La naturaleza es lo más importante. Nos lo da todo de manera genuina, pero también nos lo quita. En todo caso, debería ser lo más importante. Entre lo que debería ser y lo que realmente es, se vislumbra un proceso ilusionante en el que la sociedad —sus individuos y las organizaciones de las que forman parte— están empezando a ponerla en el centro de sus decisiones.

Como parte de este necesario despertar colectivo, tanto las organizaciones públicas como el mundo empresarial están comenzando a comprender que es imprescindible tener un compromiso profundo con el territorio donde desarrollan su actividad. En otras palabras, con el territorio al que pertenecen.

Cuidar del entorno del que forman parte es la forma más genuina de contribuir social y ecológicamente, devolviendo equilibrio, bienestar y resiliencia a los espacios que sostienen su propia actividad. Y ese entorno, es, en su mayoría, naturaleza.

En este contexto, los mercados y sus normativas han impulsado que la canalización de estas contribuciones evolucione con el tiempo. El camino comenzó con los créditos de carbono: un mecanismo centrado en cuantificaciones que ha ayudado a medir y compensar emisiones.

Y si bien esta primera aproximación ha sido positiva por abrir la puerta a la valoración de proyectos ligados a la naturaleza —en su mayoría forestales—, hoy se dibujan nuevos mecanismos que buscan ir más allá: pasar de compensar emisiones a redistribuir, rebalancear y equilibrar el impacto que las organizaciones generan directamente en el territorio. En la naturaleza.

A lo largo de este proceso se les han dado muchos nombres a estos nuevos mecanismos: créditos de biodiversidad, de naturaleza, climáticos, pagos por servicios ecosistémicos… Si bien los nombres son heterogéneos, todos los proyectos con fuerza comparten la misma intención: ampliar la mirada y reforzar el compromiso real con el territorio.

Porque la contribución al territorio va mucho más allá de comprar créditos para cumplir objetivos de descarbonización; significa conservar y mejorar la biodiversidad, apoyar a las comunidades locales y dignificar la función social y cultural del entorno natural. Y eso, en esencia, es devolver valor a la naturaleza que nos sostiene.

Desde NACTIVA confiamos en aquellos mecanismos que, en el fondo, persiguen reforzar esta nueva mirada hacia la naturaleza. Y trabajamos para impulsarlos. El mercado aún necesita seguir redefiniéndose, pero ya existen iniciativas que marcan un camino posible.

Los créditos Climark son un ejemplo de ello. Integran adicionalidades de agua, biodiversidad y carbono derivadas de intervenciones forestales, y hoy ya se desarrollan en más de 600 hectáreas. Este mecanismo incide directamente en uno de los mayores riesgos del territorio mediterráneo: la reducción de incendios mediante la gestión forestal activa.

En este camino, cualquier agente que quiera contribuir puede sumarse a los proyectos forestales de los que se derivan los créditos Climark y que NACTIVA está impulsando con fuerza en Catalunya. Son una forma directa, territorial y tangible de formar parte de este movimiento que está devolviendo a la naturaleza el lugar que merece, el centro de toda forma de vida.

*** Kiko González es especialista en iniciativas de gestión activa del territorio de Nactiva.