Cuando entrevisto a alguien para entrar en mi laboratorio siempre digo lo mismo: si quieres arrancar secretos a la naturaleza hay que ser inteligente.

La frase suele incomodar. Aparecen silencios, cejas en alto, algún gesto de resistencia. Suele ser más aceptable hablar de tenacidad, de horas y disciplina. Todo eso cuenta. Todo eso sostiene. Pero el trabajo científico pide algo más: demanda una forma concreta de mirar, requiere una capacidad para unir puntos que viven lejos.

Curiosamente, nadie se escandaliza cuando un club de fútbol de élite exige un físico fuera de lo común. Correr durante noventa minutos, leer el juego en segundos y dominar un balón bajo presión se acepta como un filtro razonable.

Tampoco nadie protesta si una escuela de música selecciona a quienes muestran oído, ritmo y manos maleables. Nunca se discute que una compañía de danza busque cuerpos que entiendan el espacio.

En ciencia ocurre algo parecido. El laboratorio igualmente es un campo con reglas duras. Aquí se juega a conectar piezas dispersas.

Esta es mi tesis: la inteligencia se parece a un puente. Cuanto mayor es la distancia entre las orillas, mayor es el esfuerzo que hace falta para tenderlo.

Unir dos ideas cercanas exige oficio. Ensamblar dos ideas lejanas pide una forma especial de pensar. La ciencia avanza así.

Un microbiólogo lee un paper de física de materiales y encuentra una pista. Un ingeniero mira una célula y ve una fábrica. Una epidemióloga observa mapas urbanos y entiende un brote. La chispa aparece cuando dos mundos se tocan.

Si nos vamos a la psicología y la neurociencia, la inteligencia se entiende como una red de funciones que trabajan juntas: atención, memoria, control ejecutivo, lenguaje, emoción y aprendizaje. Esa red gana potencia cuando puede moverse con libertad entre sus propios nodos.

El cerebro resuelve problemas al integrar información que llega desde lugares distintos, y las imágenes cerebrales muestran circuitos frontoparietales que coordinan ese diálogo interno. A todo esto, la biología del desarrollo añade un dato clave: esa capacidad crece con la experiencia y se afina con el uso.

Por eso conviene separar dos palabras que en la calle se confunden. Ser listo suele significar rapidez. Responder antes, pillar el truco, salir del paso. En cambio, ser inteligente apunta a otra cosa. Implica construir sentido con piezas dispersas. Entraña sostener una pregunta mientras se buscan mapas que aún carecen de nombre.

He de decirte que la rapidez ayuda, la profundidad decide, la lista de soluciones cortas llena pizarras y, finalmente, la inteligencia crea marcos que permiten elegir qué vale la pena resolver.

Dos investigadores en un laboratorio.

Dos investigadores en un laboratorio.

Durante décadas, un número pretendió resumir todo esto y estoy hablando del coeficiente de inteligencia. En realidad, sirvió para ordenar contextos concretos. Mas, ese número de ningún modo capturó la creatividad, el juicio, la lectura social y la capacidad de reparar errores.

Sabemos que medir resulta útil; sin embargo, comprender va más lejos. La inteligencia vive en procesos, no en trofeos. Aparece cuando alguien usa lo que sabe para resolver lo que toca. Desaparece cuando el entorno empuja a repetir recetas.

Pero no todo es neurona funcional, el cuerpo también cuenta. Dormir bien afina la atención, el estrés sostenido estrecha el campo de visión y la nutrición influye en la memoria de trabajo.

Es un hecho contrastado que el cerebro aprende mejor en entornos donde hay tiempo y seguridad. Por otra parte, la inteligencia se ejerce en una ecología. Nadie piensa aislado. Los cerebros se forman en casas, escuelas, calles y trabajos. La desigualdad deja huella en esos circuitos. Aunque, afortunadamente, la plasticidad permite cambiarla con políticas y prácticas.

Vuelvo al laboratorio, uno de los sitios donde mejor me desenvuelvo.

Allí llegan personas con expedientes brillantes y otras con trayectorias irregulares. Las segundas a veces sorprenden más. Saben unir una observación clínica con un modelo animal. Son capaces de transformar un dato en una hipótesis que se puede probar. Y, quizá lo más importante, saben pedir ayuda al campo vecino.

Esa costumbre de cruzar fronteras vale oro. La ciencia premia a quien traza mapas entre continentes conceptuales.

En el deporte se habla de visión de juego. En música se habla de oído interno. En danza se habla de sentido del espacio. En ciencia hablamos de modelos.

En todos los casos se trata de lo mismo: conectar. Ver patrones donde otros ven ruido. Llevar una idea a un lugar donde nadie la esperaba. Esa operación reclama tiempo, errores y coraje. También pide un tipo de humildad que acepta aprender idiomas nuevos.

En este contexto, no podemos olvidar a la inteligencia artificial. Ella ofrece un espejo interesante. Las máquinas calculan rápido, buscan óptimos y encuentran patrones. Las personas interpretan contextos y dan significado. El valor humano aparece en la elección del marco, en la pregunta que orienta la búsqueda y en el cruce de disciplinas.

Por ahora y quizá durante mucho más tiempo, las herramientas amplían el alcance, pero, la brújula sigue siendo nuestra.

Un país inteligente cuida esas conexiones. Financia cruces entre campos. Protege la escuela que enseña a preguntar olvidando la repetición absurda y defiende el tiempo lento donde las ideas maduran.

Un laboratorio inteligente invita a leer fuera de casa. Un equipo inteligente mezcla perfiles. Un aula inteligente celebra la duda bien formulada.

Por eso repito la frase que incomoda. Hacer ciencia, ya sea un doctorado, un postdoctoral o similar, exige inteligencia. No niego que también precisa de trabajo, constancia y paciencia. El trabajo empuja. La constancia sostiene. La paciencia protege. La inteligencia decide hacia dónde mirar.

La diferencia entre ser listo y ser inteligente se ve en el tipo de puentes que cada cual construye. El listo cruza rápido ríos estrechos. El inteligente aprende a cruzar océanos conceptuales.

La belleza de la ciencia vive en esos viajes.