Alberto D. Prieto Marcos Ondarra

La Comisión para la Reconstrucción Social y Económica de España arrancó el pasado 21 de mayo con un noble propósito: "La recepción de propuestas, la celebración de debates y la elaboración de conclusiones sobre las medidas a adoptar para la reconstrucción social y económica, como consecuencia de la crisis del Covid-19". Y tras la presentación de las conclusiones, si no fuera porque este miércoles los grupos se dieron una semana más de negociación, el fracaso habría sido estrepitoso.

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¿Hay acuerdo? No. ¿Es un fracaso? Tampoco, porque hasta el 2 de julio se sigue estirando el chicle. ¿Habrá un gran acuerdo digno de recoger el nombre que en 1977 se le dio al documento bautizado como Pactos de la Moncloa? Eso es muchísimo decir. Porque Sánchez ha conseguido colocar a Casado en una posición imposible.

Las fuentes consultadas por este periódico, a un lado y al otro del Gobierno y en los grupos del centro, la derecha, lo más a la derecha y en los grupos regionalistas, nacionalistas o independentistas del Congreso no hacen augurar más una conclusión: que ERC ha decidido jugar la carta electoralista y Cs acepta ocupar su espacio.

Pocos minutos antes de sonar el gong a las 21.00 h, Unidas Podemos y el PSOE presentaban su borrador de conclusiones. Un texto negociado durante 48 horas entre Adriana Lastra y Pablo Echenique, después de que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias dejaran las cosas casi cerradas entre el lunes y el martes, tras el Consejo de Ministros. De la importancia que ambas formaciones le daban al documento da cuenta que fueran presidente y vicepresidente los que lo negociaran, al menos en sus grandes líneas maestras.

La situación de excepcionalidad que atraviesa el país, habían dicho todos los grupos, debía servir para lograr un acuerdo de mínimos. Desde que Inés Arrimadas le lanzó el guante, al momento de que lo recogió el jefe del Ejecutivo y cuando éste aceptó las condiciones de Pablo Casado para llevar los nuevos Pactos de la Moncloa a una comisión en el Congreso, todo parecía anticipar un ambiente nuevo en la política española: los grandes partidos alrededor del centro político apostaban por los acuerdos necesarios para reconstruir España.

En este sentido, el ministro de Transportes, José Luis Ábalos, anunció la intención del Gobierno de Sánchez de sumar a la oposición en "un gran acuerdo" para reactivar la economía una vez superada la pandemia. 

Por fin las distintas formaciones políticas parecían ponerse manos a la obra en la búsqueda de los "grandes consensos" y la transversalidad que reclaman gran parte de la sociedad civil desde que estalló la pandemia.

Pero la realidad, finalmente, ha sido que la Comisión se cierra en falso, que la negociación de verdad debería comenzar ahora, cuando cada grupo ha presentado su propio borrador de conclusiones y se han dado hasta el 2 de julio para seguir jugando al teatrillo del acuerdo.

Los hechos son que el texto del PSOE y Unidas Podemos cumple lo esperado: no incluye el "impuesto a los ricos" y expresa las intenciones de los socialistas de "mayor justicia fiscal" sin entrar en demasiados detalles. Y que el de Ciudadanos si algo dice es que hay que bajar la presión fiscal en Sucesiones, Donaciones, Patrimonio, Sociedades... pero nada dice del IRPF. Y aun así hay un resquicio a que algo cambie.

¿Se desdice alguno? No. ¿Dejan una puerta abierta al acuerdo? Sí. ¿Es esperable? Digamos que es posible. ¿Y a que el PP se suba al carro? Eso es otra historia. Casi imposible.

La jugada que se adivina, por lo que EL ESPAÑOL ha podido saber hablando hasta últimas horas con fuentes cercanas al Gobierno y a Cs, es que ambas partes desean encontrar el punto de contacto. Y que eso conviene a ambos pues deja a los de Pablo Casado fuera de la ecuación. A Sánchez le viene bien, porque el PP y Unidas Podemos son absolutamente incompatibles. Y a Cs no le parece mal, porque les permite marcar perfil propio. Algo que, con sólo 10 escaños, no es mala cosa.

El 2 de julio, cuando se vote, todo quedará decantado. Y las fuentes gubernamentales y parlamentarias consultadas auguran que cualquier escenario que se sustancie conducirá a un camino hacia el acuerdo de Persupuestos para 2021 que desean PSOE y Cs: por fin unas cuentas públicas que acerquen a España a la media fiscal europea con la rúbrica de Sánchez , por un lado, y medidas concretas en beneficio de las clases medias, los autonómos y las Pymes para Cs, por el otro. 

El paripé de la Comisión

Y todo esto, tras más de un mes de comisión, decenas de expertos y muchos discursos sin más utilidad que blandir un programa cada uno de los grupos parlamentarios. Se crearon cuatro grupos de trabajo en el seno de la Comisión: Políticas Sociales y Sistema de Cuidados, Unión Europea, Reactivación Económica, Sanidad y Salud Pública. Además, se nombró a 41 expertos -miembros del Gobierno y personas de la sociedad civil- que expusieron sus propuestas sobre cómo abordar el futuro del país.

