A Javier Ortega Smith -secretario general de Vox, diputado, concejal en el Ayuntamiento de Madrid, azote del procés si se quiere, y un largo etcétera político- nunca le ha entusiasmado aquello de dar entrevistas. No ya en los medios que no le son afines, que ahí todo Vox a una, sino en ningún medio de comunicación en general. Siempre ha tenido ese toque de escaso de matices, de bravo, de mecha corta, que le podría jugar una mala pasada; “recé mucho, pensé poco”, brindó en una ocasión. Por eso ha preferido ceñirse a lo enlatado, prodigarse en comparecencias medidas y en contenidos premeditados en las redes sociales. Y sin embargo, que cantaría Sabina, ahí está ahora.

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La noche de este jueves Ortega Smith (Madrid, 1968) salía de su guarida para ofrecer una entrevista, plácida hasta la médula, en un programa que se emite por YouTube y se ha convertido en tiempos de confinamiento en una de las principales maquinarias mediáticas de las tesis de la formación ultraderechista. Y, la semana anterior, otra dos, en esta ocasión en un diario digital y en un canal de televisión, afines al discurso del partido de la derecha radical. ¿Qué hace este hombre, que rehuye de ello, dando entrevistas por doquier? Es como si, con ese toque tan suyo pero ahora visiblemente más delgado estuviera reclamando volver a la palestra ahora que se ha visto eclipsado.

Aquí, el quid reside en que la figura de Ortega Smith se ha ido diluyendo en los últimos meses. Desde que en marzo se conoció su positivo por coronavirus y se tuvo que recluir en su casa de Madrid, con los cuidados de su hermano que es a la vez su vecino, ha perdido parte de esa chispa y atención que tenía con cada palabra y gesto que hacía. Ahora es una especie de ídolo de barro que se ha disuelto, un Ícaro, porque mientras Ortega Smith paraba el mundo ha seguido sin él.

En el Congreso le ha venido a sustituir Macarena Olona, también de línea dura como él y propensa a acaparar la atención. En el Ayuntamiento de Madrid ya no hay nadie más que el alcalde, José Luis Martínez Almeida, que ahora despierta consenso hasta entre sus detractores. Y en las ruedas de prensa donde Smith daba la cara está Jorge Buxadé, el falangista que ha ascendido al núcleo duro de Vox, cada vez más grande y donde Ortega Smith es, a pesar de su tamaño, cada vez más pequeño -y delgado, como en sus últimas entrevistas-. Todas esas arenas en las que antes Ortega Smith se las apañaba para ser el protagonista, ahora son el terreno de juego de otro.

Sí que desde que el secretario general superó el coronavirus, y lo dio a conocer el pasado 14 de abril, ha vuelto a la agenda política. Ha regresado a su despacho en el Congreso, aunque no al hemiciclo, ha pasado por el altar de los oradores del Ayuntamiento de Madrid, ha posado en el homenaje del 2 de mayo al pueblo de Madrid y que en esta ocasión ha servido para conmemorar a los héroes anónimos que combaten el maldito virus. Sí que está, pero es como si ya nada fuera lo mismo.

Ortega para, el mundo sigue

Los besos y apretones de manos de Ortega Smith en Vistalegre.

El pasado martes 10 de marzo, Vox emitía un comunicado en el que informaba del contagio por Covid-19 de Javier Ortega Smith. Ahí, con él, empezó todo. Fue el primero de los políticos de primera línea en contraer la enfermedad y empezó a acaparalo todo. De aquella, el coronavirus era un problema, pero no tanto. Sin embargo, salió a relucir su actividad frenética en los días previos al anuncio. Estuvo en Milán, zona cero del coronavirus en Italia, y después se paseó por Antequera, Huelva, Palencia, Vitoria; asistió, el 7 de marzo, a la asamblea general de Vox, a la que fueron 1.000 personas, y al día siguiente a Vistalegre III, el congreso de la formación.

En el acto de su particular 8-M ya se vio a Ortega Smith moquear, andar recogiéndose con un pañuelo de papel mientras que, como si nada pasara, iba dando besos y apretones de manos al más puro estilo campaña electoral. Cuando se conoció su contagio, numerosos dirigentes que habían estado en contacto con él corrieron a recluirse, todos los de Vox empezaron a teletrabajar -pioneros en ello ahora que toda España está en las mismas- y ya había voces que apuntaban a su irresponsabilidad por comportarse así cuando era evidente que tenía síntomas.

Desde ese momento, todo cambió para Ortega. Ahora que cualquier palabra que se pronuncia tiene que versar sobre el Covid-19, ¿qué autoridad tiene Smith en esa materia? Y ahí, como si llevara tiempo agazapada en la sombra esperando su oportunidad, ha irrumpido Macarena Olona. Ella es ahora el rostro más duro de Vox en el Congreso, desde su cargo de portavoz adjunta en el Congreso. Ella es la que llamó a Pedro Sánchez genocida por su gestión de la actual crisis y le acusó de aplicar la eutanasia colectiva. Eso, que es tan orteguiano, pero no Gasset sino Smith, ahora lo viste ella.

