Las ciudades cambian a una velocidad que obliga a repensar cómo nos movemos por ellas. Según el INE, en julio, más de 172 millones de viajeros utilizaron el autobús urbano en España, un 0,3% más que el mismo mes del año anterior.
Que cada vez más personas recurran a este modo de transporte refuerza el papel que puede desempeñar en la movilidad cotidiana de las ciudades. El reto está en acompañar esa evolución con un menor impacto sobre el entorno y una mejor experiencia de usuario.
La exigencia ambiental crece y las ciudades no son una excepción. Según los últimos datos facilitados por el MITECO, el transporte por carretera supone, según el último inventario publicado por el Ministerio, el 31,6 % del total de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) en España.
También tiene una incidencia directa sobre la calidad del aire que respiramos, contribuyendo entre el 50% y el 70% de las concentraciones de dióxido de nitrógeno (NO₂) en varias zonas urbanas de nuestro país.
Cada autobús es capaz de sustituir miles de desplazamientos individuales ayudando así a reducir la presión sobre las calles. Pero además, la renovación de las flotas permite avanzar hacia una movilidad con menos emisiones. La transición energética cambia el transporte público desde dentro, desde los vehículos hasta las operativas.
Como vemos, la transición energética no puede depender de una sola tecnología. El nuevo modelo de transporte precisa construir un mix energético resiliente, diverso y sostenible, que combine electrificación y el gas natural comprimido y otras fuentes capaces de adaptarse a cada tipo de servicio y a un contexto internacional cada vez más incierto.
En esa línea, operadores como Grupo Ruiz, con un 87% de flota sostenible, destacan sus proyectos como la producción de biometano a partir de residuos urbanos: un combustible de emisiones bajas —incluso negativas— que, a futuro, podría abastecer a toda su flota.
Hacerlo realidad exige, además de tecnología, el desarrollo de infraestructura energética y mecanismos de financiación que acompañen esta apuesta, además de un nuevo marco normativo más adecuado que permita viabilizar este tipo de proyectos.
Pero no es suficiente, la revolución energética también alcanza a la gestión: análisis de datos, IA y modelos de demanda permiten ajustar mejor los recursos a las necesidades reales de cada usuario, reduciendo al tiempo los consumos y las emisiones.
La tecnología cobra importancia cuando se persigue impactar positivamente en la red de transporte y en su entorno, cobrando más sentido cuando con ella mejoramos la calidad de los viajes. Predecir la demanda, anticipar una incidencia o conocer la ocupación de un vehículo debe traducirse en menos esperas, mayor fiabilidad y una oferta capaz de ajustarse a circunstancias que cambian a lo largo del día.
Una movilidad urbana más flexible también requiere servicios capaces de acompañar los distintos ritmos de la ciudad. El transporte es, de hecho, la tercera partida de gasto de los hogares españoles, solo por detrás de la vivienda y la alimentación, según el INE. Sobre todo en las grandes ciudades, la movilidad influye en decisiones como dónde vivir o trabajar, por lo que el transporte público debe responder a necesidades cada vez más diversas.
Es una realidad: las expectativas de los viajeros ya han cambiado. La información en tiempo real, la facilidad para organizar un desplazamiento o la posibilidad de combinar distintos servicios forman parte de una experiencia mucho más exigente, en la que la comodidad y la rapidez también cuentan. Y responder a esas necesidades implica también facilitar una movilidad más conectada.
La movilidad sostenible no se entiende sin un transporte público eficiente y universal, y ese es el reto de los próximos años, no solo transformar la oferta de transporte público sino conseguir que todos encontremos en él la respuesta a nuestras necesidades de movilidad.
*** Albino Pérez es director de Sostenibilidad, Energía e Innovación de Grupo Ruiz.