Un mes después de su primera reunión y cuando llegó el momento de su clausura, el balance de la Comisión para la Reconstrucción se resumía en una palabra: fiasco. PSOE y Partido Popular, Gobierno y oposición, presentaron este miércoles por la noche documentos separados, con conclusiones distintas y sin haber logrado pactar ni una sola medida conjunta. Y así todos los grupos. Cada uno por su lado. Entre ellos, Esquerra Republicana, que ha apostado por salirse de la mayoría de la investidura para empezar su campaña electoral autonómica.

Entre medio, un paripé de diez reuniones, comparecencias de expertos, palabras grandilocuentes que han resultado vacías de contenido y la sensación generalizada de que la Comisión para la Reconstrucción Social y Económica de España no ha servido para nada más que para preparar la negociación de la clave de la legislatura: los Presupuestos Generales del Estado.

Si salen, Sánchez tiene un par de años más asegurados en Moncloa. Si no, caerá el Gobierno. Y, según todas las fuentes -de todo color político-, a día de hoy, saldrán.

Buena idea, mala ejecución

Sobre el papel, la idea de crear una comisión de la que salieran las bases para unos Presupuestos consensuados para afrontar la crisis económica se antojaba necesaria. Así lo han manifestado en numerosas ocasiones la sociedad civil y los empresarios. La ejecución, sin embargo, dejó mucho que desear desde el primer día.

En primer lugar, el PP pidió al presidente del Gobierno que la mesa de reconstrucción fuese una comisión parlamentaria, con luz y taquígrafos en las reuniones. Pedro Sánchez accedió. La decisión, vistos los resultados, fue una estratagema.

La Comisión no fue ajena a la política de confrontación que domina la actividad parlamentaria, donde los partidos se ven empujados a escenificar sus diferencias mediante  discusiones y exabruptos.

La tesitura parecía exigir más política de despachos, cafés y conversaciones privadas. Lejos del Congreso, políticos de ideologías antagónicas han demostrado cordialidad e incluso sintonía. A la hora de la verdad, cuando más necesaria era esa capacidad de empatía, las provocaciones y descalificaciones han sido constantes. 

En segundo lugar, la lista de ponentes se caracterizó por ausencias destacadas como la de la ministra de Industria, Comercio y Turismo, Reyes Maroto. En cambio, Irene Montero sí compareció para hablar de "la brecha salarial", el "machismo", el "patriarcado" y para protagonizar una acalorada discusión con Macarena Olona, diputada de Vox.

En tercer lugar, la elección de Patxi López como presidente de la Mesa de la Comisión produjo descontento en la oposición, que consideró que sería un "buen síntoma" de unidad que PSOE y Unidas Podemos accedieran a que la mesa fuese presidida por un miembro de la oposición. En este caso, Pablo Casado propuso a Ana Pastor. Su petición fue rechazada de plano.

Exigencias nacionalistas

Otro de los motivos por los que la Comisión para la Reconstrucción no ha cuajado con ninguno de los encomiables principios de los que partió es que distintas formaciones han antepuesto su agenda política al interés general de España.

En este sentido, destacan especialmente solicitudes de los nacionalistas difíciles de justificar en una mesa que tenía como finalidad concretar las medidas económicas y sociales para reactivar el país. 

Esquerra Republicana (ERC) trató de aprovechar la Comisión de Reconstrucción para reclamar al Gobierno los gastos que cubre a la Casa Real al margen de la dotación incluida en los Presupuestos Generales.

En concreto, en el listado de documentación solicitado para esta comisión, el partido separatista catalán incluyó los datos detallados por ministerios dedicados a la Casa y Familia Real desde 2008 hasta este año, con independencia de la cantidad destinada a la Casa del Rey en los presupuestos.

En la misma línea, Junts per Catalunya (JxCat) solicitó la presencia por vía telemática de Carles Puigdemont en la Comisión. Y Podemos, socio gubernamental del PSOE -cofirmante del 155- votó a favor

La formación morada tampoco se libra de haber aprovechado la situación para perseguir sus monomanías. De hecho, han forzado hasta última hora la pelea de colar su "impuesto a los ricos", medida económica estrella de su programa electoral, en el documento conjunto de conclusiones de la Comisión para la Reconstrucción, que firman junto al PSOE.

"Cierre la puerta al salir"

Pero es que, en realidad, a lo largo del poco más de un mes que ha durado la comisión, ha habido más deconstrucción que reconstrucción. Las sesiones de este último mes de confinamiento, claves para el futuro de España, serán más recordadas por ese momento álgido de la crispación política que llegó cuando el vicepresidente segundo, Pablo Iglesias, inauguró su participación en el Plenario acusando a Vox de "querer" y "desear" un "golpe de estado" que por las aportaciones del gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos,  o del Alto Representante de la UE, Josep Borrell.

Ante lo que consideró una ofensa, el diputado de Vox Iván Espinosa de los Monteros decidió abandonar la sala y calificó de "vergüenza" lo sucedido. El presidente de la Comisión, Patxi López, ofreció a Iglesias la posibilidad de rectificar. Lejos de hacerlo, el líder morado alentó a Espinosa a "cerrar la puerta al salir".

Todo ello derivó en una lamentable escena que, probablemente, será la única que permanecerá en la memoria colectiva tras un mes lleno de reuniones, comparecencias de expertos y muchas palabras grandilocuentes caídas en saco roto. "Reconstrucción", lo llamaban. Un fiasco.