Molona, como la llaman cariñosamente los de Vox, es la que llamó sepulturero a Sánchez, la que dijo que las iglesias ya no las queman sino que las vacían cuando el pasado Viernes Santo se desalojó a una veintena de fieles que asistían a una misa en la catedral de Granada. También consiguió que la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, la expulsara cuando intentó incluir una iniciativa sobre Cataluña no prevista en el orden de la Diputación Permanente. Esto resuena tanto a cuando a Ortega Smith lo reprobaron desde el Ayuntamiento de Madrid, en octubre de 2019, por su "falta de respeto" a las víctimas de violencia de género. Pero eso ya parece como de otra época, porque mientras todo esto pasaba, de él no se sabía nada.

Ortega-Smith, en un acto de homenaje a las víctimas del COVID-19.

En esa misma plaza en la que Ortega antes salía, a su manera, por la puerta grande tras cortar oreja y rabo, la del Consistorio madrileño, la gente ya no le aplaude a él. Hay por ahí un tipo mucho más diminuto y enjunto que, lejos de achicarse ante la crisis, ha mostrado una talla que sorprende hasta a sus adversarios políticos. Ese es el alcalde José Luis Martínez Almeida. Hasta su predecesora sita en las antípodas ideológicas, Manuela Carmena, ha salido al paso para alabarle. “Quisiera hablar un poco de lo que ha sido una transformación del alcalde de Madrid”, ha dicho Carmena en el programa Conversaciones en fase Zero. “Ha asumido esa función de buen director y buen capitán”, ha remarcado la exregidora de la capital.

A pesar de que Martínez Almeida es un tipo físicamente muy pequeño y, en la foto, Ortega Smith le saca un par de cabezas, la envergadura de su gestión está haciendo que ahora todo gire en torno a él, especialmente cuando se le compara con la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. Gracias a ello ya no hay Pepu Hernández, el cabeza visible del PSOE que tanto ruido generó en su nombramiento y del que apenas se habla. Ya tampoco hay Begoña Villacís, que apuntaba maneras tras la salida de Albert Rivera de Ciudadanos y ahora ni está ni se espera. Y ya, por supuesto, no hay Javier Ortega Smith, otrora mago de la llamada de atención y ahora uno más, que pasa desapercibido.

El gen español y el virus chino

Este confinamiento que a Ortega Smith le ha costado tanto en lo político, lo ha pasado durante un mes en su apartamento del barrio madrileño de Chamberí. Ahí, en una vivienda de 136 metros cuadrados ha pasado los días haciendo deporte y leyendo, con la compañía psicológica de su hermano Fernando, alias el Chuches por la tienda de golosinas que regentaba, y que vive en el mismo piso, en la puerta de enfrente.

Las viviendas, que ahora son de ellos, pertenecían a la rica familia de la que provienen Javier Ortega Smith y sus hermanos. Seguramente no se le hizo el confinamiento demasiado duro ya que pasó la enfermedad con relativa facilidad, o eso dice él. Además, ya está acostumbrado a trabajar en ella; desde 2011 esa vivienda es donde tiene localizado su despacho de abogado, labor a la que se dedicaba antes de entrar flagrantemente en la política.

El dirigente de Vox portando una bandera de España.

Desde ese confinamiento, el secretario general de Vox tampoco ha hecho demasiado por seguir en el centro de la agenda política. No ha sido, por ejemplo, como Isabel Díaz Ayuso o Irene Montero que, a pesar de la enfermedad, han seguido concediendo entrevistas y ruedas de prensa desde sus respectivos cubículos. Tampoco ha sido como Macarena Olona, que también enfermó de coronavirus pero siguió de alguna manera en el foco concediendo entrevistas y habilitando un número de teléfono para hablar con gente que, como ella, se pudiera sentir sola. Ortega Smith simplemente desapareció durante todo ese tiempo.

Ni siquiera en las redes sociales, con el poder de catalizador de la atención pública que tienen y por las que él se suele prodigar bastante, ha desarrollado una actividad demasiado notable. La mayoría de sus publicaciones oscilan entre el silencio y lo vago, retuiteando contenidos de cuentas institucionales o felicitando la Pascua. Apenas nada más. Sí que hubo un intento, el 13 de marzo, cuando este silencio se hizo raro para sus seguidores y él replicó con un vídeo de lo que hacía en casa.

En el vídeo aparecía haciendo deportes, entre otras actividades, y el texto que lo acompañaba rezaba lo siguiente: “Queridos compatriotas, tras vuestras preguntas, debo compartir mi día a día desde casa. Intento mantenerme en buena forma física y mental, recargando fuerzas, mis anticuerpos españoles luchan contra los malditos virus chinos, hasta derrotarlos”. La jugada le salió mal. La Embajada de China en España denunció el claro tinte racista del comentario y el cantante Loquillo, autor de la canción que acompañaba las imágenes, dijo que no había dado su permiso para el uso de la melodía. Ortega Smith acabó borrando la publicación, y ese es el mayor ruido que ha generado en todo este tiempo.

Pero ahora está de vuelta. Y aunque más delgado, el Ortega Smith de Estado de Alarma es el mismo de siempre. Se siente víctima, de su intimidad, de los medios de comunicación, del sectarismo; habla de la derechita cobarde, acusa al Gobierno de pisotear derechos como el de reunión y dice que desde Vox van a “recomendar” una manifestación de vehículos y reclama de nuevo la necesidad de un Gobierno de Emergencia Nacional, que es un eufemismo para referirse a un golpe de Estado. Es como si nunca se hubiera ido pero todo sigue teniendo el regusto de que ha perdido fuelle.