Hoy he terminado de leer El muro de la ignorancia (Taurus, 2026), de Takeshi Yoro, uno de los divulgadores más conocidos en Japón y que ha dedicado parte de su trayectoria a investigar cómo percibimos la realidad, cómo funciona nuestro cerebro y hasta qué punto nuestros propios límites cognitivos condicionan aquello que creemos saber y comprender.

Publicado originalmente en 2003, el libro sigue planteando preguntas muy actuales sobre nuestra forma de relacionarnos con el conocimiento y con los demás.

Leer a Yoro me ha hecho pensar mucho, pero de toda su obra, lo que me ha tocado especialmente es lo que respecta a la educación y a qué tipo de personas estamos formando y qué valores queremos trasladarles en un momento de enorme transformación educativa y tecnológica. Además, esta semana asistí al V Observatorio de los ODS y este tema protagonizó también una de las mesas.

¿En qué momento se encuentra la educación ahora mismo? Llevamos semanas con grandes titulares vinculados a la educación y desde luego, es un tema sobre el que se debe reflexionar. En un modelo en el que, en ocasiones, se pone mucho énfasis en el trabajo individual, en memorizar o en una originalidad que muchas veces tiene que encajar dentro de estructuras muy determinadas.

Y quizá aquí aparezca una de las grandes paradojas del momento que estamos viviendo: tenemos más acceso al conocimiento que nunca y, al mismo tiempo, cada vez resulta más importante aprender a relacionarnos con aquello que pensamos, sabemos y desconocemos.

La tecnología nos permite encontrar respuestas en segundos, pero la educación sigue teniendo la responsabilidad de enseñarnos a formular mejores preguntas, contrastar, escuchar, compartir conocimiento y construir ideas con otros.

Educar significa enseñar a convivir con otras formas de pensar, a defender una idea y a cambiarla cuando otra persona aporta algo que la mejora. Significa también aprender que el conocimiento se construye muchas veces en conversación, en el debate, en la discrepancia y en esa capacidad de dejar espacio a lo que el otro puede aportar.

El Edelman Trust Barometer 2026 señala que, en España, el 75% de las personas se muestra reticente o poco dispuesta a confiar en alguien cuyos valores, puntos de vista, forma de abordar los problemas o trasfondo cultural sean diferentes a los propios. La media global de los 28 mercados analizados es del 70%.

En España, además, solo el 41% afirma exponerse semanalmente a fuentes de información con una orientación política diferente, 14 puntos menos que el año anterior.

Son datos que hablan de una sociedad que cada vez se relaciona más con aquello que le resulta familiar, que escucha voces parecidas a la suya y que encuentra más dificultades para encontrarse con quien piensa diferente.

Por eso el aula puede ser precisamente uno de los primeros lugares donde aprender a convivir con la diferencia, a trabajar con personas con las que quizá nunca elegiríamos trabajar, a defender una posición, escuchar otra, negociar, ceder, construir y volver a empezar.

De este modo, el papel del profesorado resulta esencial, porque enseñar también es transmitir una forma de estar en el mundo, de relacionarse con los demás, de tener curiosidad, criterio y actitud.

Es complicado para el profesorado mostrarse cercano al alumnado de una manera cercana, enseñarles, aportarles valor y ayudarles a adquirir las competencias necesarias para salir al mundo actual. Y creo que también exige asumir que enseñar hoy implica salir muchas veces de la comodidad del modelo tradicional y buscar nuevas maneras de generar aprendizaje.

Acaba de comenzar el curso y, tras explicar a mis estudiantes cómo debían realizar su trabajo grupal de la asignatura de Dirección Comercial, varios estudiantes se acercaron al terminar la clase para preguntarme si existía alguna posibilidad de realizar el trabajo de manera individual.

Escuché sus argumentos y les contesté que no.Después me quedé pensando: ¿me habré convertido en una mala profesora para ellos?

Las capacidades que se ponen en juego en un trabajo en grupo son diferentes y, en muchos casos, complementarias a las que desarrollamos cuando trabajamos solos. Compartir opiniones, debatir, contrastar, negociar, decidir, asumir responsabilidades, presentar y defender una idea ante los demás forman parte de un aprendizaje que difícilmente puede reproducirse de la misma manera cuando trabajamos de forma individual.

Quizá ahí esté una parte importante de lo que significa educar hoy: prepararles para un mundo en el que saber trabajar con otros, escuchar perspectivas diferentes y construir algo juntos tendrá tanto valor como aquello que cada uno sea capaz de hacer por sí mismo.

Y, en el fondo, quizá esa disposición a aprender de otros sea una de las mejores maneras de empezar a derribar ese muro de la ignorancia del que habla Yoro.

*** Ana Gómez de Castro es consultora estratégica en cultura, música e impacto social.