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La moda es una forma de pertenencia e identidad, pero no somos conscientes de las consecuencias de su consumo rápido. Este pasado mes de julio, miles, o millones, de españoles se han paseado con la camiseta de la selección de fútbol por las calles o los bares para ver los partidos del Mundial o celebrar la victoria.

Los pedidos de la segunda equipación, la blanca que homenajeaba al Siglo de Oro, se han llegado a colapsar, con semanas de espera. Pero, ¿cuánta gente se la volverá a poner, más allá de los jóvenes o quienes la usen para hacer deporte?

"Son prendas que usamos, como mucho, dos o tres días, pero si fuésemos conscientes de los materiales que utilizan, el volumen de producción o las condiciones en que viven las personas que las fabrican, igual nos los pensaríamos un poco más", explica a Enclave Gema Gómez de Pablo por teléfono.

"Al final queremos satisfacer esa necesidad de pertenencia. El ejemplo del fútbol es uno, pero estar a la moda es también formar parte de algo". Gómez de Pablo es consultora, docente y especialista en moda, economía circular y transformación del sector textil, además de fundadora de Slow Fashion Next, desde donde apoya y asesora a proyectos de moda sostenible.

También es autora del ensayo Shopping Detox (Planeta, 2026), en el que analiza los hábitos de compra compulsiva y la necesidad de cambiar la relación de los consumidores con la ropa y la propia moda. Las compras pueden funcionar como cualquier adicción, porque es algo placentero, sobre todo al principio, defiende.

"Cuando empiezas a hacerlo de forma más o menos compulsiva, lo haces porque sientes esa descarga de placer". El problema viene cuando cada vez se necesita un estímulo mayor para sentir lo mismo. Eso es lo que va creando la adicción. Como afirma en su libro, "a veces compramos para compensar que no estamos tratando otras cuestiones en nuestra vida".

Durante años, Gómez de Pablo formó parte de una industria contra la que ahora es una de las principales voces críticas en España. Pone en duda toda la moda que se base en la explotación laboral, sobre todo la infantil en países en desarrollo, y en los últimos años ha apuntado al greenwashing o las proclamas de circularidad del sector, cuya fiabilidad o efectividad medioambiental pone en duda.

Aunque asegura que el entramado de la moda "es un sistema y salir individualmente es muy difícil", sí que aboga por aumentar el conocimiento de la ciudadanía al respecto.

Todas las fibras de derivados del petróleo, que son más baratas para la industria, son altamente contaminantes y contribuyen a la emisión de gases de efecto invernadero, recuerda. Además, "impactan en nuestra propia salud a través de químicos tóxicos como los disruptores endocrinos, que pueden llegar a ser cancerígenos"

Sobre todo, apunta a que la sostenibilidad empieza "por el volumen". El último informe de la organización Textile Echange apunta a una producción anual de 132 millones de fibras textiles que habrá aumentado en 9 millones más para el año 2030. "Es un ritmo imposible de mantener sin consecuencias", asegura la experta.

Fast fashion

¿Es posible escapar a título personal de esta espiral? Gómez de Pablo advierte de que se trata de "toda una infraestructura" diseñada para atrapar a las personas, sobre todo a las más jóvenes y expuestas a mensajes mediáticos, en la necesidad de la compra permanente de nuevas prendas.

La obsesión por la moda no es algo nuevo, pero "en los 90 o los 2000, si querías comprarte algo que estaba de tendencia, tenías varias barreras. Como mínimo, ir a la tienda, si había una cerca", señala.

Ahora, con el comercio electrónico, "estás a la distancia de un click". Las estadísticas muestran que los picos de venta llegan a partir de las 11 de la noche, agrega. Es decir, cuando la gente está en casa, cansada tras un día con el sistema nervioso en tensión, y las defensas desactivadas.

Gómez de Pablo señala al papel de las redes sociales: "Entras en TikTok o en Instagram, y empiezan a aparecer anuncios que buscan activar instintos básicos dentro de ti, que están diseñadas para saltarse esas barreras".

Por eso, invita a ser conscientes de cómo nos comportamos. "Yo misma he reducido el consumo de redes, pero este verano he vuelto a usarlas con la promoción del libro y notaba como poco a poco pasaba más tiempo del habitual y que me preocupaba por cosas que normalmente ni pensaba. Eso soy yo que he escrito y reflexionado sobre el tema, imagínate alguien más joven y menos consciente".

Slow fashion

Del otro lado, está la lucha de qué podemos considerar ‘slow fashion’ o moda sostenible. La experta advierte de cómo la industria insiste en la circularidad y el reciclado, habla de compromiso, pero no siempre cumple con sus propios lemas.

"Se habla de la responsabilidad del productor, que debe contribuir a que se reinvierta en reciclaje, pero no tienen en cuenta que la mayor parte del producto que se recoge se exporta a mercados del sur global", explica. En países como Ghana se reciben semanalmente 15 millones de prendas, de las cuales un 40% se desecha porque no existe infraestructura para esa "circularidad".

Por eso cree que el compromiso de los productores tendría que ser global y llegar al final, al residuo textil, al que se exporta por la baja calidad, donde se envían prendas estropeadas". Para Gómez de Pablo, si ese gran volumen de prendas sigue creciendo de esa manera desaforada, no pueden existir la circularidad ni sostenibilidad.

Así, señala que una ropa verdaderamente sostenible "es muy compleja". No basta con la cercanía, puede estar fabricada en España pero producida con algodón de una zona de sequía endémica y gastar más agua de la recomendable, explica. "Podemos querer que todo sea compostable, pero cada fibra lo será en un entorno determinado. Hay que confiar en la ciencia, pero siendo consciente de que no tiene soluciones mágicas".

La experta, sin embargo, es moderadamente optimista. No cree que la moda vaya a desaparecer porque "es una necesidad de expresión, cultura, arte". Preservarla es preservar tradiciones, que al mismo tiempo son también buenas para nuestros entornos, sostiene.

El ejemplo es la lana de las ovejas en muchos países de Europa, cuyo pastoreo se está perdiendo porque ya no son rentables para la producción textil. "A veces se las llama 'ovejas-bombero' porque cuando pastan reducen la biomasa del bosque o el campo o previenen incendios forestales", añade. Recuperarlas por vestir de forma más sostenible acaba protegiéndonos también en ese sentido.