas…) ni que el miedo se ha convertido en un activo estratégico.
Acabaré con una cita que leí hace poco, "en un mundo que quiere imponer el miedo para que obedezcas, recuperar el control sobre lo que decides ignorar es el primer acto de libertad". De ahí la importancia de la ignorancia crítica para recuperar nuestra soberanía.