Coincidiendo con el Día Mundial del Hidrógeno, merece la pena preguntarnos qué estamos haciendo para convertir el potencial del hidrógeno renovable en una realidad industrial. En España disponemos de recursos renovables competitivos, capacidades tecnológicas, infraestructuras energéticas y empresas líderes a lo largo de toda la cadena de valor.

Tenemos, por tanto, una oportunidad extraordinaria para situarnos entre los referentes europeos del hidrógeno renovable, pero esa oportunidad no es permanente. La carrera internacional está en marcha y el liderazgo se construye ejecutando.

El sector ha entrado en una nueva fase. Durante los últimos años han aumentado las iniciativas, se han definido objetivos ambiciosos y se ha construido una importante cartera de proyectos. Ahora el reto es avanzar de los anuncios a la ejecución, transformando los proyectos maduros en decisiones de inversión, plantas operativas, producción efectiva y nueva actividad económica.

El éxito del hidrógeno renovable no se medirá por el número de proyectos sobre el papel, sino por nuestra capacidad para materializarlos, generar demanda y un mercado sólido y competitivo.

El valor del hidrógeno renovable reside precisamente en su capacidad para contribuir de manera simultánea a tres grandes prioridades: descarbonización, competitividad industrial y autonomía estratégica. Puede reducir emisiones en actividades donde existen mayores dificultades para sustituir los combustibles fósiles, ayudar a mantener y atraer actividad industrial en España y Europa, y disminuir nuestra exposición a dependencias energéticas externas.

Esto exige también situar correctamente su papel dentro de la transición energética. El hidrógeno renovable no viene a competir con la electrificación directa, sino a complementarla. Existen determinados procesos industriales y segmentos del transporte terrestre, marítimo o aéreo en los que la electrificación presenta mayores dificultades y donde el hidrógeno y sus derivados son una alternativa especialmente valiosa.

Para avanzar en estos ámbitos necesitamos actuar sobre uno de los principales retos del sector: la demanda. La tecnología existe, los proyectos avanzan y la oferta comienza a estructurarse, pero acelerar las decisiones de inversión requiere consumidores, contratos a largo plazo y señales económicas y regulatorias suficientemente estables. Sin una demanda previsible será mucho más difícil alcanzar el volumen necesario para reducir costes y desarrollar un mercado competitivo.

A ello se suma la necesidad de acompasar el crecimiento de la producción con el despliegue de la infraestructura. Un mercado de hidrógeno renovable no se construye únicamente con electrolizadores: necesita redes, logística, almacenamiento y consumidores que utilicen esa energía. Oferta, demanda e infraestructura deben evolucionar coordinadamente para evitar cuellos de botella y generar economías de escala.

España cuenta hoy con alrededor de 400 proyectos vinculados al hidrógeno y el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima fija una meta de 12 GW de capacidad de electrólisis en 2030. Alcanzar ese nivel de ambición exigirá centrar los esfuerzos en iniciativas viables, ejecutables y con una base industrial y financiera sólida.

Y, sobre todo, exige colaboración. Ningún actor puede construir este mercado por sí solo. Productores, consumidores industriales, fabricantes, operadores de infraestructuras, empresas de transporte, centros tecnológicos y administraciones tienen que avanzar en la misma dirección.

Desde SHYNE queremos contribuir precisamente a esa tarea, reuniendo a actores de toda la cadena de valor, favoreciendo la colaboración entre ellas e impulsando un diálogo con las administraciones que permita generar certidumbre regulatoria, facilitar la inversión y convertir los proyectos en realidades industriales.

Ese carácter transversal es uno de los principales elementos diferenciales de la asociación. Colaboración que no será posible sin la coordinación entre administraciones y el entendimiento entre las distintas fuerzas políticas.

Esta transformación tiene, además, una dimensión que trasciende al propio sector energético. La capacidad de reducir emisiones, favorecer la innovación, desarrollar nuevas infraestructuras, generar empleo cualificado y reforzar la cooperación entre empresas e instituciones conecta de forma directa con la Ley Europea del Clima.

No se trata únicamente de avanzar hacia un sistema energético más limpio, sino de hacerlo construyendo al mismo tiempo una economía más innovadora, competitiva, resiliente y capaz de generar oportunidades industriales a largo plazo.

La oportunidad no consiste simplemente en producir hidrógeno renovable, sino en utilizarlo para descarbonizar nuestra economía. España tiene los recursos, las empresas y el conocimiento necesarios. El desafío ahora es convertir esas fortalezas en inversión, industria, empleo y reducción efectiva de emisiones para pasar definitivamente del potencial a la realidad.

*** Javier Arboleda es director general de SHYNE (Spanish Hydrogen Network).