Viajar sigue siendo una de las experiencias más deseadas, y no solo por su vertiente de ocio y disfrute, sino también como conocimiento y reconocimiento de los ecosistemas, las sociedades, la cultura y la historia.

Pero una nueva forma de entender el turismo se está perfilando, impulsada por la incertidumbre climática, la transformación tecnológica y una mayor conciencia social. En este contexto, la sostenibilidad ha pasado de ser una aspiración a convertirse en un imperativo.

El turismo no solo moviliza a millones de personas cada año, sino que influye directamente en la forma en que nos desplazamos, consumimos y nos relacionamos con los ecosistemas y las comunidades locales.

Por ello, todos —tanto las empresas del sector, como los receptivos locales como los propios viajeros— debemos asumir nuestra responsabilidad para impulsar un modelo más equilibrado y regenerativo, donde el viaje sea una fuente de riqueza económica equitativa que no solo minimice el daño, sino que contribuya a mejorar el destino: apoyar a las comunidades locales, restaurar ecosistemas y promover experiencias auténticas y respetuosas.

Se puede hacer, aunque viendo el panorama parezca un objetivo prácticamente irrealizable: emisiones derivadas del transporte, agotamiento de los recursos en zonas en peligro por el turismo de masas, globalización de la cultura y pérdida de identidad local…

El turismo también ha demostrado, no solo sobre el papel, que puede ser una fuerza extraordinaria para la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y que, bien diseñado y gestionado, genera empleo, impulsa el desarrollo rural, promueve la igualdad de género, fortalece las economías locales y protege el patrimonio cultural.

Cómo nos movemos

Mientras muchas organizaciones y gobiernos ya han abrazado los objetivos de sostenibilidad, en otros lugares siguen existiendo problemas sistémicos como el sobreturismo o el exceso de emisiones de carbono.

Y es que no podemos hablar de sostenibilidad turística sin abordar uno de sus principales desafíos: el transporte. Hasta el 75% de las emisiones del sector provienen del desplazamiento, especialmente del avión.

Por eso es tan importante incentivar rutas directas, promover el tren como alternativa y rediseñar itinerarios que reduzcan conexiones innecesarias.

La industria está avanzando, desde los biocombustibles hasta los proyectos de aviación eléctrica, pero la transición será larga y requiere del compromiso de todos, empresas, gobiernos y viajeros. Adoptar decisiones más inteligentes, como prolongar la estancia en destinos lejanos o priorizar viajes cercanos, puede reducir de manera notable la huella climática.

Desde la industria ya estamos planteando estrategias para promover que se viaje menos veces pero durante más tiempo, y educar a los usuarios también en que es una práctica beneficiosa para el planeta porque minimiza la huella de carbono individual y para las economías locales que pueden mantener la rentabilidad del sector sin arriesgarse a sufrir de saturación.

Por otro lado, cada vez más destinos están poniendo límites al sobreturismo, introduciendo normativas para controlar el acceso, promover la conservación y redistribuir mejor los beneficios.

Bután, Islandia o Ámsterdam son ejemplos de territorios que han decidido proteger su entorno como forma de asegurar su futuro.

Mientras, países poco explorados y comunidades remotas están ganando protagonismo y postulándose como alternativas para descongestionar destinos saturados y repartir mejor los beneficios económicos del turismo.

Los intereses de los viajeros, afortunadamente, están cambiando.

Ya no ansían tanto la foto con la torre, catedral o playa más famosa, sino que cada vez más buscan otro tipo de experiencia, como los viajes centrados en la naturaleza y sus espectáculos más singulares: auroras boreales, bahías bioluminiscentes o paisajes invernales extremos; o los orientados al bienestar físico y mental, como retiros de yoga, mindfulness o aventuras conscientes.

Un tipo de turismo que promueve una conexión más profunda con uno mismo y con el entorno, y que además minimiza el impacto negativo y favorece la sostenibilidad de los destinos.

Tecnología con control

La sostenibilidad no puede ser solo un mensaje de cara al exterior. Debe integrarse en las operaciones internas, en las oficinas, en los desplazamientos del equipo y en la cultura empresarial de las organizaciones del sector.

Y ahí la tecnología, combinada con el componente humano que sigue siendo esencial para garantizar autenticidad, sensibilidad cultural y una visión ética, tiene mucho que aportar.

Por ejemplo, la inteligencia artificial ya forma parte de la planificación de viajes, y en los próximos años se consolidará como una aliada para diseñar itinerarios más personalizados y sostenibles.

Estamos convencidos de que, en los próximos cinco años, el turismo será más responsable, más lento y más conectado con las comunidades locales. El viajero ya lo está pidiendo: quiere viajar mejor, no necesariamente más.

Y el sector, si quiere mantener su relevancia, debe adaptarse a esta nueva realidad y convertirse en un ejemplo de coherencia para impulsar un cambio real.

Porque viajar de forma sostenible no significa renunciar a descubrir el mundo, sino aprender a hacerlo con conciencia, respeto y coherencia. Ese es el futuro del turismo.

*** Aurélie Sandler es co-CEO de Evaneos.