Alimentos sobre la mesa. iStock
Tecnologías capaces de “oler” los alimentos para reducir su desperdicio: así es el proyecto europeo Serenade
El consorcio, liderado por BSH Electrodomésticos, aúna ciencia, sensórica, IA y nuevos materiales para dotar herramientas capaces de predecir el estado de los comestibles.
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La siguiente escena es más que cotidiana. Abres el frigorífico, encuentras una bandeja de fruta olvidada, aunque con buen aspecto, y surge la pregunta: ¿todavía se puede comer? Ante la duda, el resultado es que cada año se desperdician 1.300 millones de toneladas de alimentos en todo el mundo, mientras que 828 millones de personas se encuentran en situación de hambruna, según datos que manejan desde BSH Electrodomésticos.
En Europa, el derroche se cifra en 132 kilogramos por persona al año, siendo el núcleo familiar el responsable de más de la mitad de este fenómeno, tal y como pone de relieve Eurostat. Y, aquí, en España, siete de cada 10 hogares tiran a la basura comida en buen estado, lo que supone un gasto de 300 euros anuales por casa.
Con estos números en la mano, el desperdicio alimentario se ha convertido un importante reto social, económico y medioambiental. El problema es que, aunque nunca antes habíamos dispuesto de tanta información sobre los productos que compramos, no es sostenible delegar la decisión sobre su conservación a fechas orientativas o al olfato, la vista o la intuición humanas.
Es en esta brecha donde entra la tecnología a escena. Concretamente, con el proyecto europeo Serenade, que explora sensórica, inteligencia artificial y materiales sostenibles para poder reducir a largo plazo la problemática. El objetivo: que usuarios domésticos, restaurantes, supermercados y centros logísticos puedan tomar decisiones basadas en datos.
“Hoy en día, la fecha de caducidad responde a criterios generales. Lo que queremos es proporcionar información mucho más precisa sobre el estado real del alimento y cómo va a evolucionar en los próximos días”, explican a DISRUPTORES – EL ESPAÑOL José Juste, director de tecnología y operaciones de BSH Electrodomésticos España, y Pablo Dolado, responsable del proyecto y director de innovación de la multinacional.
Precisamente, la estrategia, financiada por el programa de innovación e investigación Horizon Europe, está liderada y promovida por la propia BSH. Se trata de un consorcio que reúne a empresas, centros de investigación y universidades de España, Alemania, Bélgica e Italia, entre las que también se encuentra la Universidad de Zaragoza.
“En base a nuestra actividad, sabíamos que existía este problema. Además, nosotros tenemos conocimientos sobre sensores, materiales y tecnologías relacionadas con los alimentos”, añade Dolado en referencia a poner a disposición de Serenade todas sus herramientas porque “este tipo de proyectos nos permite avanzar más rápido”.
Para el experto, que apostilla que la compañía también participa de otros grupos similares basados en automatización y robótica, Horizon Europe permite acceder a la inversión y a la experiencia de especialistas de diferentes disciplinas que trabajan sobre un mismo reto.
“Siempre se parte del mismo planteamiento: identificar una necesidad tecnológica y buscar la mejor forma de resolverla mediante la colaboración”. Eso sí, puede que no todos los equipos de trabajo de este tipo concluyan en el desarrollo de una herramienta comercial, pero “ofrecen una visión muy completa de cómo funcionan los procesos de innovación”.
La tecnología de Serenade
De este modo, Serenade trabaja en el desarrollo de tecnologías capaces de “oler” los alimentos. Estos emiten distintos compuestos volátiles a medida que evolucionan. “Pretendemos detectar esas sustancias mediante sensores y utilizar inteligencia artificial para interpretar todos esos datos”, dice Juste.
Para ello, el consorcio trata de desarrollar dos soluciones basadas en saber cómo está realmente un producto y cómo va transformándose. La primera, un táper inteligente equipado con un sensor y un pequeño sistema de visualización que informe sobre el estado del alimento almacenado. En versiones más avanzadas, también predecirá cuánto tiempo seguirá siendo apto para su consumo.
“Queremos utilizar dispositivos simples, robustos y de bajo coste”, asevera Dolado. “Estamos investigando el uso de materiales reciclados y biomateriales para fabricarlos con el menor impacto posible”.
La segunda está ideada para supermercados, plataformas logísticas y procesos industriales a gran escala: un analizador manual que apunta hacia el alimento y obtiene resultados inmediatos sobre su estado de conservación.
“Para lograrlo, tenemos que caracterizar cada comestible. Analizamos tanto productos frescos como cocinados para conocer qué gases y compuestos volátiles emiten durante su deterioro. Después, debemos identificar cuáles de estos son útiles para evaluar su estado y solo entonces podemos desarrollar los sensores y los algoritmos que intervienen en la decisión final”.
En definitiva, señalan los responsables, “buscamos integrar ciencia, tecnología y nuevos materiales en una única herramienta”.
Ejemplo en la colaboración público-privada
El pistoletazo de salida de Serenade se dio en enero de 2023 con una duración inicial de cuatro años. Durante el primero se constituyó el consorcio, se realizaron las contrataciones y se definieron las líneas de trabajo.
Posteriormente se incorporaron los doctorandos -hasta siete de distintas nacionalidades-, “que son una parte muy importante porque se trata de una red industrial impulsada por la Unión Europea (UE)”. Sin embargo, se ha solicitado una prórroga porque algunos procesos administrativos, especialmente los relacionados con los visados y la incorporación de algunos investigadores, se han retrasado.
Dentro del grupo, decíamos, participa la Universidad de Zaragoza. Sus grupos de investigación, explican desde BSH, son especialistas en el análisis físico-químico de los comestibles. De hecho, es la octava universidad española en términos de producción científica y académica, según el Ránking de Universidades del Mundo.
Su cometido es relacionar los compuestos orgánicos volátiles con las propiedades sensoriales de los alimentos para evaluar los efectos de las condiciones de almacenamiento. Se trata de una contribución clave para crear los modelos capaces de predecir la calidad y la vida útil de estos productos.
“Cada socio aporta una pieza distinta del proyecto”, indica Juste. “Unos trabajan en materiales, otros en sensores e IA y en ciencia de alimentos”. Además, en el consorcio participa una serie de profesionales relacionados con la gestión económica, la comunicación y la administración.
Todo en favor de un lugar común de alto valor añadido: “Si una familia tira un kilo de fruta, no sólo está desperdiciando alimentos, sino todo el agua, la energía, los fertilizantes, el transporte y los recursos que han sido necesarios para su producción”.
“Si conseguimos que las personas dispongan de mejor información para decidir cuándo consumirlos, estaremos contribuyendo a hacer un uso mucho más eficiente de nuestros recursos”, concluye.